A tiempo de vals

domingo, 10 de enero de 2010
9a33581c.mp3 MEXICO, D.F., 10 de enero (Proceso).- A partir de este domingo, cada dos semanas aparecerá en este espacio como parte de la Audioteca de Proceso la sección La obra de la semana, en la que se reproducirá la música que nuestro colaborador Samuel Máynez Champion recomienda a través de los artículos que publica en el semanario. La primera entrega es el vals Piedad, de la compositora Ana María Charles (1888-1947) y a continuación reproducimos el texto que alude a dicha pieza.  Como lo había previsto, ni sillas ni atriles estaban en su sitio. Tampoco habían llegado las violas que, desde los primeros ensayos, se habían distinguido por su corrosiva impuntualidad. ¿Para qué derramar bilis con reprimendas si de nada había servido multar a los que llegaran tarde? Mejor abocarse a quitar las tarimas que sobraban y empujar el piano hasta el centro del salón. No en balde se hacía la broma de que era más atinado proponernos como mudanceros antes que como miembros de un ensemble musical. ? Un poco más atrás; ¡No!, ladeando la cola para que el pianista mire al frente… Sí, el nombre no sonaría nada mal: Mudanzas Alauda. El trabajo sucio lo hacíamos siempre los mismos con la esperanza de que nuestro ejemplo cundiera y se hablara de una verdadera labor de conjunto. ¿Cómo pretendíamos tocar bien si nuestro espíritu de colaboración flotaba en un limbo ignoto? ? ¿Cuántos faltan? El tololoche, nada más, pero hay que ser compasivos porque dilata dos horas y media desde su casa y carga el armatoste. ¿Está afinado el piano? ¿Quién tiene un buen la? A ver, señores, acaben de acomodarse que estamos tarde… ¡Bueno, podía estar peor! Comenzamos con razonables 25 minutos de retraso. Al improviso, una fragancia sonora inunda el recinto y un vaivén espontáneo distiende la rigidez habitual del grupo. Con asombro se inquiere de dónde viene esta música... Los chelos comienzan a emitir los tiempos fuertes del compás como gotas sólidas de rocío; los segundos violines sonríen al degustar su ejecución como si fuera una manzana que ronda por los aires. Parece que oídos antiguos recorrieran el contorno de las cosas poblando de vida nuestra inmadurez artística. Un aroma de nobleza fluye de los acordes del piano, del tema inicial emanan perfumes de nostalgia. Nuestros afanes, superados al fin, lograban que la maquinaria humana engranara las notas leídas por vez primera en la exhumación de un vals exquisitamente mexicano. Sí, se trataba de una resurrección llevada a cabo después de un tiempo imprescisable. Acaso una centuria. A través de los pentagramas se colaba una presencia femenil que surtía un efecto reparador en nuestro ánimo. Ya no éramos los músicos que se repliegan en las sombras de su medianía. Al conjuro de la enigmática partitura y del nombre de su autora tocábamos con un deleite hasta entonces inédito. Después de la segunda lectura de la pieza atino a decir que es una música hecha de reencuentros. Mis colegas, tan entusiasmados como yo, me atiborran de preguntas, ? ¿Por qué se llama Piedad? ¿Dónde nació Ana María Charles? Admito con pesar que ignoro muchos datos  y que ya no hay quien pueda sacarme de dudas. ? Maestro, ¿por qué habla usted de reencuentros? Las palabras manan de mis labios para narrar la historia de un descubrimiento entrañable: Transcurrieron muchos años para que yo retornara a la casa de Daniel Saloma, mi primer profesor de violín. Regresaba a ella como hijo pródigo después de haber salido como traidor pues había abandonado sus clases en plena adolescencia para emigrar a latitudes donde la música no fuera un pasatiempo despojado de sentido. El viejo maestro había muerto y su viuda agradecía que yo hubiera sido uno de los pocos alumnos que se había acordado de él durante sus últimos días. Ciego y postrado en un sillón me había escuchado tocar mientras yo me estremecía por dentro al caer en la cuenta de que acatábamos una vieja alianza: gracias a la música que él me había enseñado, podía devolverle en sus horas postreras algo del aliento que me había infundido cuando yo era todavía un niño que soñaba con volverse violinista. En el hogar del maestro se respiraba un vacío benévolo y un gesto de liberación cuajaba el rostro de la señora. Yo la recordaba como una mujer con carácter, madre de una numerosa prole que, contrariamente a los designios familiares había desertado la profesión musical, sin embargo, nunca había sabido que era hija de Ana María Charles (1888-1947), una de las pianistas más fabulosas que ha producido este país. En medio de la charla, la señora confesó que no sabía qué hacer con tantos papeles y que su marido había dado una orden terrorífica. Ya había comenzado, en un momento de hartazgo, a romper correspondencia; ruborizada me dejó saber que acababa deshacerse de las cartas que Venustiano Carranza le había escrito a su madre como admirador entusiasta. Ante el despropósito, me escuché abogando con vehemencia por todo ese acervo que, dada su preeminencia, era patrimonio de la nación. Recuerdo haber hecho hincapié en que las bibliotecas de los músicos, generalmente, tenían destinos atroces y haberme ofrecido para ponerla en orden y catalogarla. Durante tardes enteras sacudí estratos de polvo removiendo cajas y hojeando papeles. Poco a poco, el pasado de la gran pianista se volvía nítido y los contornos de su biografía salían de la bruma Con cubre boca y guantes pasaba revista a sus proezas artísticas sopesando el calibre de su gloria. Manuel M. Ponce se declaraba su más ferviente admirador; Ricardo Castro y Ernesto Elorduy le dedicaban obras para que les hiciera el honor de tocarlas. Un soneto de Juan de Dios Peza yacía dentro de una de sus partituras de batalla. Se leía: Dios te dotó de inspiración secreta, para hablar sin palabras un idioma / que conmueve al artista y al poeta / Cantos de ángel y arrullos de paloma. / Eres la maga que olvidando penas / cautivas con arpegios soberanos / No apartes del marfil las azucenas / que el creador te dio por manos. Recortes de prensa la mostraban en andas de multitudes que la llevaban de regreso a casa después de sus conciertos; brotaban diplomas y constancias inacabables de sus triunfos. !Cuál sería mi sorpresa al revolver programas en donde Ana María, virtuosa ya desde la infancia e hija natural de un gobernador de Coahuila, aparecía tocando a cuatro manos con una parienta mía llamada Margarita Máynez Prince y en dúo con el violinista que fuera mi abuelo, de quien llevo el mismo nombre! A punto de concluir la faena, me topé por accidente con una bolsa de basura que contenía unas extrañas placas de cobre. En ellas estaban grabados los únicos pensamientos musicales que sobreviven de esta fascinante mujer. El encabezado rezaba: Vals Piedad  y, ahora que lo cuento, me atrevo a sugerir que su mismo titulo pudo tratarse de una plegaria atemporal contra el olvido, como si en los objetos quedaran rastros del alma de quien los concibió y éstos se revelaran antes de ser destruidos. En su agonía, el maestro Saloma había sido tajante: “Cuando yo muera quemen todo.”

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