AMLO y Trump: cumbre de cuates

Los presidentes de México, Andrés Manuel López Obrador, y de Estados Unidos, Donald Trump Foto: Germán Canseco/AP-Patrick Semansky Los presidentes de México, Andrés Manuel López Obrador, y de Estados Unidos, Donald Trump Foto: Germán Canseco/AP-Patrick Semansky

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso). – “¿Qué es un amigo?”, preguntaba Aristóteles, y ofreció la respuesta: “una sola alma habitando dos cuerpos”. Como AMLO y Trump celebrando su cumbre de cuates a pesar de las críticas en México y el desconcierto del Partido Demócrata en Estados Unidos.

Como dos presidentes con mucho en común, solos contra el mundo, impasibles ante la realidad, vinculados por sus temperamentos y su estilo de gobernar.

El estadunidense usando al mexicano, y el mexicano dejándose utilizar por las afinidades electivas que comparten, los estilos que utilizan, la forma de hacer política que promueven. Ambos son producto de democracias descompuestas y sociedades desiguales, de ciudadanos desilusionados e instituciones disfuncionales. Ambos llegaron al poder montados sobre la ola del rencor que continúan explotando. Y a partir de ese entendimiento fundacional han forjado una relación inusual. Por eso, ahora que Trump busca reelegirse, López Obrador se apresta a ayudarlo.

AMLO va a Washington porque su amigo se lo pide. No importa que el ocupante de la Oficina Oval haya vilipendiado, humillado, perseguido, deportado o encarcelado a miles de compatriotas. No importa que haya forzado al gobierno mexicano a negociar un nuevo tratado de libre comercio sobre las rodillas, con concesiones insólitas y candados contraproducentes.

Desde el inicio de su Presidencia, López Obrador tomó la decisión de apaciguar a Trump en vez de pelearse con él. Ha guardado silencio sobre su racismo rampante y su antimexicanismo intolerante. Ha callado lo que muchos otros jefes de Estado han denunciado. Está dispuesto a tomarse la foto al lado de un líder repudiado internacionalmente, porque a él lo necesita electoralmente. Trump presumirá lo que obligó a México a hacer, y AMLO permitirá que se salga con la suya. Sacrificará la dignidad en aras de mantener la civilidad. Recibirá palmadas en la espalda o quizás estocadas verbales, pero es el juego que aceptó jugar, el riesgo que está dispuesto a correr.

A pesar de las advertencias de los diplomáticos que lo aconsejan, a pesar de las críticas de la comunidad mexicana en Estados Unidos que lo apoyó. AMLO, obstinado como nunca, obcecado como siempre. Desoyendo voces tan sensatas y experimentadas como la del excanciller Bernardo Sepúlveda, quien en una carta abierta cuestiona un viaje injustificado, una apuesta innecesaria. Porque no hay un motivo que amerite la visita en estos momentos, justo en plena campaña electoral en Estados Unidos. Trump le ha exigido a su contraparte que vaya precisamente por eso. Para que pose a su lado, para que lo ostente como un aliado fiel a pesar de los golpes propinados y el muro construido. Para que sonría con los piropos y los pronunciamientos sobre cuán bien se porta.

Hace sólo unos años López Obrador escribió un libro sobre el racismo de Trump y ahora parece estar dispuesto a ignorarlo. Porque con la economía mexicana a pique el T-MEC aparece como el único salvavidas. Porque con la contracción del PIB estimada entre 7-10% para 2020, el libre comercio se ha convertido en el único plan de rescate con el cual México cuenta.

López Obrador se subirá a un vuelo comercial, arriesgará su salud, tendrá que someterse a la prueba del coronavirus para poder convivir con Trump. Pero por unos días al menos, podrá dejar atrás los señalamientos incómodos sobre la pandemia y el desempleo y la paridad del peso y la crisis sistémica. Buscará centrar la atención en cómo el nuevo tratado atraerá la inversión, promoverá el crecimiento, asegurará la prosperidad. Buscará revertir la percepción de que su gobierno es hostil a la inversión privada y extranjera, aunque la realidad lo contradiga. Abrazará un acuerdo comercial abiertamente neoliberal, aunque en México no quiera reconocerlo.

Y desoirá a quienes insisten que insertarse en la coyuntura electoral estadunidense es una estrategia equivocada por muchos motivos. La encuesta más reciente de The New York Times coloca a Biden a la delantera de Trump y por más de 10 puntos. Más importante aún, lo aventaja en el manojo de estados que son cruciales para ganar el Colegio Electoral. Aún en el caso de que Biden perdiera, es probable que el Partido Demócrata mantenga su mayoría en la Cámara de Diputados y gane asientos en el Senado.

Desde una posición de oposición poderosa, los demócratas le cobrarán a AMLO el apoyo que le dio a su adversario; el viaje innecesario que el presidente mexicano pudo haber postergado con una variedad de pretextos, comenzando por la pandemia.

El viaje planeado huele a improvisación, a claudicación, a un esfuerzo desesperado por cambiar la conversación. Una verdadera visita de Estado habría implicado hablar ante el Congreso, reunirse con Biden y líderes del Partido Demócrata, entablar un diálogo con representantes de las comunidades mexicanas en el exterior, incorporar a Justin Trudeau, ya que el T-MEC es un tratado trilateral.

Pero no parece que eso ocurrirá. Será una reunión de cuates para hablar de lo mucho que se quieren y lo bien que se caen. Subrayarán el respeto que se tienen, la colaboración que han entablado, los acuerdos a los cuales han llegado, los ventiladores que México recibió y agradece.

En cualquier momento, Trump siendo Trump, podría insultar a su amigo, como acostumbra con cualquiera si acaso le conviene políticamente. A eso se arriesga AMLO, pero parece no preocuparle. Así como no le han quitado el sueño las caravanas de migrantes que la Guardia Nacional frenó, los niños mexicanos que la autoridad migratoria estadunidense encarceló, las múltiples veces que Trump se refirió de manera despectiva al pueblo de México y lo insultó.

Sonriente, boyante y exultante desde la Casa Blanca, AMLO mandará un mensaje y debería dolernos: el presidente le tiende la mano a quien odia tanto a México que día tras día construye un muro. Y eso no es señal de amistad, sino todo lo contrario.

Este análisis forma parte del número 2279 de la edición impresa de Proceso, publicado el 5 de julio de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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