La nación que se descubre racista

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El homicidio de George Floyd por la policía de Mineápolis desató un movimiento que al parecer despertó una nueva conciencia social. Por primera vez en Estados Unidos sus habitantes asumen como real el racismo estructural contra la comunidad negra, de acuerdo con encuestas. Además, a causa de las protestas contra la brutalidad policial y el sistema que beneficia a la supremacía blanca, al menos 20 departamentos policiales ya prohibieron las maniobras de ahogamiento, como la que mató a Floyd.

NUEVA YORK (Proceso).- “¡Váyanse al carajo!, ¡váyanse al carajo!”, rugió Livia Rose Johnson en su altavoz a los cuatro policías que resguardaban la catedral de San Patricio, en la Quinta Avenida. “¡Renuncien a sus empleos, tienen las manos manchadas de sangre!”.

En la cara de uno de ellos, con los brazos cubiertos de tatuajes, se percibía desprecio; otro sonreía sarcástico… El resto de los uniformados la miraba impávido.

En la voz de Johnson, una joven negra de unos 25 años, había rencor y frustración, pero también la energía que ha hecho de las protestas multitudinarias en Estados Unidos –tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía– las más amplias manifestaciones públicas en la historia del país.

Los jóvenes líderes de las protestas del domingo 14 fueron capaces de encauzar en Manhattan una manifestación de miles de personas que invadieron la Quinta Avenida y no se detuvieron hasta enfrentar una línea de policías apostada tras una barrera de metal que resguardaba la Torre Trump. “Protesta pacífica, protesta pacífica”, coreaba la multitud.

Johnson, parte del colectivo Warriors in the Garden, es el rostro de una generación decepcionada de las promesas de reforma en Estados Unidos. Estos nuevos líderes están hartos del presidente Donald Trump, por supuesto, pero también de los tradicionales liderazgos demócratas y los de la comunidad negra. 

Gracias a esta nueva generación de activistas “estamos al final de una era de la política negra y en el comienzo de una nueva era”, escribió Keeanga-Yamattha Taylor en The New York Times. Académica y escritora, es una de las ideólogas fundamentales de un movimiento social comparable sólo a la lucha por los derechos civiles de los sesenta. 

El hartazgo está dirigido a una estructura de poder que ha beneficiado los intereses de la supremacía blanca, en la cual los negros son encarcelados a una tasa cinco veces mayor que los blancos, según el centro de investigación The Sentencing Project. Esa estructura permaneció intacta con el presidente Barack Obama, cuando continuaron los asesinatos masivos de negros a manos de la policía.

La deuda de Obama

Probablemente el movimiento social más vigoroso en las últimas décadas en Estados Unidos, Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan) fue creado como respuesta a una serie de asesinatos de ciudadanos negros a manos de la policía y de vigilantes alineados con la supremacía blanca. 

Tales homicidios, captados en video, no impidieron que Obama mantuviera la militarización de las policías en Estados Unidos. Las evidencias tampoco lograron sentencias para los agentes responsables de tales ejecuciones. 

“Es sorprendente ver al hermano Barack Obama actuando como si fuera parte de la vanguardia y luchando contra el poder policial cuando Black Lives Matter surgió durante su administración, con su fiscal general negro, con su secretaria de Seguridad Nacional negra”, criticó Cornel West, quien desde la Universidad de Harvard ha sido un pilar ideológico de la movilización social en Estados Unidos. 

En una entrevista en el sitio británico Middle East Eye, West indicó que las revueltas iniciadas el 25 de mayo, cuando fue asesinado Floyd, buscan no sólo la justicia por ese crimen, sino un rediseño sustancial en el poder en Estados Unidos. La intención es “poner fin a la supremacía blanca y asegurar una sociedad más equitativa para todos en Estados Unidos”.

Para la comunidad negra es claro que Estados Unidos es una nación fundada en el racismo. No se trata de Trump, una muestra aberrante del fenómeno, sino de policías que asesinan a más de mil civiles cada año, o tres personas por día, lo que afecta de manera desproporcionada a los negros. En contraste, tres individuos fueron muertos en 2018 a manos de los policías de Reino Unido. 

Las protestas organizadas tras la muerte de Floyd expusieron claramente el racismo estructural estadunidense. Pese a que las protestas son un derecho constitucional, la policía respondió con ferocidad. Hasta el lunes 8, a dos semanas de iniciadas las protestas, al menos 10 mil personas habían sido arrestadas en 140 ciudades estadunidenses.

Decenas de miles de manifestantes fueron, además, brutalizados por la policía, que utilizó de manera regular gas pimienta, balas de goma, gases lacrimógenos y toletes, con la excusa de frenar los escasos disturbios que se presentaron y las violaciones a los toques de queda impuestos durante más de una semana, incluso en una ciudad liberal como Nueva York. 

En dos semanas se registraron más de 130 casos de periodistas atacados por la policía, además de que fueron documentados en video al menos 260 ejemplos de brutalidad policial en todo el país contra manifestantes pacíficos.

La policía por encima de la ley

“Fílmenlos en video”, clamó Chi Ossé. “Filmen en video la violencia de estos representantes de la supremacía blanca”. Los manifestantes se enfrentaban a un bloqueo en Times Square. El momento de tensión parecía presagiar un enfrentamiento en que docenas de jóvenes terminarían arrestados y heridos o, si tenían mala suerte, asesinados. 

Los policías, apenas una veintena, resistieron unos cinco minutos el empuje de los manifestantes contra los cercos de metal. Los zumbidos desde el cielo anunciaban que un helicóptero de la policía supervisaba la situación. “Protesta pacífica”, clamó Ossé. Centenares de manifestantes blancos, negros, latinos y asiáticos corearon la misma frase. 

