Ulalume González de León, traductora de Nerval

La Quimeras, poemario de Gérard de Nerval, con traducción y ensayo de Ulalume González de León. Foto: Especial La Quimeras, poemario de Gérard de Nerval, con traducción y ensayo de Ulalume González de León. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).– Una de las versiones más célebres al español del poemario fantástico de Lewis Carroll The Hunting of the Snark, fue realizada por la magistral poeta uruguayo-mexicana Ulalume González de León (Montevideo, 20 de septiembre de 1932-Querétaro, 17 de julio de 2009) en su obra La caza del Snark (Era, México, 1978).

Ulalume Ibáñez Iglesias (su nombre de nacimiento), fue autora de los cuentos A cada rato lunes (Joaquín Mortiz, 1970) y los poemas Plagio I y II (1968-1979); pero siempre la recordaremos por su extraordinaria labor en traducciones del inglés, francés, italiano y portugués, en particular de poesía. Además de traducir a Carroll, lo hizo con Elizabeth Bishop, Yves Bonnefoy, Luis Camões, e. e. cummings, Ted Hughes Valéry Larbaud, Jules Supervielle, Algernon Charles Swinburne y Gérard de Nerval.

La Quimeras, poemario de Gérard de Nerval, es un nuevo libro de 127 páginas publicado por Ediciones El Tucán de Virginia, con magistral traducción y ensayo de Ulalume González de León, e incluye la presentación de Víctor Manuel Mendiola, más otras traducciones del poema “El desdichado” (por Juan José Arreola, José de la Colina, Salvador Elizondo, Octavio Paz y José de la Colina). A continuación, ofrecemos las palabras iniciales de la maestra Ulalume, con su versión a “El desdichado”.

Sonetos para no explicar

Gérard de Nerval (1808-1855) es más que una excepción en el Romanticismo francés –“Nerval, Beaudelaire, Rimbaud […] son nuestros verdaderos románticos”, dice Albert Béguin–; es también, como lo vio Giraudouxm una necesidad de la poesía francesa entera:

“Asombra la escasez en nuestra literatura de los llamados escritos íntimos”, del “sentimiento de una identidad profunda –esa prueba de la existencia individual’; en cuanto a los románticos franceses, “lo dan muy poco, contra todo lo esperado y contra todo lo prometido por su nombre de románticos”.

Intimidad y profundidad no significan impudicia; son el descubrimiento del “camino misterioso que va hacia dentro” de que “en nosotros, y en ninguna otra parte, está la eternidad con sus mundos, el pasado, el porvenir” (Novalis).

Si Nerval no pudo escribir más que sobre sí mismo, a diferencia de algunos románticos franceses que llegaron a expresar impúdicamente el dolor y el llanto, él los calló. Fue sólo un melancólico secreto. Se asomó a sus sueños, y también a sus delirios, con una mediatez que falta en aquellos –quizá porque el Romanticismo francés no fue sino una revolución literaria (con el matiz de “programa” que tiene el término) contra las reglas clásicas; “nada lo asimila a esa inmensa exploración metafísica que lleva el mismo nombre en Alemania” (Béguin).

Tampoco actuó a la manera de los surrealistas, en parte interesados, según Béguin, por las “experiencias metódicas”, por los “sueños provocados” (o como el propio Novalis, quien se impuso la tarea de provocar arbitrariamente ciertos estados en él). Lo hizo con el arrebato del iniciado y del místico; con la eficacia del mago para convencer; con sólo apariciones maravillosas y escapar a lo explicativo y racional; con la autenticidad de quien asumió un destino –con temor, a veces, en la vida, pero con lucidez y lógica y alegría en su literatura–: no distinguir, no tomar en cuenta, la diferencia entre ilusión y realidad.

A todo ello corresponde, en los sonetos de Las Quimeras, lo que hace su encanto y su aparente dificultad: sin haberlo programado, sin saber cómo, un día Nerval descubre con esos sonetos a la poesía como la forma menos analizable de la literatura, como una combinación de elementos en un objeto cuya belleza es transmitible sin que importe elucidar cada una de sus partes. Compone sus Quimeras con la despreocupación por el sentido de quien compone música. Sonetos para no explicar.

En 1854, Nerval incluyó al final de Les filles du feu doce de sus sonetos bajo el título de Las Quimeras. Diez de ellos figuraban ya en Petits Châteaux de Bohème, publicado en 1853, bajo el título de Mysticisme. Otro grupo de nueve, todos póstumos, se presentan por lo común bajo el título de Otras Quimeras. La serie de los dice primeros que traduje, se cierra con “Versos dorados”, el más claro de ellos y, justamente, el menos poético porque está construido a base de exhortaciones y máximas. No se tiene una absoluta certidumbre de las fechas en que fueron escritos (salieron en revistas desde 1844, “Cristo en los Olivos”, hasta 1854, “El desdichado” es de 1853), Las Otras Quimeras son, al parecer, anteriores (uno de esos nueve sonetos está fechado a mayo de 1837); la mayoría son variaciones de los primeros sonetos y hay un “ciclo napoleónico”. (…)

“El desdichado”

El Tenebroso – el Viudo —soy, el Desconsolado,
príncipe de la Aquitania de la Torre abolida:
murió sin mi sola Estrella – mi laúd constelado
ostenta el negro Sol de la Melancolía.

De la tumba en la noche, tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo, y el mar de Italia un día;
la flor que tanto amaba mi pecho desolado,
y la reja en que el pámpano a la rosa se alía.

¿Soy el Amor o Febo?… ¿Lusignan o Birón?
Está roja mi frente del beso de la Reina;
he soñado en la gruta donde nadas, Sirena…
Y crucé el Aqueronte dos veces vencedor
— en la lira de Orfeo por turno modelaba
suspiros de la Santa y clamores del Hada.

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