Voces de la pandemia | Precarios, pero solidarios

Repartidores de aplicaciones en la colonia Nápoles de la CDMX. Precarios, pero solidarios. Foto: Miguel Dimayuga

Saúl, repartidor de comida rápida, cuenta cómo la expansión del covid-19 ha deteriorado las de por sí pésimas condiciones en las que él y sus compañeros trabajan: bajos ingresos; accidentes; robos de sus celulares, mochilas, motos y bicicletas, e incluso, agresiones de personal de restaurantes y de algunos clientes… A pesar de ello, muchos repartidores se han organizado en un colectivo que lleva dulces a niños hospitalizados y alimentos a trabajadores que “se la rifan” con la pandemia: médicos, paramédicos, personal de limpia… “Somos trabajadores precarios, pero solidarios”, dice.

CIUDAD DE MÈXICO (proceso).- Hace casi cuatro años, cuando empecé como repartidor de comida por aplicación en la Ciudad de México, me iba bien, pero con la pandemia muchas cosas cambiaron.

Muchos de los que se quedaron sin empleo se refugiaron en las aplicaciones digitales porque, aunque tengas que pagar impuestos, es un método fácil de entrar y conseguir dinero.

Antes de la emergencia sanitaria, en el parque Alfonso Esparza Oteo, en la colonia Nápoles, alcaldía Benito Juárez, nos juntábamos de 12 a 15 repartidores a esperar pedido, pero ahora ¡ya somos 30! Y claro, nos han bajado las ganancias. De por sí es un trabajo precario y, en estas condiciones, empeora.

A mediados de marzo empezaron a bajar los pedidos de manera brutal. Hacíamos viajes largos, hasta de ocho kilómetros, para ganar 27 pesos. Para los que reparten en moto no les salía ni para la gasolina. Y para los de bici, ni para el refresco o una botellita de agua alcanzaba. Nada.

Al principio la gente nos llamaba erróneamente “héroes”, porque gracias a nosotros no salían de sus casas para comprar comida y les evitábamos los contagios. Pero los héroes son los doctores que se la rifan en los hospitales. Nosotros somos trabajadores.

Comenzamos a tomar medidas: usábamos el cubrebocas de tela que nos hacía la mamá o un paliacate, o los normales, cuando estaban baratos, de a 50 centavos. Empezamos a usar el gel antibacterial y agotamos las botellitas de a 30 pesos que vendían en tiendas y farmacias. Pero empezó el sobreprecio y fue imposible conseguirlas en menos de 150 pesos.

Las primeras empresas que se pusieron las pilas con los repartidores fueron Sin Delantal, Rappid y, al último, Didi. Nos regalaron kits de protección. Con ayuda del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo y otras aplicaciones, como Uber Eats, nos reunimos para crear una guía de entrega y mejorar procedimientos y medidas sanitarias.

Mandamos mensajes como: “para evitar contagios, lo invitamos a recibir su pedido en la puerta principal de su domicilio. Así, te cuidas, me cuidas, nos cuidamos”. Hubo clientes que sí lo entendían y así lo hacían, pero otros decían “¡No! ¿Qué te estás creyendo? Yo te pago y quiero que subas hasta la puerta de mi casa”.

En los primeros días la gente nos regalaba comida. Pedían pizza y cuando llegábamos a entregarla, nos decían “¡quédatela!”. Nos mandaban al supermercado por despensa y nos decían “cierra el pedido, es para ti”. Algunos nos daban propinas de hasta 150 pesos. Hubo niños que rompían sus cochinitos y nos daban dinero en una bolsita con el mensaje “para mi héroe”. Pero ahora eso ya no pasa.

Hubo restaurantes que empatizaron muy padre con nosotros, como McDonalds, que puso protocolos y el material para sanitizar la mochila antes de ir a entregar el pedido. Los restaurantes pequeños se rifaron. Fueron los que más nos decían: “¡híjole, amiguito!, ¿cómo estás? Te ofrezco un vaso de agua, ¿necesitas algo de comer?”. Ellos sí entendieron que dependían de nosotros para que el pedido llegara a la mesa de su comensal. Otros se portaron muy déspotas, no se dieron cuenta de que es trabajo en equipo y que todos buscamos seguir teniendo chamba. Incluso hemos tenido agresiones de parte del personal que hasta llama a la policía, como ya pasó con una sucursal de Carls Jr. hace poco.

