Homenaje In Memoriam a Carlos Montemayor

miércoles, 21 de abril de 2010

MÉXICO, D.F., 20 de abril (apro).- “Custodio de las voces ocultas”, sus palabras fueron la mejor semblanza de lo que fue y de lo que es: En una gran pantalla ubicada al centro del auditorio Jaime Torres Bodet, del Museo Nacional de Antropología, donde se le homenajeó In Memoriam, se proyectó la esencia del poeta Carlos Montemayor.
“Vivimos un gran abismo entre la cultura prehispánica y la indígena actual. Aplaudimos la figura abstracta del pasado y nos avergonzamos del presente. Exaltamos la memoria pasada como mestizaje, pero nuestro racismo se pone al descubierto frente al indio real. Celebramos el mundo prehispánico pero discriminamos a los indios de carne y sangre de hoy”, se le escuchó decir en un discurso de hace un par de años y esta noche se reprodujo ante la llorosa mirada de su viuda Susana de la Garza y una multitud que lo aplaudía.
“Cuando negamos la herencia milenaria de los pueblos originarios, creemos que nuestra historia abarca los últimos 500 años. Perdemos el privilegio y el honor de poseer la historia milenaria de estas culturas. Cuando logremos unir en nosotros todos los Méxicos y pueblos que somos, cuando podamos sentir como nuestras todas las lenguas que ya describían y cantaba nuestro territorio antes de que apareciera en el mundo la lengua en que ahora hablo, reconoceremos que este país puede ser un país más justo y noble”, decía y sigue diciendo el maestro que no deja de escucharse.
En aquel momento, el año 2007, cuando recogió el VII Premio Fundación México Unido, a la Excelencia de lo Nuestro, recordó las palabras de su padre antes de morir. Cuando hablaban de cosas “importantes” o “graves”, aclaró antes, se hablaban de usted: “Mire mijo. Lo más importante es que nos quisimos toda la vida, y mucho. Eso es lo que importa.”
Sus palabras se difuminaron entre diapositivas y la promesa de que todo quedaría en su canto de poeta.
En el homenaje organizado por la Fundación México Unido, participaron Ignacio Solares, director de la Revista de la Universidad, y el poeta Vicente Quirarte.
Ignacio Solares Recordó a quien, dijo, “fue un custodio de la palabra, de nuestras lenguas indígenas. Nadie describió la tarahumara como él”, dijo en entrevista con Apro.
Solares transita en la nostalgia por el amigo que fue de él Montemayor desde los diez años, con quien jugaban a las pistolas; por el compañero de preparatoria, cómplice de gustos literarios y con quien compartió sus primeras “dudas” religiosas; por el “ser humano entrañable” y “uno de los más grandes escritores de este país en los últimos años”, que mucho antes de partir le robó su admiración, como a tantos. “Guerra en el paraíso quedará para siempre en la historia”.
La partida de Montemayor dejó un “hueco enorme”, confesó Solares conmovido. “Pero no solo en los que lo quisimos: le dejó un hueco a la literatura mexicana y, sobre todo, a la literatura chihuahuense”. Falta su voz “absolutamente intransigente y auténtica”.
Colaborador de Proceso, Solares describió al maestro: “Él estaba con los que padecen la historia, no con los que hacen la historia. Él creía en esas voces ocultas marginadas que supuestamente no oímos. Era una persona absolutamente excepcional.
“Suponía que la humanidad empezará a merecer su nombre el día que cese la explotación del hombre por el hombre.
“Fue, por sobre todas las cosas, escritor; pero fue amigo y un enamorado de su tierra natal. Ser de Chihuahua (en especial Parral) es el mejor lugar para nacer en todo el mundo.”
Ahí descansan las cenizas que son, desde que el último día del pasado febrero, a los 62 años, el corazón de Carlos Montemayor dejó de latir tras el embate de un fulminante cáncer de estómago.
Solares recordó al compañero con que dejó sus montañas, sus planicies, sus ríos, sus fronteras, para llegar a la Ciudad de México.
No olvida las reuniones que entonces organizaba el maestro con sus paisanos Víctor Hugo Rascón Banda, Sebastián, Joaquín Armando Chacón, José Vicente Anaya, Benjamín Domínguez y el propio Solares. Conversaciones “rociadas con vino” que, al final, siempre engalanaba la voz del poeta con su canto.
Vicente Quirarte, por su cuenta, habló del “desconcierto” que provoca la partida súbita de un hermano, de un hombre de “desierto y mineral: el amigo siempre estaba ahí, como la montaña, para proteger… sin pedir nada”.
Poeta auténtico, “voz de otros” que peleó la inequidad, “sus poemas exigen la sustancia de la tierra. En ellos le canta y la redime”, dijo Quirarte del autor de La guerrilla recurrente.

jpa
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