Las mujeres del alba

(23 de septiembre de 1965. Madera, sierra de Chihuahua)

Relatos de mujeres que presenciaron el ataque guerrillero al cuartel de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, y las consecuentes represalias por parte del Ejército contra los habitantes de la región, son el eje de Las mujeres del alba, el último libro de Carlos Montemayor, colaborador de Proceso, quien falleció el domingo 28 de febrero a raíz de un cáncer fulminante. Esposas, madres, hijas y hermanas de los guerrilleros encabezados por el maestro rural Arturo Gámiz y el doctor Pablo Gómez son protagonistas de esta novela, complemento de Las armas del alba (2003). El dolor de las mujeres por la pérdida de los combatientes y su apoyo incondicional a ellos son algunos de los temas abordados en este libro que el poeta, traductor, ensayista y tenor chihuahuense no alcanzó a presentar. Con autorización de la editorial Random House Mondadori, publicamos algunos testimonios contenidos en la obra, que empezará a circular el segundo semestre del año.

 

Monserrat, la madre

 

“Son ellos”, pensé desde que oí el primer disparo. Sentí que había despertado antes, que lo estaba esperando. En la oscuridad de la habitación me di cuenta que mis hijos se habían incorporado, que permanecían sentados en la cama; adivinaba sus miradas. Oíamos el tiroteo y explosiones, gritos. Por varios momentos sentí que estaba mareada. Se acercó mi hija mayor, Monserrat, y me tomó de las manos. La abracé y acaricié su pelo; un temblor recorría su cuerpo. Mis hijos más pequeños seguían sin moverse, en la cama. Me vestí lo más rápido posible. “Ya pasó lo que iba a pasar”, les dije. “Levántense, mis hijos, porque tenemos que salir, no nos podemos quedar aquí”. Los ayudé a vestirse y luego me ocupé del más pequeño, de Trini, que apenas tenía un año. Me asomé por la ventana; dejé que mis hijos también se acercaran. La gente corría afuera y el tiroteo continuaba a lo lejos. Vi la pista de aterrizaje vacía, sin movimiento, muy cerca de nuestra casa. Pregunté si les daba de comer algo, pero los niños no querían, tenían miedo, no sabían qué pasaba. También a lo lejos sonó el silbato del ferrocarril. Yo sabía que eran ellos. “¿Cuándo habrán llegado?”, me preguntaba. Pero no quería pensar mucho. Salvador, mi marido, me lo había advertido. Debía hacer lo que me había dicho. Dejamos de escuchar los disparos cuando había aclarado la mañana. “Ahora, mis hijos, salgamos”, les dije. Yo llevaba en brazos al más pequeño. Hacía mucho frío. Todo estaba húmedo, porque había llovido. Cuando nos dirigíamos a la casa de mi cuñada Albertina, volvimos a escuchar más disparos. La gente estaba en las calles, mirando hacia los cuarteles. “Atacaron a los soldados”, exclamaban con preocupación. Yo sabía que la lucha era en el cuartel, que ahí tenía que ser. No saludé ni me detuve con nadie; yo iba concentrada en avanzar con mis cinco hijos. Cuando llegamos a la casa de mi cuñada, no me sorprendió verla afuera. La vi a los ojos y entendí lo que ocurría. “Temo que estén ahí mis hermanos Salomón y Salvador”, me dijo. “Claro que están”, pensé yo, pero nada respondí. “Tengo que esconderme, no tardarán en buscarnos”, le dije. Nos llevaron a la troje; estaba llena de paja, maíz, aperos. Nos trajo algo de comida y un pequeño aparato de radio. “Tenía que ser así”, le comenté. “Los hombres piensan que son los únicos que viven y mueren”, respondió con miedo y con resentimiento. “Todos morimos”, le contesté. “Pero unos sufren más”, repitió. “Yo creo que sí, pero no importa ahora”, insistí. “Ellos se van al monte o se mueren, pero tú tienes que esconderte”. Tenía razón, pero había muchas cosas que hacer; no había tiempo para hablar. Si Salvador moría, yo sufriría mucho; si escapaba con vida, sufriría más, él me lo había dicho. Albertina abandonó la troje y cerró la puerta. Mis hijos estaban desconcertados y me miraban. “Enciende el aparato de radio”, le pedí a mi hija mayor. “Enciéndelo para saber qué dicen, para saber qué nos está pasando”.

