Llevar paraguas al tsunami. Derroteros de la política en el México post-pandemia

Cierre de comercios en la Ciudad de México. Foto: Eduardo Miranda Cierre de comercios en la Ciudad de México. Foto: Eduardo Miranda

La peor crisis económica en un siglo nos encuentra bajo condiciones sociales deterioradas y un clima político polarizado. El tiempo suspendido que la pandemia impuso, ¿ha introducido cambios en el mapa de las fuerzas políticas de nuestro país? ¿Qué formas adoptará la lucha política a medida que la vida cotidiana vuelva a sus cauces?

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Si el consenso es un fenómeno virtualmente inexistente entre los economistas, los pronósticos acerca de la profundidad de la emergente crisis económica sólo difieren en los adjetivos utilizados para ponerla en perspectiva (devastadora o gravísima, terrible o catastrófica). A nivel global, los empleos perdidos se estiman en el orden de los millones; la caída de la producción puede alcanzar los dos dígitos. Economías ya ahogadas por la deuda se adentran en su segunda gran crisis en apenas doce años.

En México, el gobierno obradorista arribaba al 2020 ostentando un récord dividido entre avances destacables, fracasos rotundos y una amplia zona gris que es objeto de vehementes debates. La pandemia ha sido un acelerador de procesos políticos: aumentó la presión sobre el gobierno, redujo los recursos de los que dispondrá para sus planes, amenaza con llevar a millones de personas a la pobreza.

Aún es prematuro levantar un censo exhaustivo de las consecuencias que el episodio vírico ha dejado en el país. Sin embargo, el tiempo extraordinario del encierro atestiguó la aparición de algunos episodios que prenuncian los términos que adoptará la disputa política en el futuro inmediato. Ciertos rasgos que el laboratorio del confinamiento incubó, están por convertirse en las coordenadas fundamentales de la política que nos aguarda: la derecha saldrá a las calles y el obradorismo ha de atrincherarse en Palacio Nacional. La pandemia, elucubro, habrá sido una imagen en miniatura del país que tendremos cuando se decrete nuestra vuelta a la anormalidad –el fragmento de caos al que llamamos patria–.

 

Más vale malo conocido que AMLO por conocer

En el principio fueron los efectos no esperados de la acción: las medidas de distanciamiento social le retiraron al obradorismo uno de sus hábitats naturales –el espacio público– y uno de sus principales instrumentos de cohesión –los actos multitudinarios–. Mientras tanto, la derecha fue la inesperada beneficiaria de la reorganización espacial y la primera en reaccionar –con automóviles– a las restricciones que la pandemia impuso. Las caravanas motorizadas en numerosas ciudades del país, las comitivas que reciben hostilmente al presidente, y la conformación de organizaciones que al dotarse de siglas adquieren existencia pública, son los primeros signos de un proceso de reorganización de fuerzas. Son todavía contingentes poco nutridos y sin liderazgos reconocibles. Sin embargo, estos episodios han inaugurado un proceso que cambiará los términos de la disputa política en nuestro país. Dicho en breve, estamos en la antesala de un fenómeno relativamente desconocido en México: la presencia sostenida de la derecha en el espacio público –su incursión en esa región de la política conformada por la calle y la tribuna–.

Altiva, herida en su amor propio, la burguesía mexicana ha lanzado los primeros llamados de unidad y comienza a multiplicar los espacios para la repolitización de sus cuadros. Súbitamente, un sector que se limitó a desaprobar algunos excesos de los gobiernos anteriores (cuando mucho) encuentra que la situación en México es intolerable y lanza su ya basta –Ayotzinapa fue un evento lamentable, pero que los banqueros nos retiren la confianza nos pone muy mal ante el mundo–. En las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, comunicaciones antes destinadas a difundir rezos y pensamientos edificantes se convierten en trincheras desde donde se prodigan convocatorias a la acción política y llamados (tan democráticos como su clasismo les permite creer) a esos ciudadanos que sí se preocupan por el futuro, los que sí se esfuerzan, el sereno club de los todavía pensantes. Las sobremesas familiares se convierten en disertaciones sobre la psicología del mexicano auspiciadas por la experticia instantánea que prescinde de la formación. Los principios de la autoayuda son toda la teoría social necesaria y las fábulas fundacionales –la del hombre a quien nadie le regaló nada, la del tío que empezó desde cero y mírenlo ahora– son la evidencia empírica que la respalda suficientemente.

