ADELANTO DE LIBROS: "Los cafés en México en el siglo XIX", de Clementina Díaz de Ovando

lunes, 12 de julio de 2004
México, D F, 12 de julio (apro)- La periodista Clementina Díaz y de Ovando nos entrega una nueva investigación histórica cuya amenidad mantiene el nivel de todos sus trabajos de esta índole Ahora se trata de "Los cafés en México en el siglo XIX", que acaba de editar la UNAM en su colección Ida y Regreso al siglo XIX, de la Coordinación de Humanidades Es un libro muy bien facturado y con buen papel, y sus cien páginas lo hacen aparecer pequeño cuando en realidad la letra es muy breve; este, acaso, sea su único defecto Miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, así como de las academias de la Lengua y de la Historia, Díaz y de Ovando, especialista en el siglo XIX, cierra para esa centuria con este volumen la deuda cafetera mexicana como centro de la vida bohemia del arte y la literatura, y la abre para el XX, según avance que dio José Emilio Pacheco en una entrevista sobre el medio siglo que se realizó para "México: su apuesta por la cultura El siglo XX, testimonios desde el presente" (Grijalbo, Proceso, UNAM; México, 2003), donde asienta: --Debió haber sido fantástico el ambiente cultural de entonces --Sí Los cafés Había muchos Yo me reunía con mis amigos en El Chufas, de López; en el Sorrento Eran los cafés de finales de los cincuenta Yo creo que 1958 debe haber sido el último gran año del Centro, porque la universidad ya se había salido --claro: la decadencia es paulatina-- y poco después la Zona Rosa, como antes lo hizo la tienda Sears de Insurgentes y Sonora, jaló el Centro a otra parte Para mi generación, por ejemplo, el Sanborns que servía como punto de reunión no era el de Los Azulejos, sino el de Lafragua, al que siempre iba con Monsiváis, y teníamos que pedir molletes, porque era lo único para lo que nos alcanzaba el dinero Molletes y sidral --Pero, ¿en que espacios fluía la vida cultural?, ¿en la universidad, en la Sala Ponce? --En la Sala Ponce, sí En las oficinas de Difusión Cultural, en el décimo piso de la Torre de la Rectoría, y en las oficinas de México en la Cultura, en el edificio de Novedades de Balderas y Morelos En el Teatro del Caballito, que demolieron en 1964 Pero para otra gente los lugares deben ser otros No éramos aficionados a las cantinas, y la droga en esa época era impensable La mariguana era cosa de soldados "Lo que ahora resulta impresionante de esa época es que en los cafés veías a Nahui Ollín, a Manuel Rodríguez Lozano, al Dr Atl Llegué a conversar muchas veces con el Dr Atl Había una atmósfera de intercambio, el pasado estaba siempre muy presente Ahora ya no hay reuniones en las redacciones Tú mandas tu artículo por fax o por mail, uno no sale ya a caminar a las calles para conversar, y si no vives en el sur, te ausentas de muchas cosas "Por otro lado, no sé si esto de reunirse, discutir y comentar sea algo que está más bien en la esfera de los jóvenes Uno ya no va a pretender que es un chavo y va a sentarse en un café Una cosa es que nosotros fuéramos a ver a Novo y otra muy distinta habría sido que Novo hubiese venido a sentarse con nosotros Lo que sí es distinto es que todo se daba de una manera muy fluida y muy natural porque todos convivíamos, todo en el medio cultural estaba muy cerca" --Y sin duda la presencia de los españoles ayudaba --Ellos cambiaron todo Estaban en todas las editoriales y en todas las revistas Se reunían a discutir Lo más importante que a uno le dan esas reuniones en los cafés --aunque puede perderse mucho tiempo en ellos-- es la conciencia de que la gente piensa de manera distinta a uno Porque por lo general tú te reúnes con la gente que piensa como tú En los cafés uno aprendía a intercambiar ideas, a discutir, y conocía a gente de muchos campos, no sólo del mismo que uno cultivaba Todo mundo estaba en relación Yo conocí a los pintores, a los arquitectos, a los cineastas" Lo que sigue es la contraportada preparada por los editores: A principios del siglo XIX un semanario mexicano buscó en los libros los orígenes del café (bebida que estaba siendo descubierta por los novohispanos), y fue el rastreo de sus virtudes: purificaba la sangre por medio de una dulce agitación, disipaba la pesadez del estómago y alegraba el espíritu Ese interés iba a la par de la casi inmediata popularización del elíxir y los rituales que lo acompañaban La experiencia europea servía como modelo: "En Inglaterra se cuentan hasta tres mil cafés, y allí sirven para las contrataciones públicas, suscriptores, bancos de noticias, etcétera No hay en ellos billares ni ruido alguno: todos en silencio leen los papeles de que hay mucha abundancia" Los cafés en México fueron, desde sus inicios, espacios de reunión, de conspiraciones políticas, de lecturas de periódicos y peñas literarias Al parecer, el primer café que se estableció fue el de Manrique, en la esquina de Tacuba y Monte de Piedad, y en él se ideó más de alguna conspiración política en contra de la dominación española Al café de Manrique "acudió don Miguel Hidalgo y Costilla, con intenciones que no fueron las de rezar el Padre Nuestro" (reseña Alfonso Sierra Partida) Entre avatares políticos y bélicos los cafés se volvieron, entre otras cosas, centros de espionaje, refugio de cesantes, vagos, empleados, jugadores, caballeros de industria, asilo de políticos, periodistas, militares, literarios, cómicos, "niños de casa rica", dueños de haciendas, asombrados payos Eran sitio ideal para chismorreo, para despellejar al prójimo y para hacer negocios Los aromas de los cafés en México durante el siglo XIX son múltiples "Gracias al rico tejido de noticias legado por literarios, y gran prensa periódica --explica la acuciosa y amena investigadora Clementina Díaz y de Ovando-- Es posible entrever algo de lo que acontecía en los cafés, conocer un poco de la vida mexicana que en éstos se deslizaba, se decantaba" Un minucioso estudio que se lee, sin embargo, como una novela de un tema múltiple que nos hacer vivir momentos encantados de nuestro fascinante y arduo siglo XIX

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