“Barro Rojo (1982-2007)”

Según Juan Hernández, autor de Barro Rojo (1982-2007), La izquierda en la danza contemporánea mexicana, esta compañía “ha logrado no sólo permanecer como una voz contundente en el ámbito de la danza en el país, sino mantener viva una ideología que pondera el sueño de la igualdad y la justicia entre los hombres.

“Desde su origen la compañía renunció a la danza como ornamento y se alejó de los modelos predominantes del arte coreográfico, donde lo bonito estaba siempre por encima de las ideas. Caminó a contracorriente con una estética mucho más cercana a las expresiones de la cultura popular y construyó un discurso relacionado siempre con los problemas sociales.”

Ante estas aseveraciones valdría la pena evaluar el trabajo de Barro Rojo a luz de la mirada del autor del libro, así como analizar cómo se define la izquierda dentro de la estética y del arte mismo.

Para Albert Camus, “el que no se rebela, o es un burócrata o un policía. Todo revolucionario termina al ceder el lugar al explotador o al herético”. Para Martín Heidegger, “el arte es precisamente el acto de violencia donde se revela la existencia”.

La llegada de Mijail Gorbachov al poder en la Unión Soviética implicó una serie de cambios ideológicos entre el Este y el Oeste, que significaron no sólo una crisis política y social, sino una reconfiguración estructural, en la que, de forma fundamental, “la ideología” se inscribió en un vasto campo semántico con múltiples sentidos y ambigüedades.

La “militancia” –si es que lo es– dancística que Barro Rojo ha realizado desde sus inicios, no es diferente a la que en su momento realizaron compañías como el Ballet Nacional de México de Guillermina Bravo –quien hizo una gira emblemática por Cuba al poco tiempo del triunfo de su revolución, o la que llevó a cabo en China y en la propia Unión Soviética.

Es más, las pioneras de la danza moderna en México, Waldeen y particularmente Ana Sokolow, orientaron su trabajo; la primera hacia la recuperación de una serie de valores populares y la segunda –apegada a una línea ideológica absolutamente embebida en el movimiento republicano español– hacia el arte como oposición al poder.

Hay que destacar que la virtud de Barro Rojo consiste más bien en una clara orientación, en ciertos casos despolitizada –como bien lo señala Hernández–, para realizar trabajos de denuncia, de acercamiento a comunidades marginales a la danza y a la participación en importantes giras por la Nicaragua sandinista (hoy convertida de nuevo en bastión de los yanquis) como verdaderos promotores culturales. Junto con otros grupos realizaron aquí una labor encomiable durante los sismos de 1985, no sólo bailando sino trabajando para ayudar a las víctimas.

Pero como el propio Hernández apunta, los bailarines del grupo tuvieron eventualmente que buscar formas de subsistencia para sobrevivir a la aceleración de la historia y sus cambios caóticos y vertiginosos que afectaron brutalmente al mundo, y por supuesto a México.

El concepto ideológico de izquierda de principios de los ochenta no tiene nada que ver con el universo político actual, donde las izquierdas y las derechas son a veces lo mismo. Como el propio Fukuyama lo señala, la cultura se manifiesta inmersa en el pesimismo y, sobre todo, en el escepticismo político.

La verdadera importancia de Barro Rojo es que ha logrado sobrevivir al aparato gubernamental, si bien en algunos casos se ha incorporado a él; sin embargo, la compañía dirigida por Laura Rocha sigue teniendo un peso específico dentro de la comunidad artística del país.

 

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