McCartney: rock con cirugía plástica

viernes, 28 de mayo de 2010

México, D.F., 28 de mayo (apro).- En la década de los setenta, concluido el delirante festival de Woodstock, algunos especialistas en música comenzaron a decretar que el rock estaba muerto; con su vigencia, Paul McCartney podría demostrar lo contrario y decir: no se murió, tal vez sólo se tiñó el pelo, se hizo unas cuantas cirugías plásticas y lo patrocina Coca-Cola.

En un país declarado por algunos como estado fallido, donde el “presidente del empleo” no resultó tal y algunos niños juegan a ser narcotraficantes, el roquero logró vender en tan sólo un par de horas más de 100 mil boletos para dos fechas en el Foro Sol.

El tercer concierto en México del miembro originario de “The Beatles” --considerado por algunos como el grupo más importante en la historia de la música popular en todo el planeta -- no ofreció muchas sorpresas, tanto en repertorio como en espectáculo. Sabe que su público quiere escuchar las clásicas “Yesterday”, “Let It Be”, “Hey Jude”, bailar un rato y pasarla bien. Y les cumple. 

Hola chilangos

Los Beatles nunca vinieron a México, pero este país ha mantenido un idilio con la banda inglesa al grado de contar con una estación que los programa a diario e incluye una hora de sus sencillos.

En Insurgentes, la avenida más grande de Latinoamérica, existen al menos cinco bares temáticos del cuarteto originario de Liverpool. Sin contar a grupos como La Morsa o Liverpop, que viven de tocar los covers de la banda, ni las tiendas especializadas en vender la mercancía original de la banda inglesa.

Con esa obsesión casi religiosa, los fans se apoderaron de la página de Ticket Master y en tan sólo un par de horas dieron tantos clicks como para llenar dos veces el Foro Sol, con cupo para 50 mil personas. Miles de seguidores del Beatle ni siquiera se enteraron de las fechas, es más, unos incluso no sabían que venía a México. Pareciera que ver en vivo a Paul en México fuera sólo privilegio para coleccionistas.

Paul McCartney no se ha caracterizado por ser el más politizado de los roqueros. El año pasado, cuando Peter Gabriel vino a México, se solidarizó con las muertas de Juárez y logró una audiencia con Felipe Calderón. En su turno, el fundador de Pink Floyd, Roger Waters, se opuso a la construcción del muro divisorio entre México y Estados Unidos. Pero para el multimillonario Paul todo es risa, baile, contoneo y rock and roll.

El miércoles 26 de mayo la Selección Mexicana perdió contra Holanda 2-1. Es común que el país se paralice cuando actúa el conjunto azteca y más que medio mundo llegue a la oficina vestido con “la verde”; seguro esos aficionados se hubieran cimbrado al ver que en el Foro Sol todos “le van” a Inglaterra, o por lo menos, se visten como ingleses y ondean la bandera de la Reina.

Chispea, luego arrecia y la bandera inglesa se cubre con bolsas de plástico azules llamadas “capas” que venden los comerciantes en 25 pesos.

Sale Paul, Sir Paul, vestido como un Sargento Pimienta moderno. Con traje gris Oxford inglés perfectamente cortado, elegante y un bajo como diseñado exclusivamente para él. Sonríe e inicia con un clásico de Wings, su banda como solista, Venus and Mars.

Acaba la canción y saluda con un inesperado: “Hola Chilangos”.  Unos lo toman bien, otros pésimo. Así lo evidenciarían las redes sociales en la madrugada.

Pero Sir Paul no estaba equivocado. Quienes viajaron en coche tuvieron que soportar un avance del tráfico casi imperceptible sobre Viaducto, los que llegaron en metro se toparon con una ola de ambulantes con cajas y cajas de playeras, tazas y chácharas “de calidad”; los revendedores colocaban en precios estratosféricos los boletos del concierto frente a los propios policías, sin que éstos se los impidieran, y los agentes de Tránsito multaban mientras que unos “viene-viene” aceptaban  una moneda por acomodar los autos. Así es la tierra de “los chilangos”. 

Quien no viene vestido con una prenda alusiva a Los Beatles lo hace en cuanto pisa el Foro Sol. La variedad de artículos va desde llaveros de diez pesos que parece se desprenderán en cualquier instante, hasta la mercancía oficial. Paul es de los pocos que puede juntar a todos “los segmentos económicos”: clase A+, A, B, C. Multimillonarios, millonarios, ricos, clase medieros y los que no tienen ni para comprar una cerveza en toda la noche.

El repertorio sigue con más canciones de Paul de solista: Highway, My Love y Let 'Em In.

El roquero inglés logra tal contacto con sus seguidores que parece una misa de negros, un ritual, una clase de zumba. Con Let 'Em In los pone a aplaudir y silbar; My Love, a abrazarse y bailar pegados; Sargento Pimienta, saltar; Helter Skelter, gritar, y Let It Be, llorar…

Paul evoca cada que puede a “The Beatles”, a su amigo “George” al que le canta Something y a “John” a quien dedica Here Today. Coloca imágenes de ambos en el escenarion que provocan el delirio de los mexicanos. Sabe aprovechar su figura como exBeatle: sólo dos personas vivas en el mundo gozan ese privilegio, él y Ringo, a quien, por cierto, no  mencionó.

Casi todos están contentos con el espectáculo; la excepción: la prensa del corazón. Los reporteros comentan que ya se tienen que ir, que Bárbara Mori estará en un antro. Antes de que termine el concierto la mitad ya partió.

Paul no ha perdido la voz, si acaso la modula y se vale de los coros de su conjunto, integrado por Abe Laboriel, sobrino de Johnny  Laboriel, un enorme hombre negro que toca la batería con un vigor sólo comparable con Keith Moon. En lugar de George y John, tiene a dos jóvenes y virtuosos guitarristas. Un pianista de escaso pelo lo acompaña en canciones como The Long and Winding Road.

Para ser el músico más rico del mundo, el espectáculo que ofrece Paul es más bien simple. Comparado con grupos que se esmeran por montar shows grandiosos como Iron Maiden, Pink Floyd o los Rolling Stones, McCartney se conforma con sus cuatro músicos y lanzar unos cuantos fuegos artificiales al aire.

En un país en guerra –Felipe Calderón se la declaró a los capos del narcotráfico al iniciar su sexenio--, Paul cantó la canción de Lennon Give Peace a Chance (Demos una oportunidad a la paz). Los presentes la corearon con el signo de amor y paz en los dedos. Fue la máxima y única manifestación política de la noche, el recuerdo de la era hippie.

Fuera de decir “gracias”, “estamos muy contentos de estar aquí” y frases similares, Paul no habló mucho. Se dedicó a disfrutar la noche, a contonearse, a gozar de la luz de los encendedores, que tanto le gusta.

Los asistentes comienzan a cantar más cuando el Beatle pasa a los sesentas e interpreta las clásicas Eleanor Rigby, Obladi Oblada, I've Got a Feeling, A day In The life, Yesterday, Let it Be y Hey Jude.

El coro de esta canción, que se remite a decir “Na-na-na-nananna”, hizo llorar a más de una mujer.

Después de despedirse, regresar, invitar a una fan a bailar y volver una segunda ocasión al escenario, Paul se va y regala su bajo a uno de sus admiradores en un gesto muy de él; por algo siempre ha sido visto como “el chico bueno del rock”. En los tiempos de Woodstock, Pete Townshend, de los Who, hubiera roto su guitarra sobre la cabeza de quien se atreviera si quiera a rozarlo; pero como él mismo dijo en una canción: “Larga vida al rock, esté vivo o muerto”.

 

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