Tacet mulier

“No existen compositoras, nunca las ha habido y probablemente nunca las habrá”, fue la arrobadora afirmación del director de orquesta inglés Thomas Beecham (1879-1961) al ser interrogado en cuanto a su negativa para incluir obras escritas por mujeres en sus conciertos
El desatino de la frase no debería extrañarnos, pues es un vivo ejemplo del androcentrismo que nos ha retratado, desde los albores de la convivencia, como sociedades en pugna perenne consigo mismas ¿Por qué habría de extrañarnos, si lo extraño sería que nos extrañara? Pertenece al rosario de injurias que recibe aún el imbecillior sexus, así definido por la Iglesia católica, al querer ingresar a un ámbito que la inseguridad masculina reclama como suyo
Bien lo había puntualizado la compositora Dame Ethel Smyth (Proceso 1642): “Todo se remonta al jardín del edén, cuando Eva se atrevió a soplarle a una caña hueca y Adán, corroído de envidia por el descubrimiento, exigió que la advenediza recién llegada cesara de producir ese sonido, diciéndole que era horrible Además, si alguien podía adjudicarse los derechos sobre el espacio acústico del paraíso terrenal tenía que ser su morador originario”1
Lo que debería llamarnos la atención es que el condecorado Beecham, quien fundó las orquestas Royal y London Philharmonic, se promoviera como un “campeón” de la música que aún no recibía el debido reconocimiento y como un hombre culto Efectivamente, sir Thomas fue un adalid para muchos de sus contemporáneos –Delius, Barber, R Strauss y Sibelius, entre otros–, pero a todas luces se quedó atorado en los preceptos universales de la misoginia que proclaman, entre tantas zarandajas, que la diferencia de tamaño entre los cerebros masculino y femenino es la causa de sus limitaciones intelectuales y que éstas, ya reducidas desde su configuración original, han de sufrir una mengua ulterior gracias a la maternidad…
Antes de que algún defensor de sir Thomas aduzca que la frase en cuestión fue pronunciada en estado de ebriedad y que, por ende, no debería leerse en sentido estricto –en su visita a México como director huésped de la Sinfónica Nacional hubo necesidad de sacarlo a rastras del bar del hotel Del Prado, mientras el público asistente al teatro de las Bellas Artes llevaba un largo rato en espera de que el concierto diera inicio–, habría que recordarle que en pleno ensayo de orquesta el flemático personaje, en ese momento sobrio, amonestó a voz en cuello a una chelista en los siguientes términos: “Señorita, el instrumento que tiene usted entre las piernas es para darle placer a millares y lo único que usted está haciendo es rascar(se)lo…”2
Soslayemos las burdas “ocurrencias” de un vocero de la cuestionable supremacía viril para traer al presente a un par de compositoras salidas de la nada o, mejor dicho, de aquellas que “no existieron” Acercarnos a su música es una manera de rendirles un tributo compensatorio por las adversidades que les deparó su condición femenina Labor que nos compete a todos pues, dicho sea de paso, es imposible etiquetar a la música por sexos; en ella se integran las virtudes –o defectos– de la pareja humana y es pertinente escucharla por sus cualidades intrínsecas, no por su procedencia genérica Cabe decir que las circunstancias en que transcurrieron las vidas de ambas son disímbolas pero complementarias a la vez, derivan del entramado que orquestan los ubicuos testaferros de Adán para arrogarse los derechos de usufructo sobre el paisaje sonoro de la historia
