La pérdida del prójimo

Los pobladores de la Ciudad de México en la llamada nueva normalidad Foto: Miguel Dimayuga Los pobladores de la Ciudad de México en la llamada nueva normalidad Foto: Miguel Dimayuga

La crisis civilizatoria que la emergencia y los estragos del covid-19 potenciaron anuncia que no es una más de las que a lo largo de su historia Occidente ha vivido. Parece algo más profundo y terrible: el fin de una era, que nació hace 2 mil años con el acontecimiento de la Encarnación, y el nacimiento de otra que, a falta de nombre, llamo postcarnal.

La idea de que Dios se hizo carne fue un profundo parteaguas histórico que nos dio el Evangelio y la noción de prójimo, sin la cual es imposible concebir a Occidente y sus instituciones de servicio.

Ese prójimo, que ilustra la parábola del Buen Samaritano y que a lo largo de 2 mil años hemos asociado con todos los seres humanos, empieza a morir en nuestra percepción. El prójimo se ha vuelto una monstruosidad, una fuente de contagio, una amenaza de la que hay que protegerse mediante la distancia –que se califica extrañamente de “sana”–, y aditamentos de todo tipo.

Desde los más simples y molestos (cubrebocas, mascarillas plásticas, goggles, guantes), hasta los más sofisticados, que comienzan a mirarse como bendiciones y desarrollarse cada vez más: Internet, Zoom, Facebook, WhatsApp… En ellos, los seres que amamos o de los que no podemos prescindir en nuestras relaciones laborales, comerciales o docentes aparecen ante nuestros ojos y oídos sanitizados, desprovistos de toda carne y transformados en una corporalidad de señales eléctricas: un extraño ectoplasma o una huella de voz o de escritura en la luminosa y extraña resurrección de una pantalla, impensable hace apenas 100 años.

Lo más terrible de esta era, de la cual los elementos que describo son sólo síntomas, es que debajo de esa nueva percepción, acompañada siempre de discursos humanitarios (vestigios del Evangelio), lo que en realidad vivimos es la muerte del prójimo. La era de mayor conciencia con respecto al ser humano coincide paradójicamente en los hechos con la era de mayor desprecio hacia él.

Reducida a cifras, gráficas y porcentajes, la muerte del prójimo carece de rostro y presencia carnal. Sus sufrimientos han dejado de escandalizarnos y dolernos. Son anécdotas que alimentan el sensacionalismo noticioso y el Estado minimiza.

“Se ha detenido el crecimiento exponencial del delito de homicidio”, dijo AMLO en su discurso del 1 de julio, mientras en Irapuato masacraban a 24 jóvenes en un albergue.

Hace unos meses, la masacre de la familia LeBarón fue noticia; hace menos de un mes lo fue también el crimen de Alexander. Hoy poco los recuerdan. El crimen noticioso fue el atentado al secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de Méxocp, Omar García Harfuch.

Pero, ¿quién se acuerda de los escoltas que murieron en él y cuyos nombres la Fiscalía redujo a un tal Rafael O y Edgar O?¿Quién de Gabriela Gómez Cervantes, la “baja colateral” del atentado, diría la impersonalidad administrativa del lenguaje jurídico? ¿Quién al juez Uriel Villegas y Verónica Barajas, asesinados unas semanas antes? ¿Qué sabemos de los nombres e historias de los 24 muchachos del albergue?

Al Estado no le importan. Han pasado a formar parte de la creciente y abstracta cifra de los 53 mil 628 asesinados durante los 19 meses del gobierno de AMLO. Le importa, en cambio, Omar García. Pero no el ser humano, sino su condición de secretario, su investidura, diría AMLO, esa cosa abstracta y sin carne con la que la abstracción Estado ungió su finita y despreciable condición de prójimo.

Le importan los 43 de Ayotzinapa. No los muchachos, sino el golpe mediático que sobre sus restos fortalecerá el poder. Tampoco le importan los niños con cáncer ni los contagiados o los muertos por covid-19 que, reducido también a cifras, gráficas y porcentajes, nos presenta cada noche una investidura llamada López-Gatell.

Mucho menos los migrantes que ha confinado en campos de refugiados. Le importa el dominio del sector médico y la disponibilidad de camas: el contagio y la muerte controlados. Mientras tanto la violencia y la impunidad cabalgan como jinetes del apocalipsis, y el Ejecutivo y el Legislativo destruyen las escasas instituciones que, como la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas y la de Búsqueda de Personas, guardan todavía algún sentido de lo que el prójimo significa.

Despojadas de rostro e historia, desposeídas, como todos, del peso de la projimidad, reducidas a gráficas y cifras en la impersonalidad de una pantalla de televisión, las víctimas se olvidan rápido en nuestro imaginario y se incorporan a la cotidianidad de los tapabocas, de las mascarillas de plástico, de los guantes, de los medios electrónicos con los que nos alejamos incluso de los vivos.

La Biblia judeocristiana comienza con la Creación y concluye con el Apocalipsis (“Revelación”), el fin de los tiempos. No sé si lo sea en el sentido más pleno de la palabra.

“Nadie sabe ni el día ni la hora”, dice el Evangelio al anunciarlo. Lo que sé es que la era de la Encarnación y del prójimo entró en una grave crisis. La que surge se anuncia en su postcarnalidad y en su desprecio por el prójimo terrible.

Ante ello me gusta pensar en “el pequeño resto” del que hablan los profetas hebreos. Ese resto, pobre, inerme, marginal, que en medio del desastre y de las ruinas preserva la projimidad y la esperanza.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis forma parte del número 2280 de la edición impresa de Proceso, publicado el 12 de julio de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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