Homenaje a Fiona Alexander

MÉXICO DF, 8 de octubre (apro).- El ejercicio de la memoria resulta fundamental para un arte efímero como el teatro, de cuyas puestas en escena queda solamente la imprecisión de los recuerdos y, en el mejor de los casos, algunas fotografías, video grabaciones, programas de mano, diseños de vestuario, etcétera, como pálidos reflejos de lo que fue aquel hecho irrepetible.

Como parte de este ejercicio de memoria, la Compañía Nacional de Teatro realizó un homenaje in memoriam a Fiona Alexander, artista plástica, diseñadora de escenografía y vestuario nacida en 1948 en Inglaterra y fallecida en forma prematura, a causa de un accidente automovilístico, en San Luis Potosí en 1982, después de haber adoptado a México como su segunda patria.

Para las nuevas generaciones es un personaje prácticamente desconocido, a pesar de sus importantes aportaciones a la escena teatral mexicana, identificada quizá por algunos como la madre del actor Diego Luna, esposa también del escenógrafo Alejandro Luna.

Si alguien conocía las tiendas de sombreros, de fabricantes de botones, de encajes en los rincones del Centro Histórico, La Merced y La Lagunilla, era Fiona Alexander.

“Dudo –aseguró Luis de Tavira– que haya un productor o hacedor mexicano que conociera tan absolutamente al detalle, la pequeña bonetería, al pequeño fabricante que dentro de una vecindad tenía un taller para hacer esos sombreros que sólo él hacía.”

Fiona cuidaba cada detalle, cada centavo, cada broche, con una actitud de trabajo de un profesionalismo y una exhaustividad asombrosos. El vestuario lo hacía sobre los actores. No existía un diseño previo, trabajaba con sus propias manos sobre el cuerpo del actor.

En su opinión –como lo recordó de Tavira– el gran error del diseñador de vestuario en México, y del director al trabajar con él, es que miran el problema de la puesta en escena a partir del texto y por tanto de los personajes, la época, y se van a un diseño antes de conocer el reparto.

Primero –afirmaba Fiona– hay que conocer al actor que va a hacer el personaje, el criterio rector del diseño debe ser el actor, su estatura, su cuerpo, y de ahí ir al personaje. Estos conceptos fueron los que transformaron radicalmente en nuestro país la forma de trabajar el vestuario para una puesta en escena y su importancia para el resultado final del montaje.

Esta es sólo una breve imagen que da una somera idea de la importancia de esta figura que pasó en forma casi fugaz y a la vez profunda por la escena del teatro mexicano, dejando una huella indeleble en la memoria de quienes vieron montajes como El tío Vania, de Chejov; Exiliados, de Joyce; Minotastás y su familia, de Hugo Hiriart o El príncipe de Hamburgo, entre otras obras para las que Fiona Alexander realizó diseños.

Alejandro Luna, discreto por naturaleza, accedió a compartir algunos de sus más íntimos recuerdos; mientras Hugo Gutiérrez Vega, Hugo Hiriart y Luis de Tavira evocaron al ser humano, más que a la creadora, en una sesión en la que la emotividad y la memoria agradecida fueron protagonistas.

 

ap/mav

–FIN DE NOTA–

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