“Patria grande”: Chi­huahua extraordinaria

El lugar común de todas las áreas de danza del país es programar temporadas de folclor durante septiembre. Ahora con el Bicentenario, razones más o menos justificaban dar foro a decenas de grupos que existen en el territorio nacional y que trabajan, en su mayoría sin cobrar, por lo cual resultan un negocio redondo para los funcionarios culturales, que a estas alturas no tienen ni un peso en sus presupuestos.

Dedicada al maestro Miguel Vélez –cuya muerte pasó prácticamente desapercibida frente al deceso del gran escritor y cronista Carlos Monsiváis–, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) optó por agrandar su proyecto Patria grande e incluir a un buen número de compañías de todo el país en homenaje al gran creador del estilo veracruzano de baile que hoy en día se practica en todo el país.

El acierto más importante, sin dudarlo, fue el de traer a las compañías más importantes de danza folclórica del país, paradójicamente todas ellas universitarias: de Veracruz, Chihuahua y Colima.

Evento superesperado el “mano a mano” entre estas dos últimas, demostró por qué Rafael Zamarripa –su director– sigue siendo el rey de los espectáculos. Inventado o medio inventado, inspirado eso sí en la cultura colimota, el maestro Zama –como se le conoce en el gremio– sabe cómo utilizar el foro y hacer de cualquier elemento todo un show de gran lirismo.

No obstante, lo que en realidad resaltó más de la temporada fue la actuación de la Universidad de Chihuahua. Antonio Rubio, su director, y Socorro Chapa, su codirectora, han mantenido durante 40 años un estilo un tanto informal de mantener a su grupo. Sus bailarines no son audicionados para bailar con ellos, entran hasta los que tienen dos pies izquierdos y aprenden a bailar, pase lo que pase. Además son altos, flacos, gordos, morenos, rubios, jóvenes y viejos.

Son en realidad una compañía que, desde su fundación en 1966, ha logrado que algunos de sus bailarines, como Alfredo Blancarte, de 60 años, sigan vigentes. Y no sólo eso, muchos otros, como Dora Muñoz, Rubén González, Óscar Díaz, Humberto El pitufo y la propia hija de Rubio, Lorena, sigan bailando, a pesar de tener 20 o 30 años ahí, esto en muy pocas compañías del mundo se logra.

Así, aunque el esquema de los grupos folclóricos sea el estereotipo de la uniformidad, aquí es imposible. Resaltan las diferencias físicas y de edad, y se convierten además en “plus” que le da a la puesta en escena una autenticidad que muy pocas veces se logra. Porque en el grupo de Chihuahua los jovencitos se la tienen que “rifar” con los que tienen más experiencia y bailan mejor que ellos.

Al final de la función a teatro lleno y con ovación de pie, Socorro Chapa con su sencillez característica agradeció la oportunidad de bailar de nuevo en un teatro de Bellas Artes y dijo: “Nosotros somos gente de paz, les traemos nuestra danza con todo nuestro cariño. No más violencia en Chihuahua por favor, somos gente de paz y queremos volver a vivir en paz”.  l

 

 

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