Alicia y las maravillas de Tim Burton

jueves, 8 de abril de 2010

MÉXICO, D.F., 8 de abril (Proceso).- De las múltiples adaptaciones al cine de los relatos de Lewis Carroll (una veintena desde la época silente), ésta de Tim Burton, Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, EU, 2009), es las más constreñida; la ecuación que combinaba al controvertido autor –sospechoso de pedofilia debido a sus elocuentes fotografías de niñas desnudas o semidesnudas– con el tortuoso mundo del director de Beetlejuice prometía demasiado.

Pero por más independencia que ofrecieran los Estudios Disney, había que guardar las apariencias frente al público infantil, principal cliente de la productora; y aunque uno de los temas principales del libro original sea el sinsentido (nonsense), tema al que se aficionaba Carroll, matemático de Oxford, el guión de Linda Woolverton optó por la lógica que supone un enfrentamiento entre el bien y el mal, la heroína y el dragón, en el mundo paralelo donde regresa Alicia (Mia Wasikowska) en edad ya casadera.

El dilema entre someterse a un matrimonio indeseado que la sociedad victoriana impone a Alicia o la posibilidad de romper con las reglas eligiendo acceder al mundo masculino convierten el alucinante relato de Carroll en un conflicto a la Jane Austen sazonado con un feminismo simplista del siglo XX. Así, el dragón representaría a la familia y a la sociedad represivas de las que anhela escapar cualquier chica inteligente. Nada más alejado del estado mórbido que atraviesa Víctor en El cadáver de la novia, la cinta de Burton donde también se enfrentan mundos paralelos. Quizá por esto Alicia parece deslavada frente a los demás personajes de Wonderland.

Lo mismo puede decirse de la Reina Blanca (Anne Hathaway), de quien se nota que Burton y la guionista intentaron marcar el lado oscuro, pero nunca lo llevan suficientemente lejos como para cobrar un peso en la sicología del personaje.

El genio gótico de Tim Burton sobrevive en los personajes oscuros de la cinta: la Reina de Corazones (Elena Bonham Carter), auténtica reina sangrienta, cabezona remedo de Betty Davis decapitando ranas, es puro placer culpable; las texturas de los personajes animados, como la oruga, el conejo o el gato, con las voces de actores como Stephen Fry, Michael Sheen o Alan Rickman, crean un ambiente de pesadilla.

En cuanto al dragón, Jabberwocky, encarnacion del mal y con voz de Christopher Lee, más afín al bestiario del director, cobrando vida al ritmo de la partitura de Danny Elfman, con un despliegue en espiral donde Burton luce lo mejor de su talento como animador, ofrece los mejores momentos de la cinta.

Mad Hatter (el Sombrerero Loco) es otra creación de Johnny Depp; mezcla del Espantapájaros de El Mago de Oz, de Willy Wonka (Charlie y la fábrica de Chocolates), y por lo tanto del difunto Michael Jackson, el protector de Alicia camina por el filo de la locura, devora con los ojos a su protegida y transmite un mundo interior aun más oscuro que el que habita.

La tercera dimensión, 3D, agregada en la posproducción de la cinta, impone su ley distrayendo al espectador con elementos menores en cada escena, a veces mera basura; el gótico de Burton, normalmente resultado de la atmósfera inquietante donde cada elemento responde al otro dentro de una sola composición, pierde eficacia. Si acaso vale notar la sugerencia del viaje lisérgico con los hongos que crecen y brillan al final de la película.