Marte y los luceros

sábado, 14 de febrero de 2004
Mérida, Yuc , 13 de febrero (apro)- Recuerdo, como si fuera ayer, la noche del 13 de septiembre de 1959 en la que la luna iluminaba espléndidamente la penumbra de nuestra calle infantil Pero esa vez no su resplandor nos extasiaba, sino otro asunto, nada bucólico ni romántico y sí completamente insólito, imaginado apenas un siglo antes por Julio Verne: la Humanidad había llegado a la Luna Es decir, la tecnología había puesto un artefacto en el satélite natural de nuestro planeta La nave soviética Lunik había hollado la superficie de la antigua Selene y, con esto, después de seis mil años de civilización y de contemplación, el ser humano le arrebataba su virginidad y –lo que es peor-- su seductor espíritu de imperturbable soledad En el ambiente político de la entonces Guerra Fría, con sus estrategias incluso geoespaciales, John Kennedy –el presidente demócrata ejecutado poco después-- declaró que antes de cerrar el decenio Estados Unidos pondría astronautas en la luna Y la NASA cumplió, con el Apolo XI El 21 de julio de 1969 Armstrong y Aldrin pusieron sus plantas en nuestro satélite También lo recuerdo como si fuera ayer Mis padres y yo nos alejamos del televisor en ese grandioso momento –o durante el noticiero alusivo-- y salimos al “corral” de la casa Vivíamos entonces en la planicie costera sonorense, y la inmensidad del firmamento nocturno sobre el vasto desierto nos ofrecía la firme belleza de la blancura circular No lo podíamos concebir ¿Allá, en aquella lejanía, en aquel poético terrón luminoso, eternamente suspendido en el éter, había dos hombres? ¿Era esto posible? ¿Y los griegos, y los mayas, y los árabes y Kepler y Copérnico y Galileo, qué dirían? ¿Y los poetas licántropos, y los lunáticos del manicomio, y los hombres-lobo de mis recientes terrores cinematográficos? Todo esto se acabaría Nada, después, sería igual… Ahora es Marte, el rojizo hermano siempre misterioso, desde los griegos, que bautizaron a sus satélites nada menos que como Horror y Terror (Fobos y Deimos) Ahora, hace unos días, otra proeza tecnológica, aunque sin riesgo aún de vidas humanas: una computadora, un robot con brazos, ruedas y cámara en ristre, denominado Spirit, logró posarse suavemente en esas secas y frías soledades; y desde entonces se pasea por allá tomando fotografías Increíble también La presencia humana –indirectamente-- en esa remota geometría sideral Debe ser estupendo Los astrónomos y los geólogos están de plácemes Dicen que la vida en la Tierra, y nuestros conocimientos y supervivencia en el futuro saldrán beneficiados Debe ser Solamente que falta mucho para ese futuro incierto, al que tal vez nunca lleguemos o no lo hagamos en las condiciones deseables para todos los terrícolas, mientras el aterrador presente, injusto, cruel y hambreador continúe ofendiendo a la raza humana Aunque George Bush diga lo contrario y hoy ofrezca la luna, Marte y los luceros, con tal de ganar las cercanas elecciones Tal vez por esto, hace ya cuarenta años, el prosista chihuahuense Natividad Rosales se expresó entonces de esta bellísima manera: “Los años sesenta, espaciales, representan la huída del hombre hacia las estrellas Para buscar –en lo infinito-- lo que está encerrado en el fondo de nuestro corazón: la verdad y la felicidad, conquistadas en el breve lapso de una vida”

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