Lo que 2009 dejó (I)

Tres muertes marcan, determinan, el fin de eras grandiosas: Pina Bausch, Michael Jackson y Merce Cunningham. Los tres lograron por diversos medios impactar de forma contundente e incuestionable al mundo de la danza. Su ausencia deja en orfandad a millones de bailarines que encontraron en estos tres controversiales artistas la inspiración para dedicarse a la danza.

Feroz en su necesidad de evidenciar los sótanos de una sociedad burguesa pútrida y decadente, Pina Bausch (1940) –máxima figura de la danza teatro alemán– ponía sobre el foro la miseria de la agresión intersexual, la vulnerabilidad del amor, e ironizaba al ballet presentándolo como un arte refinado sostenido en un virtuosismo circense banal e intrascendente. Basta recordar a Dominique Mercy ataviado con un vestido de mujer y gritándole al público: “qué quieres, ¿veinte pirouettes?, te las hago, que más quieres para divertirte, ¿un grand jeté?, te lo hago”, mientras efectuaba los movimientos respectivos en Claveles.

Su indagación profunda en los sentimientos de sus propios intérpretes le eran fundamentales para contrariar y violentar al público, que lo mismo la despreciaba que la veneraba y al que de alguna forma obligaba a participar rompiendo siempre la cuarta pared. Al paso del tiempo, su necesidad creativa se orientó a propuestas más suaves, más sutiles para contrarrestar un mundo caótico donde parecía que la única forma de ser contestatario era a través de la belleza y el amor.

En unos días se estrenará su último espectáculo –el cual no logró perfeccionar a causa de un cáncer fulminante que la devoró en unos cuantos días– en la ciudad de Santiago de Chile, lugar de nacimiento de su esposo. El Pina Bausch Taztheater Wuppertal resguardará la obra de la artista y mantendrá todos los compromisos adquiridos previamente.

Michael Jackson (1958) logró convertirse en el performer enarbolado por Jerzy Grotowsky. Actuaba, cantaba, componía y sobre todo bailaba con tal maestría que hacia sentir complicadísimas secuencias de movimiento como algo sencillo de interpretar. Interesado en la televisión y posteriormente en el cine, introdujo al mundo de los medios el concepto del “video con argumento”, una especie de mini musical heredero de la tradición hollywoodense de los años cuarenta, cincuenta y sesenta.

Con Beat it (1982) y Thriller (1982) la dramaturgia se incorporó de forma definitiva al mundo del video musical y lo encumbró además a él como el bailarín más admirado por millones de jovencitos que veían –y ven– en su forma de bailar un modelo a seguir.

Una de sus máximas aportaciones puede apreciarse en el corto Ghost, hecho al alimón con Stephen King, estrenado en Cannes, donde puede apreciarse cómo el artista que se inició con sencillas secuencias a lo Motown había evolucionado a tal grado que utilizaba abiertamente conceptos de la danza contemporánea y el jazz para las coreografías diseñadas por él mismo. Unísonos, el canon, acrobacia y toda suerte de recursos dancísticos eran ya parte de su vocabulario personal.

Aún en su documental This is it, un Jackson bizarro en sus facciones exhibe tesituras de movimientos precisas y perfectas que lo muestran dueño y consciente de su cuerpo y de la proyección de la que era capaz. Su descomunal sentido de la escena fue coherente con su retorcido modus vivendi.

Merce Cunningham (1919) aportó conceptos únicos e irrepetibles para el desarrollo de la danza actual. Para Cunningham lo importante era lo que se veía, sin mensajes, sin anécdotas, la acción en sí misma y el cuerpo como un reto. Su capacidad de intervenir aleatoriamente en la escena a través de los cuerpos, la música y la luz resultaba en escenas que en ocasiones ni él mismo concebía factibles de lograr.

En sus primeros años, pobre pero acompañado de artistas de la talla del músico John Cage y del plástico Bob Rauschenberg, creaba danzas a través de las combinaciones del I Ching y producía montajes en los cuales ni los bailarines conocían la partitura original con la que iban a bailar en función. Juegos de luz, atmósferas improvisadas con gran agudeza generaban experimentos extraordinarios.

El público siempre permaneció atónito frente a la vanguardia de su pensamiento, el cual mantuvo hasta el final de sus días sumido en una silla de ruedas a causa de la artritis, pero con una computadora en mano y una serie de programas que el mismo concibió para hacer danza.

De sus espectáculos de finales de los noventa destaca Biped, una magistral muestra de danza humana compartida con la de enormes formas virtuales. Previsor y sensato, Cunningham tenía todo arreglado para un vanguardista homenaje post mortem en el Park Avenue Armory, un alternativo espacio de su amada New York; además arregló todos los compromisos para presentaciones que se harían por última vez de ciertas obras suyas y dejó un invaluable archivo para que aquellos que nunca lo vieron en vivo pudieran al menos conocer un poco de su enorme contribución al arte mundial. (Continuará)

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