"Fidelio"

jueves, 30 de diciembre de 2010

MÉXICO, D.F., 30 de diciembre (Proceso).- El genio de Beethoven (1770-1827) fue tan enorme que alcanzó el éxito en el campo de la ópera, que le era ajeno, con sólo una obra: Fidelio. Pero además revolucionó el panorama operístico mundial y el arte del canto: con Fidelio nacen los cantantes “heroicos”. Ningún compositor había exigido tanto a la voz humana.

Fidelio, estrenada en 1805, no fue un éxito fácil, Beethoven revisó la obra en dos ocasiones y la consolidó en su versión definitiva en 1814.

Nada pudo ser más adecuado que Fidelio para que la acéfala Ópera de Bellas Artes regresara a casa como parte de la temporada de reapertura de la sala principal del Palacio. Se habló en su momento de homenajear a quien canta el Florestán: Francisco Araiza, por sus cuarenta años como solista (y por sus triunfos internacionales).

En esta ocasión, el personaje de Leonore le fue confiado a la soprano rusa Elena Nebera, cantante de gran solvencia artística, voz grande, oscura como de mezzo, pero que a ratos, en los agudos, no maneja del todo bien.

La Marzelline resultó muy bien cantada por la soprano mexicana María Alejandres, así como su compañero Jaquino, estupendamente interpretado por otro joven mexicano: Emilio Pons, actualmente discípulo de Araiza.

Una mención especial para el bajo-barítono español Rubén Amoretti, que encarnó al malo de la obra: Pizarro, el gobernador de la prisión. Su desempeño fue memorable: hermosa voz, gran dominio técnico y actoral; su siniestro personaje, totalmente creíble; buen manejo del idioma alemán. Como el resto del elenco, Rubén Amoretti  es un profesional honesto y muy competente.

El Rocco, padre de Marzelline, lo cantó casi de último momento el bajo-barítono alemán Carsten Wittmoser, quien vino a hacer una suplencia. Poseedor de hermosa voz tanto al cantar como al hablar, representó un muy creíble Rocco, con gran dominio canoro  y actoral.

No podemos soslayar el impresionante trabajo de dirección escénica de Mauricio García Lozano, quien trabajó con una escenografía de Jorge Ballina. Esta dupla (la más exitosa de las últimas décadas) la habíamos visto en Don Giovanni en 2009, pero ahora estuvo mejor porque, a diferencia de esta ópera (donde casi no hay nada simbólico), en Fidelio abundan los simbolismos. La obra de Beethoven fue traída a la época actual y no se siente, ni molesta, pues una cárcel es una cárcel hoy o hace 300 años. El director concertador fue el maestro griego Niksa Bareza, impecable lectura de la obra, acaso un poco fuerte su sonido orquestal en algunos pasajes, ocasionando que a ratos se oyeran poco los solistas heroicos. Esta producción de Fidelio está a la altura de lo mejor del mundo. Hacía mucho que no veíamos una ópera de este nivel en México, hecha por mexicanos: ¡Sí se pudo!