El Haití de Papa Doc

En 1964, siete años después de llegar al poder en Haití, François Duvalier, Papa Doc, se autoproclamó presidente vitalicio y, avalado por una Asamblea Nacional compuesta por diputados que él mismo nombró, consolidó su reinado de terror hasta su muerte, en 1971. Heredó el trono a su hijo Jean Claude, quien lo abandonó en 1986, expulsado por el pueblo, agotada ya la dinastía duvalierista. En marzo de 1967, Julio Scherer García viajó a Puerto Príncipe como 
enviado del diario Excélsior para entrevistar a ese líder que decía sacrificarse por su pueblo. Proceso reproduce partes sustantivas de aquel texto, en el que el autor reflejó el contraste entre 
el discurso megalomaniaco y la pobreza en que sumió al pueblo que decía defender y que hoy sobrevive inmerso en la tragedia.

 

PUERTO PRÍNCIPE.– Rodeado de miseria en una de las bahías más hermosas del Caribe, el único presidente vitalicio del continente, François Duvalier, declaró esta tarde que los Estados Unidos deben evitar los errores de los antiguos romanos y tener en cuenta a los pueblos que los rodean para no exponerse al mismo final del imperio.

Guía espiritual de la república haitiana por decisión de la asamblea legislativa, apóstol y líder por tiempo ilimitado, habló para Excélsior en términos que aún para Iberoamérica resultan difícilmente comprensibles. No hay en Haití asunto importante del que no se encargue su augusta persona. En el proceso revolucionario “tiene derecho a existir”, se debe a que él es el proceso revolucionario, y si aceptó la presidencia vitalicia es necesario ver que a esta decisión lo condujo la “decisión inquebrantable” de su pueblo.

Fueron rotundas las preguntas y respuestas que se sucedieron en el despacho presidencial, presente el secretario y el subsecretario de Relaciones Exteriores y vuelto estatua el subjefe del protocolo, todos vestidos de negro en un día de sol radiante y 30 grados centígrados de temperatura.

He aquí una parte del diálogo con el Jefe de Gobierno:

–¿Qué entiende usted por democracia?

–Cada civilización o cada pueblo tiene su manera de concebir la democracia, en función de sus costumbres y tradiciones. La democracia haitiana no es la democracia alemana ni la democracia italiana ni la democracia de los Estados Unidos. En Haití tenemos nuestras fórmulas peculiares, como las tienen los países que creen y practican la democracia. Yo soy (el) octavo presidente vitalicio y el gran sueño de mi vida es fundar “La Nueva Haití”.

–¿Por qué es Haití uno de los pueblos más atrasados del continente?

–¿Por qué la masa india de América del Sur y de América Central –pregunta a su vez el presidente–, se encuentra en un estado tan cercano a la barbarie? ¿Sabía usted que en el Amazonas hay tribus que confunden a los aviones con gigantescos pájaros plateados y en cuanto los ven les disparan sus flechas envenenadas?

–¿Por qué no es usted emperador, como se lo han pedido varias veces?

–Porque hay una Asamblea Legislativa y la división de poderes propia del estado moderno.

–¿Entonces no existe en Haití el mando universal, a pesar de que usted es “líder indiscutible de la revolución, apóstol de la unidad nacional, digno heredero de la nación haitiana, renovador de la patria, jefe de la comunidad nacional por tiempo ilimitado y presidente vitalicio, según rezan los artículos 1969/197 de la constitución Haitiana?

–“Por supuesto que no”.

(…)

 

La epopeya haitiana

 

–¿Es usted hombre de derecha, de izquierda o del centro?

–Si tenemos que considerar mis discursos y mensajes, los libros que yo he escrito desde 1925, es muy fácil definir las características de mi personalidad. He repetido siempre que mi doctrina se encuentra en las páginas de la historia nacional. Esas páginas son suficientemente elocuentes, puesto que nosotros hemos hecho una bella historia, una de las más emocionantes del mundo.

“Me refiero a la epopeya haitiana, a la trasplantación de una raza de hombres de un continente a otro, lo que nunca antes había ocurrido. Ese grupo transplantado de África a América en las peores condiciones biológicas, pudo realizar una aventura de la que me enorgullezco. Como usted sabe, culminó en 1804, cuando Haití conquistó su independencia.

“Yo me quedo con la línea de los próceres, con los fundadores de la patria. A esa línea pertenezco, no sólo como doctrinario, sino como hombre de Estado. Es por esto que no creo indicado que pudiera decir si soy de la derecha, de la izquierda o del centro, puesto que nuestra colectividad preexistió a las doctrinas de estos tiempos”.

(…)

Las persianas cerradas como si la noche hubiera descendido sobre la ciudad, impiden que la luz entre a raudales en la oficina presidencial. El ambiente tiene algo de opresivo entre estas cuatro paredes donde François Duvalier se hace oír como un oráculo por sus consejeros en relaciones exteriores. Los trajes negros, las gruesas sombras, los rostros oscuros, tensos, y sólo de vez en cuando los labios de “Papa Doc” que se distienden sin que por ello se afloje la rigidez del rostro, hacen viva una sensación de incomodidad que va en aumento.

A doscientos metros, las casuchas más increíbles se alinean en el muelle. Es difícil imaginar un mayor grado de miseria. Cuando a orillas del mar hombres y mujeres han de lavar sus harapos y aun sus manos y brazos en el agua estancada de las callejuelas –un agua verde esmeralda, casi sólida– se ha llegado a un extremo.

