ADELANTO DE LIBROS: "Ya sabes mi paradero", de Anamari Gomis

lunes, 3 de junio de 2002
México, D F (apro)- Cualquier libro sobre el exilio español en México atrae inmediatamente la atención Hija de refugiados españoles, Anamari Gomís dedica una novela, precisamente, a ese tema, "Ya sabes mi paradero", que puso en librerías Plaza & Janés Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM, y desde hace varios años directora de Literatura del INBA, Gomís es autora del relato "A pocos pasos del camino" (1984), del volumen de cuentos "La portada del sargento Pimienta", los ensayos "El artificio barroco de Los peces de Sergio Fernández" y "Cómo acercarse a la literatura" Los editores señalan, acerca del reciente volumen, que "incita a las emociones y a la razón", lo describen apegado a la realidad e introductor a la nostalgia de ese fenómeno extraordinario de la vida española y mexicana que fue el exilio, visto por Gomís como "elección de vida" Referida a la contradicción que habita a sus padres, la autora narra al mismo tiempo el conflicto que se traslada a los hijos Pero para que el lector empiece a transitar por las páginas de esta novela autobiográfica, aquí está el primer capítulo, breve como todos los del libro: --- La tarde se hizo color de plomo Las dos mujeres advirtieron por el amplio ventanal los presagios de la lluvia, así que una de ellas, Ana, pidió la cuenta y sacó de su cartera un billete, que apuró sobre la mesa para adelantársele a la otra, Susana, su prima, quien quería pagar también Pero esta vez le tocaba a Ana, así que Susana permitió que su prima invitara y se dedicó a resumir los mejores instantes de la dilatada conversación, que nunca resultaba suficiente, o sea que se reenganchaba en mucho de lo ya dicho varias veces, mientras animaba con la cuchara el residuo azucarado de su taza de café Después extrajo del bolso una polvera y, con un lápiz labial, regresó el clavel a su sonrisa, justo cuando el camarero llevó la nota y Ana la cogió de una bandeja pequeña y oscura, y luego la revisó, siempre cauta y también desconfiada Pagó y depositó con actitud dadivosa una propina de no mucha sustancia Las primas se levantaron de las sillas y se tomaron del brazo para salir juntas Ana aprovechó el escaparate de la Librería del Prado para repintarse los labios descoloridos Se soltó de la rosca que había formado con su prima, quien quiso ofrecerle el espejo de mano, opaco siempre por los polvos de afeite, pero Ana lo rechazó, porque en un santiamén se había encarnado ya la boca Al desembocar en la avenida Juárez, el chubasco, a pesar de que lo esperaban, las incomodó y les encrespó el pelo a la permanente Ana abrió en flor su paraguas, acercando el beso crayonado a la mejilla de Susana, que devolvió el afecto ajena a la pátina roja y aceitosa que recubrió uno de sus incisivos Se despidieron y Ana vio desaparecer a Susana entre el gentío que de pronto avivó el pasaje donde estaba el Café Sorrento Bajo el chaparrón, en la gran avenida, la multitud culebreaba por todo lados a la caza de un resguardo Ana Alcaraz de Soler hizo lo propio a la entrada de una platería, atenta a la parada del autobús Un sapo gordo le respiraba dentro del pecho Por un momento, al abotonarse de arriba abajo el impermeable, en una gota que resbaló lentamente sobre uno de sus zapatos, un lejano y confuso recuerdo dotó a la avenida Juárez de la atmósfera de una ciudad española Pero bien sabía Ana que esa tarde de marzo levantaba humores de los charcos de la Alameda, en la capital de México La mujer se entristeció y se le vino a la cabeza la muerte de su hermano Juan, a quien habían matado los propios republicanos: ¡Dios, qué dolor! La pobre criatura no sabía lo que hacía cuando, por mediación de unos amigos suyos, seguidores de José Antonio Primo de Rivera, aceptó aquellas invitaciones a cazar con el hijo del rey Empezaba a refrescar Imaginó entonces a Juan, con sus veinte años en floración, frente a sus asesinos, el rostro demudado y aquellos ojos suyos que parecían un profundo túnel Le habrán dado un tiro en el corazón, pensó, y prefirió ya no divagar más Se detuvo el autobús Juárez-Loreto y lo abordó Colocada detrás del conductor, observaba los parajes del Paseo de la Reforma, avenida por la que transitaba muy a menudo, aún más desde que la prima Susana y su familia habían asentado su residencia en un edificio de la calle Victoria Dominada por un deseo súbito, Ana se tocó el vientre al pasar por la Lotería Nacional, como si así fuese a llamar a la buena suerte Perdía peso Los iliacos le llevaban ventaja a las poco dispendiosas carnosidades de las caderas Después del monumento a Cristóbal Colón, se incorporó para pedir esquina Había dejado de llover y quería estirar las piernas un rato Descendió cerca de la calle de Atenas con la flauta de la sombrilla debajo de una de las axilas, como apercibida para la guerra Giró el rumbo hacia la calle de Milán El asfalto estaba mojado Un remolino de sopores le auguró un mareo, lo cual orilló a Ana Alcaraz de Soler a apoyarse en el portón de una casa porfiriana Allí aguardó un rato Ahora ya no tenía duda: venía otro aleteo maniobrando contra su equilibrio Se anunciaba así el futuro nacimiento de su tercer hijo, el segundo que nacería en el exilio La vida, qué iba ella a hacerle, la sorprendía de nuevo