La policía, al final, terminó por ceder la plaza semivacía. “Así es como funciona la democracia”, coreaba Ossé. Los jóvenes manifestantes repetían la frase, extasiados. Esas victorias minúsculas, simbólicas, tenían un sabor especial. Otorgaban la sensación de triunfo ante un cuerpo de la policía que opera al margen de las leyes que rigen a los civiles. 

Las policías en el país se amparan en una figura legal conocida como “inmunidad calificada”, en la cual los ciudadanos no tienen modo de presentar demandas civiles contra estas fuerzas de seguridad. El Congreso actualmente contempla una ley para terminar con estas protecciones. 

El otro gran escudo de las policías son los sindicatos, que defienden sin restricciones a sus miembros. Si un alcalde decide enfrentarlos, como en algún momento intentó el neoyorquino Bill de Blasio, los policías simplemente dejan de atender llamadas de auxilio de la ciudadanía. 

Gracias al sindicato, la ejecución de Eric Garner en 2017 en Nueva York no produjo arrestos. Pese a que tal como Floyd, Garner advirtió varias veces que no podía respirar, el policía Daniel Pantaleo, quien saludó a la cámara que filmaba el incidente, lo ahorcó con una maniobra al cuello. Cinco años tomó a la policía despedir a Pantaleo, quien luego fue absuelto.

Para los negros ese resultado no es extraño. La policía en Estados Unidos tiene un oscuro origen. “La actividad policial en el sur surgió de las patrullas de esclavos en los años 1700 y 1800 que capturaban y retornaban esclavos fugitivos”, escribió Mariam Kaba en The New York Times.

Kaba, una de las principales impulsoras del movimiento abolicionista de la policía, explicó que actualmente los agentes en Estados Unidos no se dedican a combatir el crimen, sino a realizar labores para las que no están capacitados. Lidian con personas sin hogar o con problemas mentales, así como con asuntos de violencia doméstica y vigilancia en escuelas.

Según estadísticas del Proyecto sobre Policías y Justicia Social del Brooklyn College, la gran mayoría de los policías realizan apenas un arresto al año de un individuo acusado de haber cometido un delito grave. Por ello, las protestas se han concentrado en una exigencia central: eliminar fondos a la policía o directamente abolir los cuerpos policiales. 

Estados Unidos gasta cada año 115 mil millones de dólares en sus policías, según información oficial. El Departamento de Policía de Nueva York tiene un presupuesto anual de 6 mil millones de dólares, más que la suma combinada en servicios de salud, para indigentes, para jóvenes y para desempleados.

“Eliminar fondos a la policía no se trata simplemente de retirar dinero para las tareas de la aplicación de la ley”, explicó Angela Davis. “Se trata de transferir recursos públicos a nuevos servicios y nuevas instituciones: consejeros de salud mental que puedan responder a personas desarmadas que están en crisis. Se trata de transferir fondos a la educación, vivienda y recreación”.

Davis, una de las principales ideólogas del movimiento por la justicia social en Estados Unidos, añadió en el noticiero Democracy Now!: “Todos estos elementos ayudarían a crear seguridad y protección. Se trata de aprender que la seguridad, cuando es vigilada por la violencia, no es realmente seguridad”.

Las protestas comienzan a tener un efecto real en las políticas públicas. Nueva York derogó las leyes que mantienen en secreto el historial de abusos de los policías y prohibió las maniobras de ahogamiento como las que mataron a Garner y a Floyd. Lo mismo hicieron Florida y California, que además recortó en 150 millones de dólares el presupuesto de sus policías. 

En Mineápolis, donde fue asesinado Floyd, la Asamblea local se comprometió, con una mayoría a prueba de veto del gobernador, a eliminar por completo su departamento de policía y a proponer un cuerpo de atención comunitaria que responda a las necesidades de la gente. 

Al menos 20 departamentos policiales ya prohibieron las maniobras de ahogamiento; docenas de ciudades en Estados Unidos están tomando sus propias medidas para reducir la violencia de las tácticas policiales o el número de contactos entre policías y ciudadanos. 

Las protestas en Estados Unidos parecieron haber despertado una nueva conciencia social en los estadunidenses, quienes por primera vez en la historia asumen como real el racismo estructural contra la comunidad negra; 68% de los ciudadanos piensa que la discriminación a los negros es un problema “grave”, según una encuesta de la Universidad de Quinnipiac.

“Estoy bastante sorprendida”, explicó Patrisse Cullors, una de las fundadoras del movimiento BLM, sobre el cambio en las tendencias de opinión. En una entrevista con The Intercept señaló: “Recordamos haber sido llamados terroristas y recuerdo que la gente lo creía en todo el país y en todo el mundo”. 

“Ver que este cambio sucede es algo profundo”, añadió. “Significa que todo lo que hemos estado haciendo está funcionando”.

Sin embargo, la brutalidad policial es un cáncer difícil de extirpar. Apenas el viernes 12, en plena ola de protestas, otro ciudadano negro fue asesinado a tiros por la policía de Atlanta.

Se trata de Rayshard Brooks, de 27 años, quien fue baleado en el estacionamiento de un restaurante de comida rápida de la cadena Wendy’s después de resistirse a ser detenido y pelear con dos agentes blancos.

Uno de los uniformados, el ahora exagente Garrett Rolfe, fue despedido después de que las imágenes lo mostraran disparando a Brooks varias veces por la espalda mientras el hombre huía.

Por esos hechos, Rolfe enfrenta 11 cargos, incluido un delito grave. De ser hallado culpable, enfrenta cadena perpetua sin libertad condicional. 

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