La sixtina de Almodóvar

jueves, 10 de diciembre de 2009

MEXICO, D.F., 10 de diciembre.- Ciego a consecuencia de un accidente, Mateo Blanco (Lluis Homar), director de cine, se convierte en guionista y adopta el nombre de Harry Caine. El amor de su vida fue Lena (Penélope Cruz), la amante de Ernesto Martel (José Luis Gómez), poderoso productor de una cinta que Mateo dirige y Lena actúa.

A partir de aquí, la trama de Los abrazos rotos (España, 2009) se retuerce por vericuetos imposibles, abnegación, traición y venganza, pasiones enfermizas; sin embargo, la historia se revela simple si se mira desde su estructura temporal, un tiempo presente en el que alguien trata de armar el rompecabezas del pasado; una especie de reedición de la memoria, o de la película mal montada que Mateo dirigió y que cobró la vida de su actriz.

Trabajo de pura cinefilia, el universo de Los abrazos rotos sólo puede existir dentro de una ficción cinematográfica, en este caso la visión de un realizador poseído emotivamente por el gusto estético de historias de amores imposibles, mujeres abnegadas y hombres lastimados.

Poco importa que el referente principal, del que proviene el título, Viaje a Roma (Viaggio in Italia, 1953), sea una obra de Roberto Rossellini, director asociado al neorrealismo; Pedro Almodóvar convierte en metáfora principal de su cinta la imagen de una pareja abrazada y petrificada en Pompeya, durante un viaje de los Joyce (Ingrid Bergman y George Sanders) la contrapone a cualquier intento de naturalismo y verosimilitud, tal como reaccionaba la corriente manierista del siglo XVI, y la integra a su órbita emotiva, ahí donde gravitan sus películas favoritas, la emoción y la nostalgia por escenas y actrices en roles inmortales; sólo el melodrama puede condensar esas imágenes, por eso el director de Todo sobre mi madre lo ha elegido como vehículo privilegiado.

El recurso al melodrama y al humor, el exceso de coincidencias, lo inverosímil, el gusto por lo hiperbólico, no hacen más que disimular la veneración de Almodóvar por sus fetiches; en Los abrazos rotos, Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Douglas Sirk, Rossellini, George Cukor, Mikio Naruse, la cinta Laura de Otto Preminger y demás, decoran el santuario de su cinefilia. Aparece, además, un elemento nuevo, la referencia a sus propias películas, más por nostalgia que por narcisismo; así, la cinta que filma Mateo, Chicas y maletas, evoca Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Si se mira bien, aquello que en el cine de Almodóvar se traduce como influencia de otros directores, reinterpretación y condensación de tramas –como ocurre en el caso de Todo sobre mi madre con Opening Night de Cassavettes y All About Eve (La malvada) de J. Mankiewicz– no es otra cosa más que una incorporación de objetos de culto, objetos de deseo, diría yo, atesorados dentro de una inagotable colección de temas cinematográficos.

Hoy en día, Pedro Almodóvar es el realizador español mejor conocido a nivel internacional, su obra se ha desarrollado a lo largo de tres décadas dejando huella en varias generaciones de cineastas; por sus excesos y disparates, inseparables de su técnica argumental y visual, Los abrazos rotos puede encantar o fastidiar, pero toda crítica seria debe situarse dentro del horizonte creativo de este director manchego.

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