Poder y mascarilla

Mascarilla y poder lopez obrador cubrebocas El presidente López Obrador, sin cubrebocas, junto con la élite empresarial del país. Foto: Eduardo Miranda

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Después de varios meses de enfrentar los estragos de la pandemia de covid-19, hay consenso entre los científicos sobre las medidas necesarias para evitar su propagación. Una de las más mencionadas es el uso de mascarilla. La mayoría de los líderes mundiales han aceptado tal evidencia y empezado a usarla en apariciones públicas, dando así ejemplo a la ciudadanía. Sólo algunos líderes se han resistido a ello y hasta han insistido en hacer giras y reuniones multitudinarias, a pesar de recomendaciones en contrario. Al respecto, destacan Donald Trump, Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador, todos ellos catalogados como dirigentes populistas por, entre otras cosas, declararse líderes de un “movimiento” en contacto directo con “el pueblo”, sin mediación de instituciones y opuesto a las élites dominantes.

En el caso del presidente mexicano, uno de los argumentos explicativos sobre su rechazo a usar mascarilla (salvo en contadas excepciones, como cuando viaja en avión) es que no quiere seguir el ejemplo de su archienemigo Felipe Calderón durante la crisis por el virus de influenza A (H1N1). No obstante, puede que haya otras razones, más profundas, que estarían ligadas precisamente a su visión de la política y de su relación con el pueblo.

La cobertura facial encubre el rostro y, por ende, gran parte de la personalidad. Al ocultarse, el líder se vuelve uno más entre los miles de rostros encubiertos que lo rodean y, por tanto, anónimo –y lo anónimo no causa temor ni irradia poder. De manera relacionada, la mascarilla rompe la vinculación privilegiada del líder con el pueblo, al volverse indistinguible del mismo.

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Más aún, el uso de mascarilla –cuyo objetivo es evitar el contagio y la propagación de enfermedad– refleja vulnerabilidad; es decir, constituye una aceptación de la posibilidad de contagiarse y morir. Ello va en contra de la narrativa construida a lo largo de los años por el líder, que lo establece como un héroe, un ser invencible que ha librado múltiples batallas en la política, la cual, para él, es análoga a una guerra entre “buenos” y “malos”. Los políticos que se han definido en el fragor de tantas batallas adquieren un sentido superlativo de su importancia y habilidad. En términos maquiavélicos, han constatado que su astucia política, o virtú, es capaz de sobrellevar cualquier embate de la fortuna.

Las vueltas del azar que deben enfrentar no excluyen a las epidemias. En ‘Masa y poder’, la obra canónica del premio Nobel Elías Canetti sobre la simbología y proyección del poder, el autor dedica un apartado a las epidemias como catalizadoras de la expresión de la masa en su macabra igualdad frente la muerte. Canetti cita extensamente a Tucídides, que conoció la peste en carne propia. El historiador griego notó cómo la epidemia promovió el distanciamiento social. También vio el aura de admiración que rodeó a quienes lograron evitar o superar la enfermedad, llegando a sentirse invulnerables.

Así, en la concepción populista no debe minimizarse el valor que reviste para la imagen del líder enfrentarse a la pandemia sin protección, mientras mantiene constante cercanía con su pueblo. Y es que al hacerlo el líder muestra una vez más uno de los elementos básicos de su caracterización política: la del sobreviviente.

*Analista de riesgo político
@aurreca

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