Los mendigos forman enjambres. Las miradas inexpresivas, los cuerpos lánguidos, indolentes, confirman el cántico que acompaña al visitante desde el momento en que llega a Puerto Príncipe: “Déme algo… no he comido… Llevo dos días”.

Ese es el pueblo. En los patios de Palacio Nacional, tres tanques son visibles para todos. Y para los moradores del edificio, ametralladoras en pie disfrazadas entre la hierba y mal cubiertas por gruesas lonas de tela verde… La presidencia vitalicia y el PRI.

–¿No le inquieta el hecho de que prácticamente todas las naciones se inclinen por el cambio periódico de sus mandatarios y eviten el ejercicio del mando por tiempo indefinido?

–(…) Yo había dicho después de las elecciones de 1957 que hacía el sacrificio de mi vida a la nación. Yo no soy solamente presidente de la república, sino un líder que se sacrifica por su pueblo, un hombre que trabaja sin descanso hasta las tres de la madrugada. Yo no llegué a este puesto como político, sino como un intelectual con los libros y sus escritos bajo el brazo.

Ese intelectual, sabe lo que hace, porque es un doctrinario. Del mismo modo que Franklin D. Roosevelt se quedó en el poder por mandato del pueblo norteamericano y habría seguido en él de no haber mediado su muerte, el doctor Duvalier se mantiene en el cargo.

 

Alabanzas y vituperios a Duvalier

 

Un documento asombroso en sus términos constituye el articulado de la Constitución haitiana, que consagra al doctor François Duvalier presidente vitalicio y hace de él un hombre que empequeñece a cualquier gobernante.

Afirma que ha creado la paz, garantizado el orden, redimido a los campesinos, alfabetizado a las masas, llevado luz y bienestar a los humildes, etcétera.

Pero entre la loa sin freno y la acusación sin límite no media sino una corta distancia, como lo confirma la denuncia que de su régimen ha hecho, en nueva instancia, la Comisión Internacional de Juristas.

Es absolutamente falso –dice–, que “el gobierno del presidente Duvalier haya llevado a cabo las realizaciones que se le atribuyen, pues hoy más que nunca Haití está sumido en la miseria, la ignorancia y la injusticia social”.

Por si no bastara, agrega:

“Haití es país miembro de la Organización de Estados Americanos, entre cuyos principios fundamentales figura el origen representativo de los gobiernos y la renovación periódica de sus titulares. Si bien hay que reconocer que dichos principios han sido violados con harta frecuencia en el Continente Americano, es la primera vez en su historia que se sienta el precedente de la consagración constitucional, expresa, de violar esos principios.

La alabanza y la condena alrededor del médico rural de 58 años se trenzan de esta manera:

Si la Constitución haitiana habla de orden, la Comisión de Juristas habla de masacres. Si la Constitución señala que hay paz, la Comisión sostiene que la seguridad pública depende de decisiones arbitrarias.

Si la Constitución dice que hay tutelaje para las masas trabajadoras, la Comisión denuncia ejecuciones sumarias de campesinos.

Los juristas dicen en su estudio, terminado el año pasado y naturalmente desconocido en Haití:

“Las masacres en el pueblo de Jeremie y en el municipio de Grand-Gosier, donde familias enteras fueron eliminadas como represalia a la entrada subrepticia de un puñado de insurgentes en agosto de 1964. Las constantes exaccciones perpetradas por la policía personal del presidente en todo el territorio; las ejecuciones sumarias a campesinos en las comarcas de Saltrou, Grand-Gosier, Anse-a-Pitre, la detención de todas las personas entre 17 y 25 años en Jacmel, como consecuencia de otro movimiento de insurgentes a mediados de 1964, y tantos otros hechos que atentan directamente contra la libertad y la dignidad de los ciudadanos, son muestras de las siniestras actividades de los ‘tontonts macoutes’, policía política secreta, gracias a los cuales la seguridad de los haitianos depende de las decisiones arbitrarias del doctor Duvalier.

(…)

 

Duvalier y la divinidad

 

Frente a la Comisión Internacional de Juristas se yergue la asamblea legislativa de Haití. No hay mejor hombre que Duvalier ni puede concebirse gobernante más completo.

El increíble documento en el que la Constitución consagra al presidente elogios sin medida es, en sí mismo, un retrato de la situación política haitiana. Helo aquí en su artículo 196:

“… Por haber provocado por primera vez desde 1804 una toma de conciencia nacional a través de un cambio radical desde el punto de vista económico, social, cultural, religioso y político en Haití, el ciudadano François Duvalier, Jefe Supremo de la Nación, es elegido presidente vitalicio con el fin de asegurar las conquistas y la permanencia de la revolución duvalierista bajo el estandarte de la unidad nacional”.

En cuanto al artículo 197, dice:

“Por haber:

“A través de una oportuna reorganización de las fuerzas armadas, asegurado el orden y la paz, gravemente amenazados después de los trágicos sucesos de 1957 (cuando se produjo un levantamiento).

“Hecho posible y realizado la reconciliación de las facciones políticas violentamente opuestas con motivo de la caída del régimen de 1950.

“Sentado las bases de la prosperidad nacional por medio de la promoción de la agricultura y la industrialización progresiva del país, facilitadas por el establecimiento de grandes obras y trabajos de infraestructura.

(…) El ciudadano doctor François Duvalier, elegido presidente de la República, ejercerá vitaliciamente sus altas funciones, siguiendo las disposiciones del artículo 92 de la presente constitución…

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