LOS PASOS PERDIDOS: Flamenco y mercadotecnia

lunes, 1 de marzo de 2004
México, D F, 1 de marzo (apro)- Uno de los grandes éxitos --por llamarlo de alguna manera-- del franquismo fue, sin duda, haber lanzado al flamenco como su caballito de batalla para mostrar su lado “folklórico” Hasta el momento, pocos son los países que no tienen algún tipo de bar, tablao o restauran donde no se baile flamenco Los cantaores, guitarristas y percusionistas del género recorren el mundo y tienen en cada una de las sedes donde se presentan la virtud de emocionar al público, que preso de la emotividad, siente a España como un país donde los gitanos lo representan todo En México el fenómeno es recalcitrante Proliferan los espacios para apreciar este arte y las academias donde se imparten clases de flamenco tienen un enorme éxito Aceptados con una indulgencia abrumadora, aquellos que se dedican a bailar flamenco son vistos como la reencarnación de una serie de valores ambiguos: por un lado la presencia --de alguna forma insoportable-- de la dominación española y, por otro, la mitificación del alter ego de una raíz profunda que es parte de una identidad indiscutible Esa es la razón por la cual todos y cada uno de los artistas del flamenco provenientes de España han encontrado en México el paraíso perfecto para presentarse una y otra vez con enorme aceptación y obteniendo ganancias incalculables Por aquí han pasado todos, desde Carmen Amaya hasta el volátil y cuestionadísimo Joaquín Cortes y apenas hace unos días Rafael Amargo Cada uno de los artistas españoles que ha venido a México siempre ha aparecido anunciado como “el mejor”, “el verdadero”, “el auténtico” Todos, han tenido sus méritos y errores, pero bajo la piel de cordero la mayoría de ellos esconden una parafernalia atroz para justificarse como dueños del foro Si por el camino de la mentira se busca hacer que el público consuma y pague espectáculos, de buena, regular y mala calidad es un problema de marketing, lo importante sería insistir entonces que las empresas encargadas de organizar este tipo de presentaciones --pagando un enorme dineral-- se atrevieran a apostarle a algunos de los coreógrafos mexicanos, dedicados también al flamenco, que no lo hacen nada mal, capacitados durante toda su vida en la danza y que en la misma España son reconocidos como autoridades dentro del género Ese sería el caso, por ejemplo, de la infatigable Mercedes Amaya, “La Güini”, a quien el mismo Mario Maya, considerado como uno de los grandes del flamenco en España, cada vez que viene a México le rinde tributo y reconoce como una de las más grandes artistas del mundo Sencilla, tímida y poco dada a hacer ostentación de lo que sabe por herencia cultural y porque lo tiene en los genes, Amaya es una simple mujer trabajadora que de día cocina, lleva y trae a sus hijos a la escuela, les ayuda con la tarea, da clases sin parar, y si esto no fuera suficiente, en la noche trabaja en tablaos hasta altas horas de la madrugada y baila como enloquecida mientras que en muchos de los casos, un público neófito, de turistas borrachos y torpes se emborracha y grita sin poner la menor atención en lo que ella hace En todos los tiempos se pierde la oportunidad de aprovechar a los verdaderos talentos, a aquellos en los que realmente valdría la pena invertir Para Amaya no hay becas del Fonca, ni apoyos, ni coinversiones culturales ni nada Ella se gana el pan con el sudor de su danza, que es para los propios especialistas españoles una de las mejores del mundo La única diferencia entre Joaquín Cortez y Mercedes Amaya es que el primero tiene un grupo de producción parecido al de Ricky Martin que lo hace aparecer como un verdadero monstruo del flamenco y que no le permite ponerse un solo saco que no sea de Arman; Amaya, por su lado, a duras penas logra un vestuario tradicional, depende de las luces del cabaret, de la guitarra excepcional de su marido y de un grupo de cantaores que viven de lo que ella puede conseguirles Pero en sentido estricto, la calidad de Amaya como intérprete y como artista está muy, pero muy, por encima de la de aquel

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