Nace Summa Mexicana con “Sentimientos de la nación”

En el marco de los festejos del Bicentenario del inicio de la Independencia, el Archivo General de la Nación (AGN) editó en marzo el volumen Encuentro con los Sentimientos de la nación, dentro de la Colección Documentos Fundamentales de Nuestra Historia Patria, y se hizo una copia facsimilar del documento original, resguardado en las bóvedas del archivo en el Palacio de Lecumberri.

En un breve ensayo, incluido en la edición, el historiador Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, contó la historia de este documento “fundacional”, que “condensa el ideario de José María Morelos y Pavón”, leído en septiembre de 1813 en la primera sesión del Congreso de Chilpancingo.

Ahora la Dirección de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes lanzará una nueva colección, Summa Mexicana, que dirige Vicente Quirarte, con Sentimientos de la nación, de José María Morelos y Pavón, que en unos días estará en librerías, con prólogo de Felipe Garrido.

Como lo explica ahí el escritor, el volumen se conformó con los documentos tomados de la edición de 1965 preparada por Ernesto Lemoine para la Universidad Nacional Autónoma de México en 1965: Morelos. Su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Se trata de la misma fuente del AGN. Lemoine llamó al documento Manuscrito Cárdenas, dado que perteneció al presidente Lázaro Cárdenas. El 27 de agosto de 1982, la familia Cárdenas lo entregó al AGN.

El siguiente es el primer apartado del prólogo de Felipe Garrido, autorizado para su publicación en este semanario.

 

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Hay hombres que son de una madera especial. Visionarios capaces de vislumbrar la utopía de oponerse con todas sus fuerzas a la injusticia, de arriesgar la vida para dar a otros la libertad. Hay hombres capaces de imaginar una patria y de entregar sus días y sus noches a la tarea de forjarla.

Así fue José María Morelos. Sus enemigos lo acusaban de hereje, blasfemo, sacrílego y traidor. Sus hombres lo veían como a un padre y lo creían dotado de poderes: cuando en el sitio de Cuautla uno de sus indios cayó en manos de los realistas, pidió que si lo ajusticiaban lo llevasen con Morelos para que lo resucitara. Los realistas le decían “el monstruo de Carácuaro”; con la esperanza de que lo fuera, nombraron a un cañón Mata Morelos. Los insurgentes lo hicieron capitán general, su alteza serenísima, generalísimo. Morelos no pidió otro tratamiento que el de siervo de la nación.

Robusto, de corta estatura, marcado por cicatrices, curtido por los ardientes vientos del sur, tocado siempre con un pañuelo –tal vez por los dolores de cabeza que siempre lo aquejaron, tal vez para impedir que el cabello y el sudor le cayeran sobre el rostro–, durante cinco años Morelos fue y vino con su tropa por Huetamo, Zacatula, Tecpan, Acapulco, Petatlán, Tlapa, Coyuca, Huajuapan, Chichihualco, Chilpancingo, la Sabana, Chiautla, Cuautla, Tehuacán… Con su guardia de soldados negros, que mandaba Hermenegildo Galeana, fue y vino de un lado a otro sin cansarse, sin perder la paciencia, sin arredrarse jamás.

Antes, José María Morelos había sido sacerdote, contador, comerciante, transportista, maestro de escuela y de obras, padre al menos de tres hijos. Su primogénito, nacido en 1803, Juan Nepomuceno Almonte, fue a su tiempo personaje destacado en la turbulenta vida política del país.

En 1810, cuando cumplió 45 años, Morelos era un cura de pueblo instalado en Carácuaro y Nocupétaro, preocupado por atender a su grey y por mejorar las condiciones de vida, tanto de sus fieles como las suyas propias. De pronto, una madrugada, con el repicar de una campana muchas leguas distante, en Dolores, todo cambió.

Veinte años antes, en Valladolid, en 1790, Morelos había ingresado en el colegio de San Nicolás, donde Hidalgo era rector. Allí se encontraron y se trataron por algo menos de dos años. No trabaron entonces una relación especialmente estrecha, pero se conocieron lo suficiente para que Morelos supiera quién era Hidalgo. Cuando José María supo que su antiguo rector se había alzado en armas, fue en su busca; lo alcanzó en Charo y lo acompañó a Indaparapeo, donde comieron juntos el 20 de octubre de 1810. El cura de Dolores reconoció en su antiguo alumno la condición de un caudillo: le encargó que levantara en armas el sur y tomara el puerto de Acapulco, una puerta necesaria para mantenerse comunicados con el mundo.

Morelos percibió que, más allá de su devastadora violencia, había en la revuelta un fondo de justicia elemental. Al igual que Hidalgo, creyó en un principio que la Nueva España podía liberarse de las autoridades virreinales y tener un gobierno autónomo que se mantuviera fiel al monarca español. Con el paso del tiempo y la experiencia de la guerra, se atrevió a pensar que el virreinato podía convertirse en una nación independiente y hacerse dueño de su destino. En una carta a Andrés Quintana Roo, describió la patria que quería:

 

Quiero que tenga (la nación) un gobierno dimanado del pueblo y sostenido por el pueblo… Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos; que no es racional, ni humano, ni debido que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado; que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, que lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario…

 

En septiembre de 1813, cuando Morelos se hallaba en el apogeo de su poder, estas ideas encarnaron, con mayor detalle, en un escrito titulado Sentimientos de la nación. Leídos el día en que el Congreso de Chilpancingo comenzó, los Sentimientos siguen inspirando los trabajos de muchos mexicanos empeñados en alcanzar esa patria, dolorosamente distante, que en 200 años de vida independiente no hemos sido capaces de construir y en la cual podríamos ser felices. (AP) l

 

 

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