Insuflaciones anímicas

sábado, 18 de diciembre de 2010
ff7441a9.mp3 (Se inaugura la columna Estro armónico) Para Martín Clavé, amigo de cepa.   Se asevera que el poder de la percepción sensorial pertenece al fenómeno de lo que se experimenta, como un componente no explícito que debe descubrirse sin que intervenga la razón aunque, tendría que intentar reformularlo: hay cosas que se manifiestan con tanta vehemencia que lo ordinario interrumpe su fluir homogéneo para situarse en el cauce de lo sobrenatural. ¿Resulta clara mi tentativa de presentación?... Entiendo que no lo sea, pero a pesar de que la pregunta enturbie las bóvedas de mi memoria, llegó el momento de recurrir a otra vía de expresión para que mis vivencias no se releguen al silencio, sobretodo ahora cuando un despertar inesperado me ha devuelto la voz y se me concede espacio para contarlas. Nací en Paris en 1835 y mi supuesto padre fue un forjador de ilusiones llamado Claude Laurent. Maestro por derecho propio, Laurent repetía durante sus insomnios que la misión de su vida era capturar el sonido del cristal para que oídos incrédulos captaran la vibración del bien y la belleza. Sólo así podía tener sentido su existencia, soplando el vidrio para que el influjo de sus criaturas le aportara sosiego a una humanidad en zozobra continua. Mas no quiero extenderme demasiado en su persona; he de completar su retrato mencionando sus manías de coleccionista y, desde luego, su hazaña suprema. Recuerdo bien los especímenes que atiborraban el atelier familiar. Había varias syrinx, como las que utilizaba el dios Pan, tibias romanas hechas con los huesos del mismo nombre que producían sonidos espectrales, además de incontables modelos tubulares de barro y carrizo provenientes de remotos rincones del orbe. Un arsenal que revelaba sus misterios al ponerse en movimiento por el soplido humano. Como ya lo adelanté, la mayor proeza de mi hacedor consistió en fabricar un tipo de flauta cristalina que resonara con la elocuencia del tornado y la tersura de las nubes. Nuestro interior translúcido debía albergar el aliento de la roca y, sobra decirlo, aquellos que nos arrancaran sonoridades amalgamarían su espíritu con el soplo divino del universo hasta el fin de las eras. Fue así que la leyenda de Laurent tornose realidad y las burbujas de aire de nuestra piel volviéronse una materia codiciada por príncipes, duquesas y advenedizos a granel. Uno de éstos, un hombre inepto carente de talento artístico apodado Napoleón III intentó poseerme, pero los únicos sonidos que expulsó de mis pulidas entrañas fueron remedos que nada más consiguieron ridiculizarlo frente a sí mismo. Dada la infructuosidad de sus afanes se me regaló a una pareja de aristócratas a quienes se les había engatusado prometiéndoles un reino en ultramar. Me envolvieron en seda y con un moño bermejo fui depositada en las manos de la elegante señora. La dama de inmediato se declaró cautivada por mi transparencia y el resplandor de la plata que ensamblaba mis miembros. Su marido se limitó a sonreír y a proponer que su consorte tocara una melodía; había de agradecerse la gentileza del monarca que se deshacía de un objeto tan preciado. De los labios de la desposada brotó un torrente vital y sus dedos obturaron mis orificios para que manara de mi cuerpo una música jubilosa. Madame Charlotte conocía los secretos de la ciencia musical y pude concebir un futuro promisorio. Con su destreza y mis recursos tímbricos podríamos allanar los ámbitos del sueño. Lejos estaba yo de imaginar que nuestros coloquios iban a nutrirse de sobresaltos y que un pronunciado bamboleo daría inicio al viaje sin retorno. Imposible describir lo que sentí al ser desempacada: ante a mi se desplegó un horizonte celeste del que se desprendía una voluptuosa brisa marina. Ante la visión, recreamos otra música que hacía eco de las ensoñaciones de mi dueña y de la soledad que la invadía. Era una mujer cuyo corazón no latía en concordancia con el de su