Andrés Manuel vs López Obrador

andres manuel contra lopez obrador Mientras Andrés Manuel es un hombre religioso, idealista y justiciero, López Obrador devinó en alguien rijoso, maquiavélico y excluyente

No conozco mujeres u hombres unidimensionales. Los que he tratado u observado son complejos y, en más de un sentido, contradictorios. Me incluyo, desde luego. Todos tenemos facetas de personalidad contrastantes –innatas o adquiridas– y en ciertos momentos de la vida incluso quienes se jactan de ser cabalmente consistentes y congruentes se contradicen o cambian de posturas.

Para los casos extremos el teísmo nos dio a Abraxas como deidad dual, representante de la bondad y la maldad, y la literatura a Stevenson y su Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Ambos son reflejos de la realidad humana. La inteligencia, como sus depositarios, está hecha de matices: solo desde una reducción estulta se puede concebir a una persona ontológicamente uniforme.

Andrés Manuel López Obrador es un creciente ejemplo de esta paradoja. Se trata de un personaje de una notable complejidad que, sin mengua de ello, se expresa en un discurso binario y cada vez más se condensa en acciones de una dualidad asimétrica.

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Andrés Manuel es profundamente religioso, idealista y justiciero, mientras que en López Obrador predominan la rijosidad, el maquiavelismo y el sectarismo excluyente. Esta suerte de bipolaridad es, a juicio mío, el resultado de sus circunstancias y no de su ADN.

El joven de fe e ideales se endureció en la lucha social; el hombre comprometido con los marginados se hizo taimado a golpes de realidad y pragmatismo. El predicador de la república amorosa, en suma, trocó en un presidente vengativo.

Su parteaguas fue 2006. Aunque Andrés Manuel recibió muchos golpes bajos desde los años 90, cuando el aparato del antiguo régimen empezó a echársele encima, fue en su primera elección presidencial cuando resintió el mayor impacto. López Obrador nunca perdonó la campaña sucia que lo paró a la mala, y su resentimiento creció con el tiempo.

Culpó, con razón, a un grupo de políticos y de empresarios con nombres y apellidos, pero poco a poco la lista específica de la mafia del poder se volvió genérica y pródiga en abstracciones: el PRIANRD, el empresariado, el periodo neoliberal. Todos los dirigentes de esos partidos, todos los empresarios, todos los que trabajaron en el gobierno desde 1982 se volvieron culpables.

Con dos salvedades; los cleptócratas del sexenio 2012-2018 se redimieron porque le “permitieron” llegar a la Presidencia, y muchos expriistas y verdes de diversas épocas recibieron un certificado de no antecedentes “venales”. La generosidad de Andrés Manuel se transfirió a López Obrador en otro contexto: en tratándose de consolidar su poder y ejercer su revancha, ha sido generosamente amnésico con muchos de los corruptos que saquearon a México.

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Con todo, creo que sus malquerientes suelen equivocarse en dos cosas. Una es pensar que es un resentido de oficio y la otra es que su discurso de valores cristianos es falso. A mí me consta que antes de 2006, López Obrador no albergaba el rencor que carga ahora, y que todavía hoy Andrés Manuel es sincero cuando habla de perdón y fraternidad en las escasas ocasiones en que no llega a las mañaneras con la espada desenvainada.

El problema es que la llama de su cristianismo es fácilmente apagada por el vendaval de su encono pendenciero. Son las contradicciones a que me refiero al inicio de este texto. Pero no, ninguna de las características de su personalidad ha desaparecido; ahí está su ya tenue vena mística, agazapada, que emerge esporádicamente cuando logra sacudirse las ruinas de sus agravios. Y ahí está su avasallador enojo vivo, presto a sepultar de nuevo su espiritualidad bajo los escombros que su pugnacidad deja en el camino.

Lo trágico del caso es que Andrés Manuel ha sido derrotado por López Obrador. Y todo indica que no es una ventaja pasajera del afán de ajuste de cuentas que hace pagar a justos por pecadores –en pequeños empresarios, en políticos y ciudadanos que discrepan de la 4T sin intereses malsanos de por medio– sino el triunfo definitivo del gobernante movido por la lógica maquiavélica.

Es decir, parece que una parte de su idealismo se impregnó de autocracia pragmática y se aferró a la determinación de apoyar únicamente a los pobres que ingresen a sus padrones asistenciales y la otra se quedó en la retórica religiosa que, esa sí, va y viene.

Sobran indicios de que imperó el razonamiento de dominio puro y duro, el que dice que de nada sirven los buenos deseos sin la fuerza para hacerlos realidad: primero se afianza y mantiene el poder, todo el poder, y luego se hace el bien al pueblo. ¿A qué pueblo? Al verdadero, claro, que es la gente que respalda la 4T.

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Ahora bien, en los últimos días hemos visto señales de un aparente viraje. La elección de los consejeros del INE, ciertas alianzas con particulares, la reforma de pensiones y varios guiños más a la imparcialidad y la inclusión.

Pero por cada llamado de Andrés Manuel a no endurecer el corazón sigue habiendo una serie de retahílas injuriosas de López Obrador que apuntan precisamente al corazón de sus “adversarios”.

Si bien yo sería el primero en celebrar que vinieran más golondrinas para hacer verano, la verdad es que me gana el escepticismo al verlo atrincherado contra la crítica, la autocrítica y la rectificación. Por eso, cuando me preguntan si creo que la empatía y el potencial conciliador de Andrés Manuel podrían hacer el milagro de contrarrestar la obsesión polarizadora y revanchista de López Obrador, mi respuesta siempre es la misma: no perdamos tiempo en conjeturas, emulemos a Santo Tomás.

Este análisis forma parte del número 2284 de la edición impresa de Proceso, publicado el 9 de agosto de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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