?Recordación continental

sábado, 30 de octubre de 2010
(Primera de dos partes) Acometer una síntesis de la evolución de la música de nuestro continente sin omisiones es una tarea ardua que requeriría de lapsos descomunales de tiempo para su lectura, sin embargo, habría que intentarla para estar en sintonía con las conmemoraciones independentistas que se celebran en Hispanoamérica. Ciertamente, sabemos poco de nuestra historia musical y menos aún de aquella de las repúblicas hermanas. Conjuremos la infructuosidad llevando el oído a las letras… Aunque la “configuración de lo invisible”, como denominaba Da Vinci a la substancia musical haya sido la primera manifestación artística del hombre -llevamos el ritmo implícito en la frecuencia cardiaca y nuestro cuerpo es un instrumento con resonancia- su estudio es un fenómeno tardío, pues la musicología nace en Alemania en la segunda mitad del siglo XIX y las investigaciones encaminadas a descubrir el pasado musical de Iberoamérica son, inclusive, más recientes. Del mundo precolombino hemos de contentarnos con especulaciones e inferencias. Del colonialismo, el registro de la materia sonora ha comenzado y se prosigue con ahínco, mas sobreviven todavía en silencio muchos manuscritos. Del romanticismo hay información abundante. A una difusión aceptable ha accedido el período de los nacionalismos y, en cuanto a las nuevas tendencias, estamos lejos de entenderlas puesto que en el regocijo auditivo se cuela siempre la subjetividad. A la llegada de los españoles, el Nuevo Mundo contaba con una significativa tradición musical; los pueblos indígenas en su totalidad cultivaban la música revestida de su aspecto mágico y ritual; ninguna ceremonia podía carecer de ella; desde el devenir de los ciclos agrícolas hasta los sacrificios dedicados a las deidades eran objetos de festines musicales acompañados de danza y poesía. La estrecha relación que existía entre el poema, el canto y la danza es evidente en la palabra náhua Cuicatl que indica, simultáneamente, los tres medios expresivos. Asimismo, las actividades guerreras y funerarias eran realzadas con todo el fasto sonoro que podían orquestar. Los únicos testimonios a disposición son los instrumentos musicales sobrevivientes, en su mayoría aerófonos, como las flautas de cerámica, las conchas, las trompetas de arcilla y ocarinas diversas. Debemos mencionar a la civilización Nazca del Perú que produjo notables ejemplos de flautas de barro con cañas ordenadas en una sola fila. Una de las primeras crónicas de estos instrumentos fue redactada por Guamán Poma de Ayala. (1) La quena, de concepción simple pero de posibilidades sorprendentes, estaba muy difundida en las poblaciones andinas y ha sobrevivido intacta. Quien visite las riberas del lago Titicaca y escuche a los indios Quechuas ejecutar sus melodías, podrá darse una idea de cómo era la música en el mundo prehispánico. Sobreviven campanas, sonajas e innumerables instrumentos de percusión; se dice que las armadas incas desfilaban al ritmo de tambores cuyas membranas estaban hechas con la piel de sus enemigos. Vale la pena subrayar que los cordófonos fueron traídos del Viejo Mundo. El paisaje sonoro de nuestros sitios arqueológicos se reconstruye con el eco de huéhuetls y teponaztlis. Si la ley que reza que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma” fuese válida para el sonido, podríamos seguir oyendo en una dimensión atemporal el esplendor acústico de aquel pasado que, necesariamente, tendría una equivalencia con la riqueza pictórica y escultórica que abrazaba. La primera escuela de música en América -bajo cánones europeos, por supuesto- fue fundada en Texcoco por Fray Pedro de Gante hacia 1525, trasladándose después a la ciudad de México. Sus cursos musicales incluían la lectura del canto, la ejecución instrumental y la lauderia. De la capacidad de los naturales dio cuenta Gante en un reporte a Carlos V: si fueran a cantar a la capilla de S. M. en estos momentos, lo harían tan bien que quizá, tendría que verlos cantando en realidad para creerlo posible. Hablando de la música en México la marquesa Calderón de la Barca escribiría 300 años después: “...la música en este país es como un sexto sentido”. El derrumbe de los grandes florecimientos culturales de América encerró una codicia que raya en lo obsceno, aunque dada la “buena voluntad” de los misioneros pudo enmascararse con la conversión espiritual de los indígenas; que hayan tenido oro y plata era coincidencia. Curiosamente, la música fue más eficaz que la palabra en dicha conversión. Fray Juan de Zumárraga escribía también al Rey: “más que por la predicación, los indígenas se han convertido por la música”. Poco a poco, las cenizas esparcidas al viento de los postrados imperios se volvieron a mezclar con el canto, esta vez bajo la forma de himnos a la Virgen y a los santos, en español y en lenguas indígenas. Además, los naturales