Mongol

viernes, 19 de febrero de 2010
MÉXICO, D.F., 19 de febrero (apro).- Si Sergei Bodrov termina por completar su trilogía histórica sobre Genghis Khan, el resultado podrá figurar entre las grandes épicas del cine ruso, al lado de La Guerra y la paz (Sergei Bondarchuk, 1967), o de otras tantas superproducciones durante el desarrollo paralelo y alternativo de la cinematografía soviética, aunque en esta nueva era la envergadura del proyecto implique un consorcio de mercado trasnacional formado por Kasajastán, Rusia, Mongolia y Alemania. En esta primera parte, El conquistador (Mongol) abarca la infancia de Temudjin, futuro Genghis Khan, hasta el momento de la conquista y sumisión de todos los clanes y territorios mongoles por parte del joven Temudjin (Tadanobu Asano), a principios del siglo XIII. El huérfano que llegara a conquistar una quinta parte del planeta sufrió persecución por parte de los asesinos de su padre, pobreza y esclavitud. Apoyados en los estudios del especialista ruso Lev Gumilyov, Bodrov y su coguionista Arif Aleyev rompen con el estereotipo del monstruo Genghis Khan. Temudjin habría sido un visionario que aspiraba a unificar a los mongoles bajo leyes simples, como la de respetar a niños y mujeres, jamás traicionar al Khan; el temible guerrero habría sido un hombre cabal, buen esposo y padre de familia; claro, dentro de una especificidad cultural, la de los mongoles, que la cinta muestra en un tono casi etnográfico: yurts (tiendas), vestimentas, ritos matrimoniales, importancia de la leche como bebida sagrada. Sin embargo, Mongol no busca la apología del personaje, Temudjin es humano, dimensión que el director nunca pierde de vista; las lecciones de vida las engendra la necesidad de sobrevivir. Un sentido innato de justicia y una bravura a toda prueba serían las cualidades básicas de este conquistador. Voy a unificar a todos los mongoles, aunque tenga que matar a la mitad de ellos, sentencia el guerrero legislador. La concepción visual de la cinta se adapta a la inmensidad de la estepa, al clima extremo de la región, la nieve y las grandes tormentas; Bodrov desliza temas como el temor al trueno de los antiguos mongoles, el chamanismo y la fe de Temudjin transmitida por su padre. El mérito principal de Mongol deriva del equilibrio que mantiene el realizador ruso entre necesidad histórica y evolución de la conciencia de su personaje. Asano Tadanobu, el gran actor japonés, famoso por sus actuaciones zen, interioriza el mito de Genghis Khan en todas sus facetas, del amante fiel y apasionado, hasta los momentos de máximo estoicismo donde Temudjin, prisionero en una jaula, se convierte en estatua.

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