REPORTE: Retrato de José Martí, según Lezama Lima

lunes, 28 de octubre de 2002
La Habana, Cuba (apro) - La cultura cubana empieza a prepararse para celebrar, desde el 1 de enero próximo, el sesquicentenario del nacimiento de su gran pensador y héroe libertario, José Martí Pero, sin duda, un adelanto de ello lo constituye el breve volumen “Martí en Lezama”, del poeta, ensayista, crítico y novelista Cintio Vitier, que acaba de editar el Centro de Estudios Martianos de esta ciudad, del cual este es su presidente de honor Vitier formó parte así mismo del grupo de Lezama Lima que tomó su nombre de la revista “Orígenes” (1944-1956), el más influyente en materia literaria de la Cuba del siglo XX “Lezama fue el maestro de mi generación, éramos sus frenéticos admiradores “, comenta Vitier, quien recibirá un homenaje en diciembre en Guadalajara, Jalisco, durante la Feria Internacional del Libro dedicada a Cuba, al lado de otros escritores significativos como el mismo Lezama, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, y Roberto Fernández Retamar, éste todavía vivo En “Martí en Lezama”, Vitier recogió algunos de los textos más significativos del segundo referidos al primero, y al final un apéndice de las entrevistas concedidas por Lezama sobre el mártir de la independencia realizadas por el periodista Félix Guerra Por ejemplo, este retrato: “Martí es un vecino arropado por los senderos, un solidario que mira de frente y se abanica con palmas Una levita olorosa a camino, a monte, a ciervo que busca amparo, a banderón de la entrada Su mentón huidizo carece de importancia, porque vive bajo un follaje bigotudo Es una persona intensa, olvidada de los espejos Crece duplicándose desde la barbilla a la frente, donde redoblan faldas y palmares El mar es un apócope de su persona y él es un aféresis bien pensado del mártir La suma amplitud de su patriotismo se ensancha con la magnitud del hueso frontal y algunas occipitaciones de fondo Ojo de mirar profundo, aunque no oscuro, penetrante, aunque sin filo, perfila una sinuosa búsqueda sin sombrero sobre la tierra Se entrega, con cariño manifiesto, manosea, acaricia de cerca, exhibe dedos irrefragables, se acoda, escucha, percibe, reposta Y entre ambos, platicador y platicado, abulta una enredadera de tilos y cundiamores, saúcos y buganvillas, hasta que amanece y las crepitaciones se rinden incondicionalmente al verbo ¡Qué mansa inmensidad, qué furiosa dulzura! Adereza palabras inefables para alabar virtudes y anatemas espantosos para azotar pecados Aunque nunca se detuvo en ninguna mejilla con el látigo en la mano La sátira o la ironía, raramente mordaz, se tendían como puente imperceptible o como rosa de enero En el rostro le jugaba una sonrisa, leve, no de alegría ni por chistes o bromas (aunque sí parece que se podía constatar su eventual sentido del humor), sino por una dulcedumbre tristeza de amor que se alelaba en el aire, entraba a los pulmones, planeaba como hoja de otoño, se dejaba atrapar, silbaba un poco y luego iba a buscar nido al anochecer Nunca nadie fue igual, tanto en días de vendimia como de vivaqueo Fue un peregrino en movimiento, abandonado a ratos y a ratos oculto de su propio parapeto cervical Su ternura se alimentaba de su encantado manto freático, en territorios ubicados al sur y al norte Al viajar, alternando miradas de águila y de paloma, le crecieron nuevas ramas y raíces, como al ser destinado por los aleros para meditar en las más agudas y suaves aristas materiales Era un coloso colosal Aunque al estilo griego, no por la estatura sino por la figura Su esqueleto fibroso dimensionaba dentro del traje y desbordaba la elocuencia de las diversas locaciones Rimaba estrella con locura, mientras advertía el remanso de las expansiones y la demencia de las lejanías No fue ciertamente hombre para vivir atribulándose hasta los 70, ni para fallecer durmiendo en un catre o hamaca, sino, paradójicamente, para atacar con un arma que no dispara y cabalgar hacia un enemigo que ama más que aborrece, que desea más redimir que derribar

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