Un hombre serio

viernes, 12 de febrero de 2010

MÉXICO, D.F., 12 de febrero (Proceso).- Los admiradores de los hermanos Cohen respiramos tranquilos: la veta creativa permanece a pesar de los Oscar a No Country For Old Men y de cintas más complacientes, como Quemar después de leer; la popularidad obtenida dentro del cine espectáculo les garantiza seguir realizando proyectos a la altura de Barton Fink (1991) o de Paseo con la muerte (Millers Crossing, 1990).

Sin lugar a dudas, Un hombre serio (A Serious Man, EU, 2009) puede leerse como una parodia del Libro de Job trasladada a las inmensas planicies de Minnessota, tierra natal de los Cohen. Son los años sesenta: Una cadena de catástrofes abaten la moral de Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), cuya carrera de profesor peligra, entre choques y problemas económicos, mientras su mujer pide el divorcio para casarse con otro miembro de la comunidad judía; un hermano, el tío Arthur, se ve envuelto en problemas con la policía, y el hijo menor, a punto de recibir su Bar Mitzvah, vive enajenado por la televisión y la mariguana.

Larry, un hombre serio que cumple al pie de la letra con el perfil del buen judo ashkenazi americano, se pregunta cuál es el mensaje de Dios; las consultas y las respuestas de los rabinos, que de hecho estructuran el relato, van de absurdas a meros disparates teológicos, tales como mirar el estacionamiento para entender la voluntad divina o la anécdota acerca de un dentista que descubre inscripciones en hebreo en los dientes chuecos de un paciente, un goy (no judío), para colmo. Lo que más disfrutábamos durante la filmación era encontrar nuevas maneras de torturar a Larry, confiesan los directores.

Por hilarantes que resulten algunas situaciones y muchos de los tics culturales dentro de esta comunidad, recreada a partir de recuerdos personales de la infancia de los Cohen en un suburbio de Minneapolis, no puede asumirse, sin embargo, que Un hombre serio sea una película cómica como lo fue El gran Lebowski; una nube negra amenaza toda existencia, el sentido de la vida no depende de lo bien o de lo mal que un individuo practique sus creencias; el pathos impregna la personalidad de Larry, la única certeza que permite la cinta es que la cosas pueden tornarse incluso peor.

Si se mira bien, los Cohen no defienden la causa del ateísmo ni tampoco se mofan de Dios; seguramente la tarea de Larry es reconocer que debe aplicar a su vida los temas que enseña en la universidad, la Paradoja de Schrodinger y el Principio de Incertidumbre de Heisenberg; la misión que los Cohen se atribuyeron a sí mismos en esta cinta fue establecer el principio de incertidumbre como ley narrativa, todo dentro de la impecable composición que retrata la cámara de Roger Deakins.

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