La exposición Monumentos, anti-monumentos... decepcionante

viernes, 1 de diciembre de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Sumamente desilusionante resulta la exposición Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública sobre arte público que presenta el Museo Universitario del Chopo en la Ciudad de México. Diseñada por el sobrevalorado curador global Pablo León de la Barra, la muestra aborda un tema que hoy en día es muy relevante, con un pensamiento simplista y una mirada descaradamente gremial. Anunciada con la premisa de cuestionar tanto la idea de memorial, monumento y escultura pública, como el uso del espacio público y la eficacia del monumento como constructor de identidad, la muestra podría haber sido muy útil si hubiera confrontado, con ejemplos actuales y concretos, el narcisismo político, la mediocridad artística y el despilfarro de recursos públicos que han promovido en los últimos años los jefes de gobierno de las ciudades de Guadalajara, México y el Estado de México (Proceso, 1994, 2125, 2131). Exhibida en su origen en el Museo de Arte de Zapopan, Jalisco, de mayo a julio de este año, la muestra en el Chopo es una versión reducida que carece de obras espectaculares –como las esculturas del argentino Adrián Villar– que sí se incluyeron en Zapopan. Dividida en tres secciones en las que se hibridan los testimonios de acciones artísticas con actividades de intención historiográfica, la exhibición incorpora el espléndido archivo de 250 fotografías de monumentos populares que, con el título de Monumentos mexicanos. De las estatuas de sal y de piedra, compiló y publicó la escultora Helen Escobedo en 1992. Este libro y sus imágenes representó en su momento una crítica a la escultura pública que no se recupera en la exposición. Está constituido por esculturas esparcidas en diferentes ciudades de la República, entre las que destacan los monumentos tanto a Benito Juárez como a referencias afectivas para las comunidades –sombreros o camarones gigantes que rinden homenaje a la actividad económica que sustenta al poblado. Presente como un estereotipo que no puede faltar en el sector del mainstream mexicano, la Ruta de la Amistad que promovió Mathias Goeritz en el contexto de las Olimpiadas de 1968 en la Ciudad de México, se recuerda con pequeños modelos de las esculturas sin abordar la indiferencia e irresponsabilidad gubernamental que padecieron en su entorno urbano y conservación, hasta que las rescató la iniciativa privada. Y por último, la sección de creaciones contemporáneas en las que artistas mexicanos y de otros países de Latinoamérica exhiben el testimonio visual de sus acciones. Inocuas en su mayoría, las propuestas abordan el estado de deterioro de la escultura pública cubriéndola con una tela morada en Semana Santa –Guillermo Santamarina/Colectivo Sector Reforma–, le colocan ponchos a esculturas de reyes españoles en el Parque del Retiro en Madrid –Ivan Argote–, comparan el volumen corporal del artista con el de una escultura de Botero recostándose en ella –Byron Marmol–, y le arrojan huevos llevados de Argentina a Sevilla a la escultura conocida como El huevo de Colón de Zurab Tsereteli –Runo Lagomarsino. Sobresaliente entre las obras, el Artoon de Pablo Helguera sobre el poder político en México, su irresponsabilidad social y la escultura pública, podría haber constituido el total de la exposición. Este texto se publicó el 26 de noviembre de 2017 en la edición 2143 de la revista Proceso.

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