 

Albertina

 

“Van a matar a mi hermano Salomón. ¿No oyes los disparos?”, insistí, “están atacando el cuartel”. “No entiendo”, contestó mi hija. “Tienes que entender ahora, porque Salomón es de los atacantes. Recé muchas semanas para que esto no ocurriera”. El tiroteo aumentaba por el rumbo de los cuarteles y de los talleres de ferrocarriles. Había explosiones de bombas. Me asomé por la ventana: estaba oscuro, nada podía ver. Salí al corral y a lo lejos vi el espejo quieto y negro de la laguna. Olía a humedad, a lluvia reciente; la tierra en el corral estaba reblandecida, lodosa. Me sentía atrapada por la oscuridad, por el tiroteo y las voces. Quise gritar también, correr hacia la laguna. Sentía la muerte, el presentimiento, la delicada luz del amanecer que no lograría soportar estas cosas. Mi hija mayor quiso tranquilizarme. “Van a matar a Salomón”, repetí. “Hace frío”, dijo mi hija, “entremos a la casa”. “No quiero, no puedo”, repetí. Presentí que iba a llorar, pero me esforcé en permanecer firme. “Deben estar ahí mis hijos Juan Antonio y Lupito”, pensé, “también Salvador. Están ahí mis hermanos y mis hijos, los Gaytán y los Escóbel”. Mi hija temblaba a mi lado; era el frío, el miedo, no sé. Yo estaba mirando el cielo, buscando una grieta de luz, de amanecer. Cerré los ojos un momento, rezando. Cuando los abrí, estaba de nuevo en la casa, con una taza de café caliente en las manos. Mi hija me había puesto una frazada en la espalda y me miraba con los ojos llorosos. “No estoy segura si prefiero que amanezca. Quiero que todo el día siga así, a oscuras”, me dije. “¿Y los otros muchachos, los que no son de aquí? ¿Qué haremos con esas familias?”, murmuró mi hija.

 

Estela, la esposa

 

“¿Quién te llamó, Jolly?”, le pregunté cuando terminó de contestar el teléfono. Aún no amanecía. Eran las seis de la mañana y yo escuchaba que afuera, en la ciudad, caía la llovizna. “Me hablaron del aeropuerto”, me explicó. “¿Quién te llamó?, dime”. “El controlador de vuelos”. “¿Quién?” “Raúl. Está en la Torre de Control”. “¿A dónde vas?” “A la sierra. Los guerrilleros están atacando el cuartel de Madera”. “No vayas”. “Tengo que ir”, me dijo cortante. “Pero no te hablaron del periódico, no tienes que ir”. Yo estaba de pie, asomada a la ventana, como si no estuviera en mi casa y quisiera ver la sierra en la oscuridad. Mi marido se vestía y yo me encaminé a la cocina para calentarle café y pan. Se bebió el café de pie y le dio dos mordidas al pan tostado. “Te preparo dos huevos fritos, Jolly; no puedes irte a la sierra con el estómago vacío”. Dudó un instante. “Dame un huevo crudo con sal”. Se lo di en una taza y lo bebió. Le tendí una manzana. “Llévate esto”, dije. Accedió y guardó la manzana en la bolsa de su abrigo verde. “Pareces militar”, le comenté. Jolly sonrió. Tomó su cámara y llenó con rollos de película fotográfica un maletín. “Llámame cuando llegues a la sierra. O cuando regreses a la ciudad, cuando estés en el periódico”, le pedí. No me contestó. Salió de la casa y no me oyó o no quiso responderme. “No debe pasarle nada”, me dije. “Es un necio, pero no le va a pasar nada”. Me quedé mirando por la ventana, pensando en la sierra, en Ciudad Madera. La oscuridad de la calle me ayudaba a no pensar, a no angustiarme. Miraba por la ventana como si le estuviera preguntando muchas cosas a no sé quién. Tardó mucho en amanecer. Me retiré de la ventana cuando empecé a oír movimiento en la recámara de mis hijos.