¿Cede esta descripción a los prejuicios que me impone mi adscripción a la izquierda? ¿Caigo en la complaciente tentación de representar a toda la oposición bajo el estereotipo del dirigente de una confederación patronal? Sin descartar estos influjos que sacrifican la realidad de los matices a la eficacia del diagnóstico sumario, es verdad que hasta el momento la parte más audible de la oposición de derecha ha sido aquella que, si puede llegar a conclusiones tan rápidamente, es porque sus certezas se fundan no en las inciertas opiniones individuales sino en los sólidos prejuicios de clase: el marco mental que va de un yo que sí trabaja a un otro que si es pobre es porque quiso; la configuración ideológica que faculta a sus sujetos a decir “nuestro país” y entender “el país nuestro”.

Y no se trata de los elementos fácilmente desacreditables que estas manifestaciones le han legado a los archivos del humor involuntario (denuncias de hambruna a bordo de camionetas, usos disidentes de la ortografía, teorías cuestionables del comunismo, intentos de análisis que desmitifican el prestigio de la educación privada, invenciones de una tradición intelectual que fusiona a Milton Friedman con Carlos Cuauhtémoc Sánchez). El verdadero peligro reside en que las críticas legítimas de los inconformes (que las hay) tienden a adoptar los liderazgos y los modos de una oligarquía sin más ideario que la convicción de ser la clase destinada a mandar, ni más proyecto que el de recuperar el poder prontamente.

No es imposible que con los meses se constituya una oposición de otro talante. Por ahora, la voz que gana terreno es la de una oposición pobre en razonamientos pero rica en juicios: exige a treinta millones de resentidos pensar mejor su voto la próxima vez; se deslinda de cualquier deber con la autocrítica; se absuelve de toda culpa en lo tocante a su participación en la creación del inhóspito país que tenemos. La historia de México comienza junto con su repentina vocación militante, el criterio que mide los agravios pasados a la luz de los que se anticipan. ¿Qué son cincuenta mil desaparecidos frente a la destrucción que ya dejó este gobierno de locos?

Esta conveniente distribución de olvidos y certidumbres nos pone ante las puertas de un episodio insólito: vigorizados por las satisfacciones que la acción colectiva concede, los artífices y beneficiarios del México que hoy padecemos están por regalarnos la imagen inverosímil de una burguesía que se cuenta a sí misma entre las víctimas del sistema. De su condición de oprimidos han de extraer las fuerzas de un patriotismo redoblado: ya héroes cuando sólo eran el motor de la economía, ya mártires desde que se asumen como la militancia que resiste al poder. Y no conforme con crear empleos, heme aquí manifestándome en domingo.

Paulatina y persistentemente, la politización de una nueva derecha se ha puesto en marcha.

 

Mi pecho es Secretaría de Planeación y Presupuesto

Ante una crisis que exige emplear a fondo la capacidad de adaptación del gobierno, la cuarta transformación ha encontrado, a través de la firmeza de su dirigente (no es elogio), su propio camino hacia el ensimismamiento.

La crisis sanitaria ha ratificado la obsesión del presidente con el carácter autobiográfico de la conducción del Estado. Y ha vigorizado algunas creencias determinantes de su estilo de gobierno: que mientras más graves son los problemas, más la gente necesita sus mensajes;  que el mejor mensaje posible es el que se funda en sus datos y su inspiración (términos ya indistinguibles).

Convencido del poder ordenador de sus pronunciamientos, el presidente ha multiplicado sus funciones (ideólogo, diseñador de políticas públicas, aparato publicitario, dador de lemas, primer orador de la nación y escucha más conmovido por sus alocuciones). Y sometido a las presiones que la crisis sanitaria impuso sobre su gobierno, ha optado por erigirse en prédica perpetua y ambulante.

La premisa: la mejor política pública es una buena política de comunicación social. Ante una comunidad que todavía espera la acción de gran escala del Estado –el gran salto adelante de la izquierda al fin en el poder–, el presidente se entrega a la labor de multiplicar mensajes que oscilan entre lo prescindible y lo desatinado: decálogos, ensayos, documentales autobiográficos, videos, improvisaciones convertidas en mensajes de Estado y mensajes de Estado que queremos creer que fueron improvisaciones. Y entre el torrente de las palabras, un mensaje contundente: la inamovilidad del proyecto original, la radicalización de la austeridad, el confinamiento en una isla de certidumbres fundadas en el voluntarismo. Poca política, mucha comunicación.

