“Rondó”

Noté su presencia en el ocaso de una primavera incierta A simple vista, parecía una mariposa negra, de las que dicen que portan malos augurios, pero al enfocar mejor a la figura que se posaba sobre el laurel de la terraza, percibí que tenía pico y que éste era largo y afilado Viéndola, saboreé algo extraño, como una campanada de amanecer dentro de mis penumbras cotidianas
Lo primero que pensé fue que le gustaban los sonidos del violín y que se había concedido un momento de reposo, empero su actitud no era de descanso casual, sino de elección deliberada Lo comprobé con el pasar de los días: la misma rama era ocupada al filo del anochecer por esa criaturilla que, según los aztecas, era el huitzitzilin, que reencarnaba al guerrero perecido en las guerras floridas
Era un deleite contemplarla en su pequeña magnificencia Con el agitado batir de sus alas, mis fantasmas se ahuyentaban Su vuelo era tan prodigioso como una catarata inmóvil y las refracciones de la luz sobre su plumaje semejaban el arcoiris de un jardín en miniatura ¡Qué extrañeza para los primeros conquistadores, dueños de la verdad y enemigos de la duda, toparse con este pajarito, morador exclusivo del continente americano!
Muy pronto nos acostumbramos el uno al otro, ya que mis movimientos dejaron de atemorizarlo y yo podía, finalmente, disponer de mi atención para hacer otras cosas Era muy bello, después de quitarle la vista unos instantes, levantarla de nuevo y encontrarlo ahí, posado y sugerente, en vilo entre la aparición y la nada
No recuerdo cuántas tardes compartimos entre las escalas de mi práctica musical y su silencio cómplice, hasta que una frase tocada por azar suscitó sus trinos, si así se les podía llamar, como los besos al viento de un ser plenamente feliz con su existencia Repetí la misma frase del Rondó que Franz Schubert compusiera en 1816 para Fernando, su hermano violinista, y observé cómo el colibrí, además de abandonar su mutismo habitual, se levantaba en una suerte de danza llena de ímpetu y elegancia 1
¡Qué afortunado soy!, me dije, es un regalo que la vida me ofrece por quién sabe cuál buena acción Motivar el vuelo de un ser tan mirífico es algo digno de recuerdo; recordis, sabia etimología que sitúa al corazón como pasaje obligado de la memoria Si bien el Rondó me traía muchos recuerdos gratos, me intrigaba esta inesperada reacción en un ave Quería volver a tocar el tema, pero temía que se deshiciera el hechizo y el animalito no respondiera a lo que yo elucubraba; sin embargo, al reiniciar con titubeo, volvió con sus aleteos frenéticos en vuelos de perfecta sincronía con las notas Al envolver nuestros encuentros, la oscuridad cerraba los espejos que reflejaban ese espectáculo íntimo el cual se volvería una obsesión para el resto de la vida
Las semanas fueron días, las horas fueron minutos dentro de esa quimera que llamamos tiempo El colibrí, a quien yo llamaba Bambinito, era puntual Nuestras citas eran sacras, así como mis tardes de ausencia una traición injustificable Poco a poco una desazón comenzó a manifestarse puesto que ignoraba qué tan longevo podía ser con relación al ser humano La única certeza: cada tarde compartida significaba una menos para ambos El sortilegio musical con el Rondó de Schubert era nuestro inviolable secreto; sólo en dos ocasiones había yo roto el cerrojo de nuestro pacto Dudas pueriles quisieron volver a poner a prueba lo que se me antojaba ficticio, pero, como una lección suprema, el pajarito danzó inmutablemente con los acentos rítmicos de las frases de nuestro Rondó Era nuestro, no podía yo dudarlo, desde siempre y para siempre