María Guadalupe Tomasa Olmedo nace en Toluca en 1854 en el seno de una familia que, extrañamente, estaba de acuerdo en que su hija se dedicara a la música; en cambio, la francesa Mélanie Domange (Bonis) ve la luz en París en 1858, siendo hija de un matrimonio pequeño burgués que hizo todo lo que estuvo a su alcance para impedir que la niña tuviera acceso al arte sonoro Guadalupe recibe desde temprana edad instrucción musical Mélanie obtiene castigos cuando intenta sacar de oído alguna melodía en el piano Los toluqueños buscan al maestro más prominente para que se encargue de la educación formal de su criatura, encomienda que recae en el afamado Melesio Morales (1838-1908), quien laboraba para el entonces Conservatorio de la Sociedad Filarmónica Los parisinos son obligados por un amigo de casa a disminuir sus prohibiciones de manera que la infanta Melanie pueda ser presentada ante el maestro César Franck, quien al catar las dotes de la candidata, la admite de inmediato en el Conservatoire National de Musique de París
Las dos dan pruebas fehacientes de dotes compositivas, recibiendo encomios de sus preceptores Ambas estudian a profundidad el método de Antonin Reicha, maestro de Liszt y Berlioz La joven mexicana ha de viajar hasta la Ciudad de los Palacios para recibir lecciones particulares en casa del maestro Morales, donde tienen lugar algunas primicias de sus creaciones; la joven francesa no pierde tiempo en traslados, pero no son bienvenidos los estrenos de sus obras en su propio hogar y ha de hacerlos en las aulas del conservatorio, a los que asisten sus compañeros de clase, entre los que se apunta Claude Debussy
Lupita ejerce sus encantos sobre la viudez de Melesio, sin saber que ahí estará el germen de su condena artística Petit Mélanie se enamora de su condiscípulo Amedeé Hettich, a sabiendas de que sus padres habrán de reprobarlo por ser cantante y poeta No imagina en las que se está metiendo
La pianista Olmedo sustenta con gran éxito sus exámenes en el conservatorio como alumna particular del filarmónico Morales; la pianista Bonis ya no puede considerarse como tal porque sus padres la sacan del conservatorio para casarla con el industrial Albert Domange, quien lleva dos viudeces al hilo y tiene cinco hijos
Antes de contraer nupcias con don Melesio, Lupe escribe las que serán sus últimas composiciones Destaca su cuarteto de cuerdas que, acorde con los documentos, es la primera obra en su tipo compuesta en México3 Del matrimonio Morales-Olmedo ignoramos todo, pero suponemos mucho: para nuestra prometedora compatriota la vida conyugal significa la tumba Su muerte acaece en 1889 en total anonimato
Una vez casada con monsieur Domange, Mélanie debe hacerse cargo de la crianza de tres hijos más, con los que se vuelven ocho en total La música se evapora de su vida El apostolado materno dura muchos años, hasta el reencuentro con su antiguo enamorado Hettich, quien la reconcilia con su talento Liberada de la tiranía conyugal merced a la muerte de su marido, Mélanie puede dedicarse a la composición con renovado ímpetu; de su pluma brotan sonatas, canciones, amén de obra sinfónica y camerística4 Muere en 1937, consciente de haber llevado a plenitud sus capacidades intelectuales
¿A qué hora vamos a replantear a fondo la disposición paolina que vetó las voces femeninas para revertir sus incuantificables consecuencias? ¿No es evidente todo lo que perdemos? l
1 Frase glosada por el autor del presente texto De la feminista inglesa se recomienda la audición de su quinteto para dos chelos en Mi mayor op 1, compuesto en 1884; aunque la obra respeta los moldes clásicos, trasluce una búsqueda de independencia formal que es reflejo del carácter de su progenitora Para empezar, Smyth doblegó la voluntad paterna que proscribía a la música como carrera apta para mujeres, poniéndose en huelga de hambre Es notable la afortunada mezcla de lirismo e impetuosidad rítmica que permea los cinco movimientos de su quinteto
2 Scratch it en la cita original
3 Para certificar nuestro nacionalismo hay que decir que los primeros en interesarse por esta obra de innegable relevancia histórica fueron rusos y estadunidenses
4 Se aconseja la audición de su Soir Matin op 76 para violín, chelo y piano Su belleza melódica está por encima de los epítetos obligados: “No está nada mal para haber sido escrita por una mujer”

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