 

Albertina

 

No soportaba continuar encerrada en la casa. Quería salir a los cuarteles, comprobar lo que estaba ocurriendo. La gente corría por las calles. Un vecino informó que estaban atacando al cuartel con explosivos. Yo sabía que eran mis hermanos y mis hijos. Muchos soldados acampaban fuera de los cuarteles, al otro lado de la laguna, y quizás ahora avanzaban hacia la guarnición y atacaban desde la ribera. Oí el silbato del ferrocarril cuando el tiroteo aún era intenso. Pensé en enviar un mensaje a mis padres, a mi marido, que estaban en el rancho. Alguien tenía que avisarles. Cuando amaneció por completo cesaron los tiros. Los soldados pasaban corriendo en grupos por las calles, apuntando con las armas; iban persiguiendo a alguien. A lo lejos, bajando por la calle del cerro, distinguí a Monserrat. Venía con sus cinco hijos, los hijos de mi hermano Salvador. A él y a Salomón los han buscado con mayor tesón los soldados y los policías rurales. Tienen miedo de ambos. Pero sobre todo presionan a Monserrat; a mí, a mis padres. Nos arrestan, nos interrogan, nos incomunican, nos amenazan. Ahora ellos aquí están, ahora aquí los tienen cerca.

 

Monserrat, la hija

 

Oímos los disparos y mi mamá dijo: “Ya pasó lo que iba a pasar. Levántense, mis hijos, no podemos quedarnos aquí”. Nos asomamos por la ventana y vimos que la gente salía, asustada. Los soldados corrían por el tiroteo hacia el bosque, hacia Las Lajas, arriba de la pista de aterrizaje, por nuestra casa, por la escuela más grande. Cuando se calmó la balacera oímos que un avión volaba sobre nosotros. Ya habíamos salido de la casa cuando la avioneta aterrizó en la pista. Vimos a lo lejos que varios soldados corrieron hacia la avioneta y la rodearon, apuntando con las armas. Nosotros seguimos caminando, bajando hacia el centro del pueblo, no nos detuvimos. La gente estaba afuera de las casas, mirando hacia los cuarteles, hacia la sierra, hablando con preocupación. Cuando llegamos a la casa de mis tíos, nos escondieron en una troje donde metían la paja, el maíz, herramientas, todo. Ahí nos metió mi tía. Nos escondieron ahí y mi tía nos prestó un radio; me lo entregó a mí, porque yo tengo once años, soy la mayor de mis hermanos. La primera noticia que escuchamos por el radio fue que había muerto mi papá. “Salvador Gaytán”, dijeron. Comencé a llorar, no lo soporté. Mi madre no lloró. Es muy fuerte. Yo quería salir de la troje, con desesperación. Mi madre me ordenó quedarme. “Ninguno de nosotros debe salir de aquí todavía”, me dijo con autoridad. A través de mis lágrimas, vi a mi hermanito Trini dormido sobre unas pacas de forraje. Mi madre se levantó y dio unos pasos. Yo seguía llorando, pero ella no. Eso me dio seguridad y poco a poco me fui sobreponiendo para no llorar, porque mis hermanitos se asustaban y no entendían. Llegó mi tía Albertina a la troje. Cuando abrió la puerta sentí mucho frío; cuando salimos de mi casa no lo había sentido, pero ahora sí. Mi tía le preguntó a mi mamá si había oído la noticia por radio. Mi mamá le dijo que sí. Se abrazaron, pero ninguna lloró. “Estos niños tienen que comer algo”, dijo mi tía. “Que vengan a la casa, ya preparamos desayuno”. Yo no sentía hambre, no quería comer. Mi mamá se quedó en la troje con mi hermanito Trini, que seguía dormido, envuelto en un cobertor, en un montoncito de paja; mi hermanito era muy pequeño. Como yo no tenía hambre, me quedé ahí, a acompañar a mi mamá.

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