demostraron interés por la composición de la nueva música, pero conviene precisar que la catequesis musical estaba orientada a mantener el monopolio español, es decir, se prefería la producción artesanal, ya fuera en la educación de copistas y lectores de la nota escrita; jamás eran revelados los secretos de la composición polifónica. Inútil negar que el desprecio hacia la creatividad indígena engendraría complejos que siguen vigentes. La tradición prehispánica eximía el pago de tributos a los cantores y ejecutantes, por ende, a los nativos que se sometieran a la educación musical de la clerecía se les respetaron sus antiguos privilegios. La música abrió ventanas para mitigar el vasallaje. Dicha circunstancia condujo a la producción de intérpretes musicales y a que todo estuviera maduro para la implantación del gran arte polifónico europeo. Los motetes y las misas siguieron cultivándose en la Iglesia, pero nacen y se incorporan nuevos géneros musicales como las xácaras y las negrillas. Las xácaras eran anécdotas festivas o humorísticas narradas que derivaron en los corridos; si se adoptaban los giros lingüísticos propios de los esclavos, se denominaban “negrillas”, mismas que se caracterizaban por un ritmo sincopado extraído de la música africana. Paradójicamente, los esclavos de América crearon la música más libre que se conozca: el Jazz y nos regalaron el balafón que habría de convertirse en marimba. Mención aparte merece el Villancico, que dominó con sus diversas modalidades el panorama musical de la Nueva España. Forma literaria con temática navideña que recurrió al lenguaje secular en lugar del latín. Curiosamente, el 24 de Diciembre -fecha astronómica clave para las religiones solares- los mexicas celebraban el nacimiento de Huitzilopochtli, así pues, la fecha constituyó un motivo suficiente para que el villancico arraigara con profundidad y alcanzara su posición dominante en la Colonia. Sor Juana Inés de la Cruz escribió 15 colecciones de villancicos componiendo la música correspondiente; lamentablemente, ésta sigue extraviada.(2) Otras figuras relevantes que enriquecieron la vida musical americana al abandonar su país de origen y ocupar los maestrazgos de capilla fueron: Juan De Lienas cuyos manuscritos yacen en el convento del Carmen en San Ángel, D. F. y de quien se ignora todo.(3) Hernando Franco, formado en la Catedral de Segovia y arribado en 1554 al continente americano, que después de ejercer el cargo en Guatemala fue nombrado maestro de capilla de la Catedral de México y quien organizó la primera huelga – del 13 de Julio al 2 de Agosto de 1582- de que se tenga noticia en el Nuevo Mundo, por su inconformidad con la magra paga que recibían los músicos de parte de la clerecía.(4) El portugués Gaspar Fernández, quien se avecindó en Puebla dejando una vasta producción de música dirigida a la conversión de los naturales.(5) El italiano Domenico Zipoli, quien partió hacia Paraguay y murió en Argentina, dejando tras de sí colecciones de sonatas para órgano, misas y oratorios.(6) Ignacio Jerusalén y Stella (Proceso 1726 y 1748) con extraordinarias dotes de violinista y conocido por sus contemporáneos como “milagro musical”. Introdujo el Bel Canto para suavizar la austeridad polifónica. Juan Pérez Materano quien se estableció en Nueva Granada –hoy Colombia- en 1561, experto en el canto llano y organista; se sabe que dejó un tratado para órgano y canto. Es justo señalar que la Catedral de Bogotá fue un centro por excelencia de la música sacra durante la colonia; sus archivos contienen una de las colecciones más ricas en el Nuevo Mundo de música polifónica europea del siglo XVI y siguen esperando una justa difusión. A la muerte de toda esta generación de europeos transferidos en América, se iniciará un acelerado proceso de declinación musical que no se revertirá sino tiempo después de consumadas las independencias. (Continuará) (1) Nueva crónica y buen gobierno. (1615) (2) Se sugiere la audición del villancico Las flores y las estrellas del criollo boliviano Manuel de Mesa (1725 ca.-1773) sobre un texto de Sor Juana. Pulse la ventana de audio 1/5 correspondiente. (Ensemble Elyma y Coro Vivaldi Els Petits Cantors de Catalunya. Dir. G. Garrido,  K617, 1999) (3)  En el audio 2/5 aparece Coenantibus autem illis de Juan de Lienas (Capilla Virreinal de la Nueva España. Dir. A. Tello CDDP, 1992) (4)  En el audio 3/5 se encuentra una obra del códice Valdés de Hernando Franco titulada Dios itlazo nantzine (Ensemble Elyma Dir. G. Garrido Symphonia digital, 1992) (5)  En el audio 4/5 puede escucharse el arrullo Xicochi, conetzintle de Gaspar Fernández (1570-1629) (Ex Cathedra Dir. J. Skidmore. Hyperion Records Ltd. 1987) (6)  En el audio 5/5 aparece el primer movimiento del Beatus vir (AMCh 006) de Domenico Zipoli (1688-1726). (Florilegium y Solistas bolivianos. APAC, 2005)

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