'La cripta del espejo”, de Marcela del Río

martes, 5 de mayo de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Colección Vindictas, de Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vuelve a editar la novela ‘La cripta del espejo’, de Marcela del Río Reyes (D.F., 1932), quien entre 1972 y 1977 fue agregada cultural de la embajada de México en Checoslovaquia. Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM y doctora en Filosofía por la Universidad de California, Irvine, Marcela del Río fue becaria del Centro Mexicano de Escritores, profesora de Literatura de la Escuela de Arte Teatral de Bellas Artes y de la Escuela de Escritores de la Sogem, además de catedrática emérita de la Universidad de Florida Central. Su novela ‘La cripta del espejo’ consta de 440 páginas en seis capítulos. Esta edición es presentada por la narradora, traductora y ensayista Lola Horner (León, 1985), doctora de la UNAM y coautora (con Ave Barrera) de ‘21000 princesas’, sobre los feminicidios en nuestro país. A continuación, un fragmento de la presentación de Horner. La periferia del poder y sus afluentes ‘La cripta del espejo’ me salió al paso cubierta de polvo en una librería de viejo de la ciudad de Xalapa. La historia inicia con un gran hombre, quien se sienta tras su chofer, saca su pluma e intenta escribir su nombre, la primera palabra que aprendió, la que le confiere identidad. Al fin y al cabo, Federico empieza con “Fe”, fe en la vida y en el orden natural de las cosas que implica que unos manden y otros obedezcan, y a él le queda muy claro de qué lado le toca estar. Para mandar a sus anchas y a su gusto. Federico Álvarez Palacios, que se quita el primer apellido porque “suena demasiado común”, que busca subir en el juego político y diplomático para adquirir mayor experiencia y poder porque eso es lo que le han enseñado, utiliza y gobierna un pequeño séquito de subordinados, quienes dependen de su prestigio y en economía. […] El título de ‘La cripta del espejo’ surgió a sugerencia de don Joaquín Mortiz, quien publicó el libro bajo su sello en 1974. Según refiere la autora, originalmente se llamaba ‘Donde muere el Moldava’. A mi parecer, ese otro título aporta la clave narrativa para adentrarnos en la novela. El río Moldava inicia y termina dentro de la República Checa, antes llamada Checoslovaquia. A finales de los sesenta, que es cuando transcurren los acontecimientos narrados, la tensa relación con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas marcaba la vida cotidiana de los habitantes de aquel país, de forma inapelable, como si obedecieran a un reloj al que le daban cuerda en Moscú. Empero, si las etimologías no nos mienten, Moldava significa “agua salvaje” y es en esas aguas, incontrolables e impredecibles, que los acontecimientos de la trama transcurren por varios afluentes. El primero de ellos es Martha, la esposa de Federico, una mujer de buena familia que ha hecho todo lo posible por transigir con su papel diplomático de mujer en la sombra, que ha criado hijos y ha sacado adelante a una familia “por el bien de todos”, casi siempre sinónimo del bien de su marido. Oscilando entre la asfixia y un cúmulo de pequeñas rebeldías privadas, Martha hilvana sus rencores y saborea sus triunfos hasta que cierto acontecimiento se convierte en el parteaguas de su vida y la obliga a tomar una decisión atroz. El segundo afluente se compone de las palabras Cayetana, mujer de la sierra gorda de Querétaro, quien trabaja como empleada doméstica para Federico y Martha; subirse a un avión era su sueño imposible y ahora vive en un país donde desconoce el idioma, las costumbres y la manera de aprehender el mundo. Para Caye, el trace iniciático en que se convierten sus experiencias europeas la conducirá a un límite que quizá no pueda traspasar. […] Estos afluentes salvajes se completan con el discurso de Gustavo, joven de 19 años que, como todo hombre en crecimiento, si aspira a alcanzar una identidad propia debe dar muerte al padre y sacudirse su figura de autoridad. La militancia comunista que defiende y su vocación de poeta lo vuelven por completo inadecuado a los ojos de Federico, pero el choque generacional que ambos representan no está compuesto solo por un cambio de modelo familiar, sino por circunstancias históricas específicas. ‘La cripta del espejo’ podría leerse, al menos parcialmente, como una novela del 68, de las consecuencias que el movimiento tuvo en los habitantes de nuestro país y su configuración como un signo que marcaría de manera indeleble el acontecer político y social. A partir de los años sesenta, en México, como en gran parte de la cultura occidental, las relaciones de poder se trastocarán de forma irremediable; nunca más los padres serán sin cuestionarse reyes y señores de sus hogares, al menos no sin que un par de voces clamen en contra del autoritarismo. La revolución cultural (pero sobre todo mental) que sobrevendrá en esos años afecta también al personaje de Gustavo. En un país donde la violencia y las figuras totalitarias siguen siendo pan de todos los días, es interesante leer ‘La cripta del espejo’ y preguntarnos qué tanto han logrado desde entonces los Gustavos que desafiaban a sus padres. […] La librería donde encontré la novela lleva por nombre “La rueca de Gandhi”, y quiero pensar que aquello fue un augurio afortunado: quién sabe cuántas más historias pudieran desprenderse de los hilos de la literatura escrita por mujeres, pues son muchos los afluentes que quedan por explorar. Después de todo, los arroyos periféricos suelen ser mucho más interesantes que las bien conocidas corrientes principales.

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