La tímida respuesta del gobierno plantea al menos dos cuestiones inquietantes. En cuanto a su contenido, la crítica coincide en señalar que su insuficiencia representa una victoria del neoliberalismo más ortodoxo. En cuanto a su origen, el problema reside en determinar si son el producto de la deliberación colectiva o si se limitan a transcribir la visión personal y necesariamente limitada del presidente. ¿Dispone el gobierno de mecanismos de deliberación más robustos que la amalgama de intenciones e intuiciones de un líder? ¿La cuarta transformación todavía es algo más que los contenidos que el presidente genera y autoriza?

Las respuestas del gobierno lucen insuficientes y la cuarta transformación sale debilitada del confinamiento. Su margen de maniobra se ha estrechado. La coraza de la aprobación del presidente ostenta sus primeras hendeduras. Y pese al respaldo popular masivo del que aún goza, AMLO parece trabajar en solitario cuando se trata de dictar los lineamientos del proyecto de nación, un modus operandi que debería encender las alarmas en la izquierda, alguna vez partidaria del socialismo científico, hoy dependiente del populismo por tanteo. Si es verdad que el autor principal del plan de recuperación es el presidente, ¿tenemos cómo cerciorarnos de que su nivel de comprensión del tema es superior al que ha mostrado en materias como el feminismo, la violencia doméstica, los conflictos ambientales, la industria petrolera, el combate a la inseguridad…?

 

El diluvio y mientras tanto nosotros

A medida que la crisis se despliegue, la derecha encontrará un panorama económico adverso que interpretará como la evidencia que valida sus posturas, única conclusión posible para un pensamiento que de cualquier forma no necesita de razones para darse por verdadero –el recurrente “se los dijimos” es el homenaje que la soberbia le rinde a la ceguera–. Correspondientemente, el obradorismo podrá encontrar, en la creciente organización de la derecha, una dudosa comprobación de que sus políticas están acabando con las estructuras de los viejos privilegios. Y ante la incapacidad del Estado para contrarrestar los efectos de la crisis, el proyecto nacional de defender a los pobres de las trampas de la desigualdad, pronto puede verse reemplazado por el de defender a AMLO en las encuestas de opinión. Por el bien de los pobres, primero la reputación del presidente.

La realidad es que ni la inopia del gobierno valida los delirios anticomunistas de la derecha, ni la falta de legitimidad de esta última le da la razón a las decisiones del obradorismo. De cara a la mayor crisis en un siglo, el debate público nacional corre el peligro de ser capturado por un certamen de popularidad entre un gobierno con escasos logros en su haber y la clase menos autorizada para dar lecciones, contendientes abismados en su concurso de recolección de aplausos y hashtags a los pies de un país que se disgrega.

¿Hay más país que el que tirios y troyanos se reparten? ¿Hay política más allá de las escaramuzas ad aeternum entre los representantes del Pueblo y los portavoces de la Economía? Alrededor del mundo, la pandemia y sus efectos han abierto algunos debates en torno a la recuperación de las prerrogativas soberanas del Estado y la protección de las clases trabajadoras. Han sido readmitidas en el campo de lo políticamente posible ideas como el salario universal, las políticas de pleno empleo, la intervención estatal sobre la economía, la cancelación de las deudas, la supresión de las políticas de austeridad o la reestructuración de los sistemas financieros. Las grietas inocultables del sistema dominante han abierto la puerta a políticas hasta hace tiempo impensables. El debate público en nuestro país aún no ha sabido adoptarlas. Es concebible, sin embargo, que muy pronto la gravedad de la crisis nos obligue a salir en busca de salidas al fin ambiciosas.

A distancia de la antinomia en que el presidente aspira a distribuir el país (conmigo o contra mí), el haz de fuerzas progresistas pronto deberá elegir entre el reducido marco de acción que la ortodoxia económica le legó al actual gobierno, y la creación de políticas que, desplazando el límite de lo posible, le restituyan a la izquierda su oxidada vocación maximalista.

Por ahora, la sociedad se interna en la tormenta al amparo de sus manos y su solidaridad.

*Filósofo y sociólogo. Autor de “El país del dolor. Historia del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad”. Proceso, 2017. @suaste86

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