marido y, tanto menos, con sus desafortunados ataques de optimismo. Fueron pocos nuestros encuentros en los aposentos del Castello Miramare porque se empacaron baúles con algarabía y, de nueva cuenta, se me colocó dentro del menaje más delicado que habría de embarcarse. Ulteriores sacudidas perturbaron la serenidad de mi entorno, mientras que en cubierta se hacían planes para llevarle un buen gobierno a pobladores de linaje espurio que no sabían convivir en paz. El panorama que percibí después del prolongado encierro fue portentoso. Una luminosidad intensa se incrustó en mi estructura reflejando las nieves que coronaban dos majestuosos volcanes; reaccioné entonces con particular brillantez en el concierto íntimo que tuvo lugar en el nuevo castillo. Para ahondar la sorpresa, mi sonido adquirió tonos inéditos debido a la finura del aire y al buen ánimo de la flamante emperatriz. Parecía curioso que después de surcar la mar océano su nombre se hubiera trocado por el de Carlota y que a su cónyuge le preocupara más desquitarse de la insidia de su parentela antes que acallar las voces disidentes que fisuraban el vacío. Atrás de lisonjas desmedidas se celaba el resentimiento de una servidumbre ancestral. Convites y festines pretendían enmudecer los atisbos de revuelta. Una última imagen se impregnó en mi superficie antes de que la claustrofobia me atenazara dentro de un tiempo inacabable: Carlota me sostenía con altivez para que un pintor la retratara de cuerpo entero. Cuando trató de insuflar una nota, se coló por la embocadura el sabor de una lágrima. El sonido que emitimos fue tan ríspido como su partida hacía Europa en busca de auxilio. Al parejo que el cuadro, nuestros deleites musicales terminaban en un compás inacabado. Los espejos de Chapultepec habrían de empañarse con el vaho de la ausencia y el estertor de una monarquía maldecida... El 27 de noviembre de 2010 la Biblioteca Claveriana de la ciudad de México convocó a un restringido grupo de invitados a una velada musical amorosamente concebida. Por vez primera abrió sus puertas la casona de la colonia Condesa, sede del recinto, para un convivio que antecede la presentación oficial de uno de los tesoros resguardado a lo largo de cinco generaciones. En medio de joyas bibliográficas, de exquisitas obras de arte y de la adusta galería de retratos, Proceso logró infiltrarse para dar fe de lo estipulado en el programa de mano. Partituras de J. S. Bach,1 F. Couperin, W. A. Mozart y F. J. Haydn sirvieron de vehículo para la exhumación de una flauta de cristal construida en 1835 por el parisino C. Laurent que, en el decir de sus actuales poseedores, fue obsequiada por el entonces emperador de México, Maximiliano de Habsburgo (1832-1867) al otrora director de la Academia de San Carlos Pelegrín Clavé y Roqué (1811-1880) hacia el año de 1866 y que, al parecer, ha estado en silencio por más de 14 décadas. Congruente con sus políticas, Proceso refutó el anacronismo de las obras escogidas y sugirió la inclusión de un repertorio con mayor atinencia al periodo, por ejemplo, los conciertos para flauta de Saverio Mercadante (1795-1870), quien aleccionó a Jaime Nunó Roca (1824-1908). Algunos de los asistentes afirmaron que entremezclado con las volutas que despedía el instrumento, se materializó el espectro de una mujer con crinolinas que soplaba con tristeza infinita. Otros aseguraron que ciertos acordes disminuidos que flotaron en el aire se confundían con los tronidos de las piedras que aún permanecen en el cerro de las campanas… (1) Se recomienda la audición de la Siciliana en Mi bemol mayor para flauta y continuo de la Sonata BWV 1031 del Kantor de Eisenach. La obra está disponible en la ventana de audio correspondiente.  La ejecución corresponde, efectivamente al ejemplar citado en el presente texto. Grabación en vivo del  27/XI/10. Cuahtémoc Trejo, Flauta de cristal. José Suárez, continuo. Edición de Fernando Hurtado.

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