Beatriz Sheridan: sacerdotisa del teatro

Este texto fue escrito especialmente para Proceso por el crítico de danza, en memoria de una de las más grandes actrices mexicanas, fallecida el 30 de abril a los 72 años
Cuando muere una actriz de teatro o una bailarina, la primera sensación de aquellos que la miramos y sentimos actuar en el escenario es auténticamente física: acude al recuerdo, con ímpetu, una especie de arrebato biológico semejante a un accidente sufrido por nuestro propio cuerpo, en circunstancias de tensión y concentración mental y muscular
Pero cuando se ha conocido, observado, amado, registrado simultáneamente actuaciones y vida cotidiana, la muerte de una gran actriz se re-conoce sublimación, una especie de transfiguración que concentra ingredientes a la vez vitales, físicos, intelectuales, privados y públicos, alrededor de una figura que será, desde ese momento, precisamente figurada, culturizada
Al morir, la madrugada del 30 de abril, Beatriz Sheridan tenía 72 años y una larga y brillante trayectoria: se había desempeñado como gran actriz en el teatro (su gran obsesión), el cine y la televisión Fue, además, precursora y realizadora de una modalidad que no frecuentan sino los muy buenos y dotados actores: la lectura en vivo de la poesía y la literatura (para la lectura de sus poemas, Octavio Paz exigía sobre todos la presencia de Beatriz) Estudiosa académica de letras y filosofía en una universidad norteamericana y en el entonces México City College, Beatriz disfrutó en los años cincuenta de las clases que impartía Seki Sano, al que asistió en la dirección de Panorama desde el puente A partir de 1959, durante cuatro años, participa como actriz y protagonista directa en las experiencias escénicas, también precursoras (junto con Poesía en Voz Alta) de la apertura del teatro mexicano actual, de Alejandro Jodorowsky (La lección, Penélope, La sonata de los espectros, Fando y Lis, La ópera del orden, entre otras)

Desde 1963 forma parte de esos elencos de grandes artistas de la escena (actores, directores, productores, escenógrafos) que van delineando lo mejor del teatro mexicano, clásico y de apertura (por cierto, muy poco estudiado) durante décadas enteras: Las troyanas (1963, dirigida por José Solé), La moza de cántaro (1964, José Luis Ibáñez), Los secuestrados de Altona (1965, Rafael López Miarnau), Extraño interludio (Xavier Rojas), Doce y una trece (Juan José Gurrola), Mudarse por mejorarse (1966, Ibáñez), Diálogo entre el amor y un viejo (1966, Ibáñez), Por Lucrecia (Héctor Gómez), La noche de los asesinos (1967, Gurrola), Un tranvía llamado deseo (1968, Dimitros Sarrás), Ah, los días felices (1977, Manuel Montoro) En 1980 se lleva todos los aplausos y los premios posibles en México por su actuación en Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de R W Fassbinder, dirigida por Nancy Cárdenas
En teleteatros, telenovelas, cine (algunas películas, coproducciones con firmas norteamericanas) y recitales, Beatriz Sheridan no sólo cumplía con creces el desempeño de papeles difíciles, trágicos o ligeros, sino que en ocasiones daba cátedra de los conocimientos básicos para que un actor domine el lenguaje en el que le toca actuar Sabía responder u oponerse a las cámaras y los directores específicos, según obras, tonos, papeles, naturaleza de conflictos y personajes Esa versatilidad (reconocida por casi todos sus compañeros actores y por algunos directores de escena, de cine y de televisión, aun considerándola difícil o temperamental) había sido dominada por Sheridan a través de la experiencia, pero también con los medios de su inteligencia singular que le permitían establecer conductos entre la práctica, los estudios realizados, la observación concreta y una sensibilidad a flor de piel que ella aprovechaba para el análisis de cada obra, de cada personaje Cuando concentró sus actividades en Televisa (exclusividad, le llaman) sorprendió a sus compañeros de trabajo por el apoyo que brindaba a los actores, el compañerismo que desarrollaba con las divas electrónicas, pero también por los tips que comenzaron a recibir los directores y escritores en torno a la configuración de personajes telenovelescos malogrados, simples, superficiales, inútiles, como lo son casi siempre estos personajes hasta que no se decidan a profesionalizar las telenovelas (en todos sentidos) Cuando se le llamó la atención acerca de estas debilidades naturales del medio, externó su lícita opinión de los derechos de una actriz que ha trabajado profunda y expansivamente para buscar una base económica firme Siempre tuvo la esperanza de intervenir más tarde en experiencias teatrales de buen nivel, bajo la égida de directores y productores honestos e informados
Tampoco hubo ya mentes organizadas que le propusieran recitales en vivo Desde que en 1962, durante la inauguración del mural de Manuel Felguérez en el cine Diana, leyó el poema de Jodorowsky Poema inmóvil para un mural de hierro, sabíamos en México que nos hallábamos ante una vitalidad histriónica poco común Participó durante 30 años en experiencias-recitales para la UNAM, en Encuentros Internacionales de Poesía, en puestas en atril para las que sus directores (Cárdenas, Ibáñez, Fernández Violante, etcétera) contaban con una actriz que analizaba a fondo cada palabra y para cuyos textos buscaba el aliento, la respiración, el tono, la pausa exactos El actor Claudio Obregón y ella son los paradigmas de esta modalidad que debería recuperarse para la cultura mexicana
A partir de su muerte, ante la imposibilidad de verla, sentirla, identificarla, admirarla en vivo, la lista de sus innumerables premios como actriz (1956, 1967, 1969, 1977, 1981, etcétera) pasa a ser, como sus actuaciones, no sólo enumeraciones o narraciones de un modelo Pasa a ser la comprobación de que todo artista penetra en el arte no sólo con vocación a flor de piel o en la profundidad de su ser; descubrimos en la figura de Beatriz Sheridan que el trabajo profesional, en el arte y en todo, constituye también una obsesión que no sólo guía y conquista al individuo (y lo hace un solitario), sino que también lo trastroca, lo trastorna, lo hace feliz y único e irrepetible
Lo que pasa -me dijo un día- es que en el fondo todos somos actores Sin embargo, los actores nos divertimos siendo seres humanos, una multiplicación de seres humanos
Y en otra ocasión:
Yo pienso que el actor debe ser inteligente y es un creador No es un intérprete Donde el actor más se ubica, desde luego, es el escenario, es el teatro El teatro es el medio idóneo del actor En donde él apresa al público Donde él domina la situación Porque es una experiencia vital Todos los días nace la obra Todos los días muere la obra Todos los días queda condicionada por públicos distintos porque hay una energía que emana del público y una la tiene que recoger Esta energía a veces la absorbe una persona del público Y una trabaja para esa persona ¿Por qué la absorbe una persona? Porque hay una persona que es más fuerte, más comedida, más concentrada que todos los demás Actuar es un intercambio de energías Es algo que se ve una vez, y al día siguiente ya no es igual Como la vida No se puede repetir Todos los días el actor va condicionado por una serie de cosas que le suceden durante la jornada; el buen actor las aprovecha para dar una mayor fuerza, para crear más sobre el escenario El teatro es la última Iglesia que queda en el mundo
Afortunadamente allí descubriremos más sacerdotes como Beatriz Sheridan _

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