“Migrantes errantes”

Vecinos de un mundo que se antoja inalcanzable, los mexicanos vivimos separados de los estadunidenses por un muro interminable, un desierto asesino y un río imposible de vadear sin recibir un tiro.

Además hay que exponerse a lo inimaginable: violaciones, robos, asesinatos, y ser parte de un grupo de víctimas que terminan abandonados a su suerte y muertos en un camión cuya única ruta siempre fue la muerte. Eso si no aparecen los cazadores de “beaners” que juegan a sentirse patriotas asesinando a mansalva a los pobres que cruzan por su mira.

Migrantes errantes es el último proyecto de Alicia Sánchez que busca conducir a un grupo de personas al universo de los espaldas mojadas, esos pobres y valientes que intentan día a día hacerse de otra vida en el imperio más poderoso que ha existido en la historia de la humanidad.

Escenificado en el llamado Trolebús Escénico que se encuentra ubicado en la esquina de Sonora y el Parque México, el espectáculo inicia con la clara advertencia de que “el viaje es muy difícil, hay que llevar agua y mucha fuerza de voluntad porque no todos logran llegar”. Uno se apunta en una lista, le entregan un paliacate y un bidón con agua. Y las expectativas crecen.

Arranca entonces el periplo de un montaje escénico-dancístico que, si bien es un punto a favor de Sánchez por su decisión de arriesgarse a hacer algo totalmente diferente a sus anteriores creaciones, tiene enormes vacíos que impiden que una situación tan brutal como la de entrar a la convención de ser un mojado se cumpla.

Por ejemplo, en un viaje en un camión pollero hace falta la sensación de movimiento, de vaivén, del resonar de un espantoso motor que no deja de bufar. Pero ni el trolebús se mueve ni se percibe la sensación de movimiento: no hay viaje.

El montaje de Alicia Sánchez está soportado por el efecto, por el estereotipo y, lo peor, por el melodrama. Nadie que conozca el norte del país o que haya estado en verdad de cerca de un “pollero” norteño es como el personaje líder de Migrantes errantes. La identidad está más allá de la hebilla gigantesca y la bota picuda. El norte de México es otro país.

Lo mismo pasa con los migrantes. Largas retóricas –con mal trabajo de voz– tratan de darle sentido a los personajes, a sus anécdotas, a su miseria y a sus contradicciones.

La parte del movimiento escénico es interesante por lo pequeño del espacio, pero el contact es un estilo de movimiento coreográfico muy gastado, ya que no tiene mayores posibilidades que el de ser eco de lo que miles de grupos de danza del mundo han hecho ya.

Y por último: El final predecible no conmueve ni induce a la reflexión, sólo se queda como una imagen un tanto forzada que no agrega nada a un tema tan escabroso como es el de las migraciones..

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