La idea infausta de que ya no apareciera me atemorizaba cada día más Una tarde de julio, presidida por un sol plomizo, fue la elegida para lo que yo concebía como un mal sueño De sobra sabía que la vida implica irremediablemente a la muerte, pero estaba también seguro que sería algo irrepetible Esperé en vano toda la tarde, hasta que el crepúsculo me confirmó el presagio Como un adiós solemne volví a tocar el tema del Rondó logrando un tono melancólico para esas notas desbordantes de vitalidad infantil Esa noche concilié el sueño con una tristeza infinita; en la duermevela entreveía a Bambinito entrar y salir a través de las efes de mi violín bajo el resplandor de la luna Parecía que su nido ya no era un enigma y que el interior de madera hueca se había convertido en su guarida predilecta Al despertar, como de costumbre, los sueños volvieron al reino de lo inaferrable y el olvido
Pasaron muchos años y el compañero de mi devenir siguió siendo el viejo violín heredado de mi abuelo Con el paso del tiempo los violines no pierden la frescura de su voz y sus dueños son meros custodios temporales Me había preguntado cuántos violinistas a lo largo de los siglos habían hecho vibrar sus cuerdas amalgamando a la vez su alma con la del instrumento Hermosa analogía de llamarle alma a esa varita de madera que es la principal responsable de su magia sonora; está ahí dentro y pone en magistral vibración las dos caras del cuerpo del violín, pero no se ve, más que observando el interior Se me ocurrió en aquella época que el secreto del alma humana no era más que eso, el nexo invisible que mantiene en equilibrio nuestros dos aspectos en perenne antagonismo, es decir, el espíritu contra la razón
Aunque la vida pase, la música nos sobrevive y el Rondó de Schubert me siguió regalando fulgurantes dichas cada vez que lo tocaba El recuerdo del colibrí era indisoluble con el efecto anímico que me provocaba la obra Una noche, al regreso de una gira por países remotos, abrí el estuche del violín y me percaté con espanto que el mango del instrumento se había despegado de raíz rajándole el vientre El clima extremoso seguramente había aflojado la cola que sirve de pegamento y la enorme presión de las cuerdas había completado el desastre En las primeras horas del día siguiente, localicé al laudero para llevárselo Al dirigirme hacia su taller la pregunta de rigor me taladraba la conciencia: ¿Tendrá reparación?
Abandoné las conjeturas en las diestras manos del artesano El diagnóstico no fue muy alentador, mas mi confianza era absoluta Volvería por él en un par de semanas y me estaría enterando periódicamente de su evolución Esa compostura equivalía a una cirugía de corazón abierto en un individuo, con la diferencia de que la madera del violín tenía alrededor de 200 años de estar en funcionamiento Esa misma tarde encontré un mensaje telefónico con voz agitada: favor de comunicarse de inmediato, ya que después de abrir el instrumento se despegó una etiqueta apócrifa que ocultaba otra increíblemente peculiar
Me encaminé con el corazón y el estómago en disputa En el trayecto, no me pude abstener de fantasear con el descubrimiento Tal vez yo era poseedor de un violín de autor famoso, en cuyo pedigrí podrían figurar renombrados virtuosos Recordé a Paganini, quien durante sus viajes tuvo a su disposición cientos de instrumentos Las especulaciones cesaron al estar frente al violín despanzurrado La etiqueta original decía lo siguiente: Año 1808 Hecho en Neudorf por Jerónimo Waldenstern para Fernando Schubert 2
(Coda: Una vez revelados los misterios de la historia, logré situarme en la corriente de mi tiempo para valorar la belleza de lo efímero Mi violín pasará a otras manos y solamente los colibríes seguirán bailando, suspendidos por el infinito, el eterno Rondó) l
1 Se sugiere la audición del Rondó para violín y orquesta en La mayor D 438
2 Neudorf, pequeña ciudad de la antigua Moravia, de donde era originaria la familia Schubert Del misterioso constructor de violines no figura ningún dato en la historia de la laudería Por una extraña coincidencia, el apellido Waldenstern significa “estrella del bosque”, que es otro nombre con el que los anglosajones denominan al colibrí

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