Tenemos un colectivo. Se llama #NiUnRepartidorMenos. En él hemos hecho labor altruista. Conseguimos dulces típicos mexicanos y los regalamos a los doctores del Hospital General Siglo XXI para decirles “échenle ganas, sabemos que hay muchas personas que los maltratan, pero nosotros los repartidores los reconocemos”. También les llevamos a los niños del Hospital Infantil Federico Gómez. ¡Hubo mucha felicidad con ellos en medio de su situación! Con la organización Vitamina T, llevamos de comer tamales, tacos y tortas a personal de limpia, a paramédicos y a trabajadores del almacén de la policía. Eso es de lo que más nos ha llenado en lo que va de la pandemia. Somos trabajadores precarios, pero solidarios.

También nos juntamos con una organización de bicicletas para sanitizar mochilas. La Secretaría de Seguridad Ciudadana y el Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas nos donaron 80 litros de alcohol en gel y 200 cubrebocas para distribuirlos entre los compas. Desde antes ya estábamos en contacto con colectivos nacionales, como Nosotres, de Mauricio Merino, e internacionales, como la Red Precaria Global, la Unión de Repartidores Latinoamérica y Raiders por los Derechos Internacionales, y hemos participado en tres paros internacionales para exigir mejores condiciones laborales, pues con el covid-19 la situación empeoró.

En lo que va de la pandemia se han infectado del virus tres compañeros y las app no responden, a menos que te vayas a hacer la prueba al IMSS, ISSSTE o al Insabi, pero se tardan una eternidad, y de laboratorios privados no aceptan resultados. Los que sí aceptan son los de Salud Digna, que cuestan mil 300 pesos, pero ese dinero es lo que podríamos ganar en tres o cuatro días.

En ese mismo lapso han muerto cinco compañeros atropellados: César Arvizu, Ramsés Ávila, Saúl García, Mariano Fernández y Abraham Xochipa. Cuatro de ellos iban en servicio de recepción o entrega de pedido. Y desde que formamos el colectivo, en noviembre de 2018, van 18 fallecidos en accidentes vehiculares.

Además de los accidentes, seguimos expuestos a otros peligros. Muchos ya entendieron que somos blanco fácil de la delincuencia. Los ladrones saben que podemos traer dinero, un celular más o menos bueno, la mochila, las motos y las bicis. En un mes llevamos 75 bicis y 140 motos robadas. Por eso muchos ya ni traen mochila de las app, para cuidarse más.

Yo soy diabético, por eso trabajo en bici para tener mejor condición física y le doy de cuatro a cinco horas diarias. Pero me llegué a autoexplotar los fines de semana porque salía el viernes a las cinco de la tarde y regresaban hasta el domingo en la tarde. Hay gente que está registrada hasta en cinco app y trabaja de ocho de la mañana a ocho de la noche; otros se avientan todo el día. Algunos se despiden de sus familias los domingos en la tarde y regresan hasta el sábado siguiente. Hay otros que incluso se duermen en la calle. Lo malo es que aquí aplica el “como te ven, te tratan”. La gente te califica en la app, te reporta y a la velocidad de un teclazo, las empresas te desactivan y te quitan la opción de seguir trabajando.

¿Que por qué seguimos en este trabajo aun con estas condiciones precarias? Porque no existen opciones laborales suficientes. Hay chance de ser cajeros en un Oxxo o un Seven, pero eso es precarizarse más sólo por un seguro social. Muchos chavos de 18 años ya ni buscan eso. Ahora se autoexplotan en las app. Sabemos la condición en la que estamos, pero tenemos que buscar mejorar.

*Repartidor de comida rápida. Cofundador del colectivo #NiUnRepartidorMenos

Este texto se publicó en el número 2280 del semanario Proceso, en circulación 

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