Muerte sin principio: Salvador Elizondo

viernes, 31 de marzo de 2006
México, D F, 30 de marzo (pro)- Para Salvador Elizondo ?quien falleció el miércoles a los 73 años víctima de un paro respiratorio-- la inteligencia no es una cualidad que adorne a los individuos ni mucho menos una garantía de la calidad de sus obras No es esa virtud que, por ejemplo, Octavio Paz certificaba en las dedicatorias de sus libros Para un autor consciente de los movimientos universales implícitos en el acto de escritura, la inteligencia es una acción concreta que siempre está latente en los objetos del pensamiento: un imperativo espiritual, para decirlo con el encantador tufo decimonónico que el reconocido maestro de poesía rescató en sus traducciones de Monsieur Teste, de Paul Valéry, obra y figura de obligada referencia Quizá por ello, el autor del Cuaderno de escritura y de muchos otros cuadernos de hojas de papel verde y tamaño oficio, surcados por su caligrafía obsesiva, pensó en su trabajo como la derivación de una ruptura siempre restaurada, o dicho más precisamente, como el brote del pensamiento actual y no progresivo en el intersticio entre el tiempo histórico y el poético Por eso hay que aludir a la obra de Elizondo en ese presente especial, el del acto cognitivo, el de la escritura cuyo máximo contacto con la materia consiste en una aplicación de la tinta al papel y que, sin embargo, puede cambiar el mundo en un centenar de páginas o en un trozo de papel borroneado Es el experimento que puede generar la mayor explosión a partir de la energía concentrada en un poema, o la reversión histórica a partir del curso de una narración enraizada en la mitología Como profesor de poesía, sin embargo, Elizondo demostraba una y otra vez la profunda incongruencia entre los vaivenes de los autores de carne y hueso con la naturaleza de su obra Se permitía el sarcasmo, sobre todo consigo mismo, pero siempre estaba dispuesto a desgranar el poema para volverlo a leer con minucia y demostrar cómo estaba unida una granada perfecta Todo ello ante el asombro de los propios, que lo escuchaban, y los extraños, que lo admiraban A la luz de su exigencia personal y de su ironía sobre los saberes académicos, siempre me intrigó su afán por dar clases en la universidad Pero gracias a ello pudo oficiar sus herejías poéticas y atraer a más de un novicio Sin embargo, por causa de la relación que asumió voluntariamente respecto de algunos escritores, Elizondo sabía que el magisterio poético tiene un alcance mayor, o por lo menos más incisivo Su escritura presupone la existencia ?para algunos obvia y lejana? de James Joyce, y la presencia local de Salvador Novo; la complicada música de Gerald Manley Hopkins y EE Cummings y el color insoslayable de Ramón López Velarde Aquí debería mencionar otro ejemplo para completar el consabido trío, pero ?lección de Elizondo? no siempre es necesario decir lo que el oído espera Hoy que ha muerto, los homenajes se multiplicarán Y con justicia No sé si alguien se atreverá a dialogar con el fallecido maestro mediante un texto formalmente interesante o todos se limitarán a manifestar su irrelevante tristeza Por lo pronto, cabe mencionar entre sus dones a la cultura mexicana, además de sus magníficos y curiosamente diversos libros, la creación de una forma de crítica comprometida con un desarrollo interno, que abarca las artes y las obras específicas que las conforman, pero también a los autores y su contexto histórico Todo ello ordenado en un estilo que no se permite la ornamentación que no sea a la vez un soporte, una imagen que no tenga una función y un desarrollo conceptual Sólo la magnitud de esta forma de crítica explica el abandono de la poesía por Salvador Elizondo Claro, de la poesía versificada, puesto que sus fabulaciones, ensayos sobre arte, literatura y cultura en general, es decir su escritura en sí, proviene del mismo núcleo poético que el habla, la música y el cine Ahora, mientras repaso las imágenes que me quedan del maestro, comprendo que todas están unidas en un ramo simbólico, que, sin embargo, experimenté durante los breves minutos que duró cada una de ellas La primera es un viejo programa de televisión, en el que un insolente autor de Farabeuf o la crónica de un instante entiende que ni Jorge Luis Borges ni Octavio Paz lo dejarán hablar, y superpone su voz a la de esos grandes maestros del idioma para corregir algún dato, precisar una cita o marcar bien el contorno de una idea La segunda: Elizondo dice en un homenaje a Borges que la poesía del argentino tiene el rigor de la prosa ?irónica llaga en el lugar común crítico que afirma lo inverso--; María Kodama protesta: los poemas de Borges no son prosaicos como la gente dice Tras la intervención de un profesor de Harvard que usa una corbata amarilla con puntitos verdes, Elizondo sale del Museo Nacional de Arte del brazo de Kodama, con el mismo andar pausado y como resignado que lucía el poeta ciego Y la tercera: El reconocido snob de las fiestas de los sesenta, personaje de cualquier película pseudosurrealista sobre el desentrampe juvenil con prólogo de Arturo de Córdova, envía a su empleada doméstica a abrir la puerta para que un atónito alumno entre en su jardín Sale después y saluda con inusual alegría Después de una conversación literaria, borra con las manos las nubes verbales que pudieron formarse en el espacio del diálogo Una vez garantizada la transparencia, adopta ese aire astuto con el que inicia sus clases ("¿Ustedes han oído hablar de la cantárida?"), y dice en voz baja: --Ya tengo un remedio universal --¿Remedio para qué? --No sé para qué, pero tiene la forma de un remedio --¿Un poema? --Sí, un poema-objeto --¿Cuál es? --Mira: una hoja del mirto infernal Lo dice al tiempo que saca del bolsillo de su camisa un boleto del Metro