Algunos costos de la marcha feminista

viernes, 30 de agosto de 2019

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La agresiva intervención con pintas sobre el suelo y el pedestal escalonado del Monumento a la Independencia, que realizaron participantes de la marcha contra la Violencia de Género que se celebró el viernes 16 de agosto en la Ciudad de México (CDMX), es una llamada de atención sobre la desvalorización social que tiene actualmente el patrimonio artístico creado por mexicanos.

Una desvalorización que no es responsabilidad de las jóvenes mujeres que organizaron y asistieron a la marcha, sino de los funcionarios gubernamentales que en los últimos tres sexenios no han sabido incrementar y promover el valor de nuestro arte. Con directores museísticos dedicados a servir al mercado, incapaces de actualizar las narrativas de las colecciones a su cargo, e indiferentes ante la importancia de establecer vínculos afectivos con generaciones jóvenes, la gestión gubernamental del arte ha descuidado la importancia de construir valor simbólico para nuestro patrimonio.

Y tan inapropiado como las acciones vandálicas que sin un concepto  creativo responsable o una narrativa política definida saturaron con pintas elementales, caóticas y cromáticamente muy agresivas el pedestal del monumento –numerosas firmas o tags que resultan anónimos, frases absurdas como “amigas se va a caer”, y hasta declaraciones ajenas al tema de la marcha como “no es arte”–, la minimización y hasta justificación del vandalismo que expresaron comentaristas en distintos medios revela un lamentable desprecio y uso político del patrimonio: la falta de atención que ha tenido la violencia de género en nuestro país no se soluciona ni disimula legitimando las pintas.

Y al margen de la marcha, la desvalorización del arte mexicano es un tema que debe atenderse, tanto en su dimensión simbólica como material. En el ámbito comercial, además de que la cotización del arte moderno mexicano es muy baja en comparación a las firmas europeas –si bien la pintura Baile en Tehuantepec que realizó Diego Rivera en 1928 alcanzó un precio de venta en subasta de 15.7 millones de dólares en 2016, la obra más cara del español Pablo Picasso, Las mujeres de Argel (1955), se vendió en 2015 en 179 millones de dólares–, en el contexto del arte contemporáneo sorprende que las dos galerías mexicanas de mayor presencia global, la OMR y la Kurimanzutto, tengan sólo alrededor del 40% de su establo de artistas mexicanos. Una cifra que, en el caso de la también ferial galería Labor, se reduce al 35%.

En el contexto simbólico, los funcionarios gubernamentales no sólo han descuidado la construcción de valor artístico, sino que también han mantenido una actitud contradictoria ante el gasto de recursos públicos. Mientras en abril de este año el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, ofreció al gobierno francés ayuda para la restauración de la recién incendiada Catedral de Notre Dame en París, el Museo Nacional de la Estampa, en la CDMX, desarrolla sus actividades en un espacio no sólo reducido y exageradamente modesto sino, también, de condiciones estructurales aparentemente inestables.

Ubicado en la Plaza de la Santa Veracruz y en colindancia con el extemplo del mismo nombre, el recinto que alberga la espléndida colección de 12 mil 351 obras de una de las disciplinas más vigorosas del arte mexicano, vio colapsar el 15 de agosto la techumbre de un anexo que, si bien estaba vacío, se encuentra al lado de una torre tan débilmente apuntalada que parece a punto de colapsar. ¿Por qué ofrecer apoyo a París cuando es necesario en la CDMX?

Como las pintas del monumento fueron realizadas sobre distintos soportes que corresponden a cantera, mármol y bronce, su limpieza tendrá un costo alto y no programado, que pagarán los ciudadanos a pesar del vandalismo patrimonial, y de la austeridad del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.  

Este texto se publicó el 25 de agosto de 2019 en la edición 2234 de la revista Proceso

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