Encuentro entre AMLO y Trump: yo soy el camino…

Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump en la Casa Blanca. Foto: AP / Evan Vucci Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump en la Casa Blanca. Foto: AP / Evan Vucci

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso). – La visita del presidente López Obrador a Donald Trump fue insólita por cinco razones. 1) La proverbial renuencia de AMLO a viajar al extranjero: se ha negado a asistir a cuanto foro internacional se le ha invitado. 2) La inoportunidad de la reunión: las elecciones en Estados Unidos están a la vuelta de la esquina y Trump va muy abajo en las encuestas. 3) El desperdicio del pretexto ideal para declinar la espinosa convocatoria: las restricciones de la pandemia. 4) La evidente imposición de condiciones desventajosas para AMLO: no pudo ver al candidato Biden ni a la líder parlamentaria Pelosi, es decir, a quien probablemente será su homólogo durante casi cuatro años y a la figura señera del partido que seguramente tendrá mayoría en el Congreso (léanse la carta del Caucus Hispano y el texto del congresista Chuy García en Reforma). 5) La afrenta del viaje para la comunidad mexicoamericana, agravada por el rechazo de AMLO a reunirse con migrantes: desairó a quienes llama “héroes vivientes” y eludió así cualquier reproche.

¿Por qué aceptó ir, contra a los dictados de la sensatez? Por el pago de deudas. He aquí el origen del despropósito: la impertinente petición de apoyo en la OPEP. Por las condiciones del mercado del petróleo, nada le costaba a Trump gestionar la absorción de una parte del recorte de producción de México, pero era obvio que, fiel a su estilo, cobraría el “favor” con creces (tampoco habría sido necesario pedirle ventiladores si la planeación de cara a la pandemia hubiera sido la adecuada).

¿Qué tal un acto de campaña como el que Peña le hizo, ahora en la Casa Blanca? La factura resultó muy elevada para AMLO: el desdoro de la investidura que tanto cuida cuando de recibir a víctimas mexicanas se trata, la animadversión de los demócratas, el golpe de efectos retardados a su imagen y la merma electoral en 2021.

La cubrió sin chistar por miedo a represalias en el ámbito comercial, pues el T-MEC es la herencia “neoliberal” a la que AMLO, para levantar la economía, se aferra como a un clavo al rojo vivo.

A mí, francamente, me sorprende que reverbere en la Cancillería la doctrina Videgaray del entreguismo, que no es sólo moralmente indefendible sino también pragmáticamente torpe. De entrada, ¿de dónde salió el dislate de equiparar a AMLO con Trump con lo de que ambos derrotaron al establishment? ¿No se dan cuenta de que el bully no tiene amigos sino intereses y de que apapacharlo es la peor forma de lidiar con él?

Eso sí, fue el canciller quien hizo el control de daños al operar la inusitada supresión de preguntas en la conferencia de prensa en Washington. En su discurso, AMLO reconoció tímidamente a nuestros migrantes, quienes han sido llamados criminales y violadores por Trump, pero no dijo ni una sola palabra del muro que su homólogo le restregó en la cara en un tuit previo a su arribo, ni del infierno que viven los indocumentados, ni de la xenofobia que provocó la masacre de mexicanos en El Paso.

Con todo, iba entregando a medias el decoro que prometió, hasta que llegó el vergonzoso final: elogió a Trump con la falacia de que ahora trata mejor a México y a nuestros paisanos. ¿Y la amenaza arancelaria que le hizo al mismo AMLO en una de sus muestras de “amistad”, que se tradujo en el trabajo sucio de detener la migración centroamericana? ¿Y el récord en deportaciones, y la persecución a los dreamers? Fue penoso.

AMLO no es ingenuo y sabía perfectamente que fue convocado a hacer campaña para la reelección de Trump. Se prestó a ser usado para procurar votos hispanos a quien además de antimexicano es –él sí– un conservador que redujo los impuestos a los ricos en detrimento de los pobres, que enjauló a niños migrantes tras arrancárselos a sus padres, que calificó a países africanos de “hoyos de mierda” y que es tristemente célebre por acusaciones de corrupción, despotismo jingoísta, racismo y misoginia.

La ética de la responsabilidad weberiana remite a acciones contrarias a convicciones personales. En términos más prosaicos, en México se dice que en política es inevitable “tragar sapos”. Pero hay ocasiones en que uno puede seleccionar los batracios a deglutir.

AMLO pudo haberse tragado su orgullo y enmendado su política energética, en vez de tragarse el sapote estadunidense. Como dice la frase atribuida a Obregón, en política solo se comete un error, lo demás son consecuencias. La ominosa visita a Trump se gestó hace un par de años en la ratificación de su anacrónica obsesión petrolera.

De todos los bandazos de AMLO –de la militarización de la seguridad a las alianzas con corruptos– el espaldarazo al mandatario más repudiado en el mundo dejará la marca más indeleble (léase su libro Oye, Trump). Lo grave de ese encuentro no fue la humillación instantánea que algunos temían y que no se dio, sino la ignominia que se registrará cuando Donald Trump sea juzgado por la historia.

Sólo hay una forma de explicar semejante incongruencia: la creencia de que el líder es la causa, un egocentrismo que degenera en relativismo ético. Si yo encarno el fin yo justifico los medios. La valía de una persona no se mide por cómo trate a las demás, ni siquiera a mi país, sino a mí; el mismísimo diablo se vuelve un ángel si me halaga.

El cambio no es la lucha contra la corrupción con el pacto de impunidad a cuestas, no es la política asistencial, no es la austeridad republicana y su anemia administrativa; el cambio puede ser una refinería o dos, o un tren donde yo diga. El cambio soy yo. Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie va a la transformación si no es por mí.

Este análisis forma parte del número 2280 de la edición impresa de Proceso, publicado el 12 de julio de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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