ADELANTO DE LIBROS: "A tiempo y destiempo", de Adolfo Sánchez Vázquez

lunes, 24 de noviembre de 2003
* Absurdo, un mundo sin utopía México, D F, 24 de noviembre (apro)- Los ensayos del poeta y filósofo español Adolfo Sánchez Vázquez (Algeciras, 1915) han marcado la vida universitaria no sólo de México, en donde ha escrito buena parte de sus análisis (sobre todo a partir de su célebre tratado “Las ideas estéticas de Marx”, de 1965), sino de todo el mundo intelectual latinoamericano Doctor en filosofía por la UNAM (1966), Sánchez Vázquez ejerció la docencia en la Universidad Michoacana, coordinando el Colegio de Filosofía y, como investigador, en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM de la que es profesor emérito En 1989, la Universidad Autónoma de Puebla le otorgó el doctorado honoris causa Ahora, el Fondo de Cultura Económica ofrece en 609 páginas esta antología de Sánchez Vázquez que recopila la mayor parte de su trabajo ensayístico, con prólogo del filósofo catalán y también poeta del exilio hispano, Ramón Xirau El libro se divide en siete apartados: Vida y Obra, Literatura, Cuestiones Artísticas, Filosofía (el más abundante), Marxismo y Socialismo, Ideología y Utopía, además de Exilio Reproducimos aquí un fragmento del pensamiento de Sánchez Vázquez, siempre lleno de profundidad y trascendencia, en torno a la vigencia o falta de actualidad de la utopía, redactado hacia 1995 * * * ¿Fin de la utopía? Llegamos a la pregunta que, desde el principio, reclama nuestra respuesta: la utopía, ¿ha llegado a su fin? () La decadencia efectiva de la utopía en nuestro tiempo, que ha desmovilizado las conciencias de quienes debían ser lo portadores de ella, ha encontrado su expresión, desde hace ya algunas décadas, en el pensamiento filosófico y social Así, por ejemplo, ya en los años treinta, Mannheim registra la pérdida actual y el gradual descenso de la utopía, determinado por una mayor aproximación de las fuerzas utópicas a la realidad, aunque no admite que pueda desaparecer totalmente la incongruencia entre lo ideal y lo real Su desaparición significaría la muerte de la sociedad en que se diera “Con el abandono de las utopías –dice Mannheim— el hombre perdería su voluntad de dar forma a la historia y, por tanto, su capacidad de comprenderla” Pero ciertamente en Occidente se ha producido, desde hace décadas, un debilitamiento del impulso utópico, como lo atestigua la renuncia, por parte del proletariado, a la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista Pero aun así, si se aceptara --con base en estos hechos y en la desilusión provocada por el derrumbe del “socialismo real”-- no ya la desaparición de una utopía sino de toda utopía, habría que preguntarse: ¿Cuáles serían las condiciones de posibilidad de su fin? Veamos Hemos hablado de la utopía en dos planos: como imagen o proyecto de un futuro mejor que se contrapone al presente real, y como presencia efectiva en la conciencia de los hombres, que inspira determinada práctica Como tal proyecto o imagen, la utopía ofrece lo que la ciencia, como razón de lo que es, no puede dar Ahora bien, sólo si se presupone que la previsión científica --tan limitada en las ciencias sociales-- puede dar esa imagen del futuro, la utopía, al ser desplazada por la ciencia, habría llegado a su fin Pero ni la ciencia puede asumir la carga imaginativa de la utopía, ni ésta puede ser científica strictu sensu Esto no significa, en modo alguno, que la utopía, en cuanto necesita del conocimiento para realizarse, pueda prescindir de la ciencia o entrar forzosamente en oposición a ella Pero, ciertamente, la reducción de la utopía a la ciencia, o su condena por pre o anti-científica, significaría propiamente su fin Es innegable que cierto marxismo, siguiendo acríticamente a Engels, al transformar el socialismo de utopía en ciencia, pone fin a su contenido utópico que, como hemos subrayado antes, constituye un aspecto esencial del proyecto marxiano de emancipación Por lo que toca al plano fáctico, o sea, a la presencia efectiva de la utopía en la conciencia de los hombres, puede darse --como hemos reconocido que se haya dado y se da actualmente-- cierto eclipse del impulso utópico Pero la utopía no puede tener fin mientras la realidad presente engendre inconformidad, crítica y, a su vez, la aspiración a otra vida mejor Por otra parte, la utopía sólo llegaría a su fin si se pudiera colmar totalmente la distancia o incongruencia entre lo ideal y lo real, o también si el presente absorbiera el futuro, o si lo real no dejara margen a lo posible porque fuera ya lo único o lo mejor posible Pero esto significaría, así mismo, el fin de la historia, que se volvería una cansina e irrebasable repetición (del capitalismo liberal, según el no tan avispado ideólogo del Pentágono, Francis Fukuyama) Ahora bien, porque la distancia entre lo ideal y lo real, aunque se aproximen, no puede colmarse; porque lo posible no puede reducirse a lo real ni a un único y mejor posible y, finalmente porque la historia y la sociedad no pueden tener fin --mientras no acaben con ellas--, posibilidad que esperamos nunca se realice con un holocausto nuclear o una catástrofe ecológica, hay y habrá utopías Y no pueden desaparecer, sobre todo --por más eclipses que conozcan-- en un mundo como el actual en el que dos tercios de la humanidad viven en condiciones de miseria y explotación que les impiden aceptar la realidad como es y, menos aún, como “el mejor de los mundos posibles” Pues bien, si es imposible reducir la utopía a la ciencia, el futuro al presente y lo posible a lo real y si, por otra parte, lo existente no puede dejar de impulsar la insatisfacción, la crítica y el sueño de una vida mejor; es decir, si el fin de la utopía se vuelve imposible, un mundo sin utopías sería una utopía más en el sentido negativo de lo imposible de realizar Pero un mundo sin utopías, es decir, sin metas, sin ideales, sería un mundo sin historia, congelado en el presente Como también lo sería un mundo cuyos ideales y metas estuvieran previstos o garantizados por leyes de la historia que tocaría a la ciencia fijar, eliminando la incertidumbre propia de la historia y, en consecuencia, de toda utopía Como el fin de la utopía sólo puede darse en una relación ilusoria con lo real, no sólo es --en definitiva-- una utopía abstracta que --como las disutopías-- inspira el temor al cambio, al futuro, sino una ideología que, por esa vía, justifica el presente, descalifica el cambio y cierra el paso a todo impulso utópico a una vida mejor, imaginada o soñada Frente a esta ideología del “fin de la utopía”, la utopía como imagen de un futuro deseable, posible y realizable, cumple la función positiva de elevar la conciencia de que la historia no está escrita de una vez para siempre, y de que el hombre, en la medida en que la comprenda y actúe, en condiciones determinadas, y de acuerdo con los fines que él mismo se trace, puede intentar cambiarla en dirección a una vida futura, más noble, más digna y más justa

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