La pantalla en blanco

jueves, 24 de diciembre de 2009

MÉXICO, DF, 24 de diciembre.- Frente a la desolación de la cartelera navideña, inundada de malos estrenos comerciales auspiciados aparentemente por la premisa “el público consume cualquier cosa en vacaciones”, el minimalismo de Los límites del control (Limits of Control, EU/España/Japón, 2009), dirigida por Jim Jarmush, alivia la intoxicación del cine chatarra de esta temporada.

Se trata del trabajo menos complaciente del realizador de Ghost Dog, el espíritu del samurai (1999); Jarmusch pone a prueba la paciencia del espectador proponiendo una anécdota sin trama, personajes sin dimensión psicológica y una acción estropeada a base de repeticiones con un final anticlimático.

Enviado a España en una misión secreta, un extranjero, a duras apenas identificado como Lone Man (Hombre solitario), viaja de Madrid a Sevilla, donde encuentra una serie de personajes misteriosos que antes de intercambiar cajas de cerillos hacen comentarios sobre cine, ciencia o arte en general.

Lone Man pasa días y noches en un departamento madrileño, luciendo un repertorio inverosímil de combinaciones de trajes, practicando tai chi, o sentado en algún café, tomando siempre dos expressos en tasas diferentes; de sus visitas al Reina Sofia se colige que disfruta el arte y los museos. Isaach de Bankole, actor fetiche de Jarmusch, con una maestría en matemáticas y experiencia en el teatro parisino bajo la direccion de Patrice Chereau, interpreta a este solitario; los antecedentes profesionales de Bankole explican la capacidad de este actor, nacido en Costa de Marfil, para llevar la abstracción de su personaje al terreno de las ecuaciones, sin una sola nota falsa.

Los límites del control es una pieza experimental compuesta con elementos heterogéneos de la historia del cine, estereotipos de personajes, un espía (quizá asesino profesional, extraído de Jean Pierre Melville), una rubia letal de Hitchcock, un mexicano de western, tipos extravagantes, entre el thriller y la metafisica de serpientes y escaleras de Jacques Rivette, o alguna mujer desnuda de Godard. El desfile de actores, Tilda Swinton en papel de rubia a la Hitchcock, John Hurt, Luis Tolsar, Gael García Bernal, Bill Murray, resulta tan enigmático como los personajes mismos.

Para un realizador con la trayectoria de Jim Jarmusch, hablar de experimento cinematográfico no implica jugar a la ocurrencia de salida fácil, o apostar a lo incomprensible por demasiado elevado; Jarmusch es un artista capaz de controlar todos lo elementos que componen su obra para permitir que el espectador experimente la propuesta del director. Los límites del control ofrece una experiencia estética en sentido literal, una invitación a la pura percepción.

Jarmusch recurre a una doble estrategia para realizar su objetivo estético; la primera, la utilización de mecanismos de repetición que exigen concentrarse en la imagen más que en la acción, preguntas y frases que se repiten, tales como “¿Habla usted español?”, o gestos y rituales reiterados, como tomar café; la otra, la cámara de Christopher Doyle, el fotógrafo de Wong Kar-wai; el australiano Doyle compone atmósferas de color que integran a Isaach Bankole dentro de un entorno totalmente artificial, retrata paisajes e imágenes que desfilan a través de las ventanas del tren y que rompen el lugar común del mero desplazamiento, provocando sensaciones de desubicación próximas a la alucinación.

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