Kazuo Ohno (1906-2010): De la obscuridad a la luz

martes, 8 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 8 de junio (Proceso).- Con la muerte del japonés Kazuo Ohno el pasado 2 de junio, el arte contemporáneo pierde a uno de  sus pilares fundamentales. Bailarín hasta sus 100 años, Ohno fue junto con Tatsumi Hijikata (1926-1949) creador de la llamada danza Butoh, forma dancística surgida como un movimiento de respuesta al horror genocida creado por  los estadunidenses después de que lanzaran bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaky.

Y, de paso, en contra de la propia estética de la danza contemporánea japonesa

que pretendía ignorar la desgracia que vivieron miles de inocentes en uno de los actos más infames de la época actual.

Arte de la inmovilidad, de la expresión milimétrica que concentra la energía, el Butoh en su origen es por definición un espectáculo terrible al retratar sin misericordia la destrucción externa e interna del ser humano, y la pulsión irrefrenable que siente éste por aniquilar la vida. Pero al mismo tiempo, es una forma artística que toca las profundidades del budismo zen  y del shintoísmo.

Expresiva y abstracta, siempre está implícitamente relacionada con la muerte y el caos y temáticamente se centra en la destrucción y la creación, en el apocalipsis y el renacer.

Las primeras obras de Butoh aparecieron en los años cincuenta con Kazuo Ohno, Tatsumi Hijikata y Kasai Akira. Y aunque para Hijikata el eje central del Butoh es el sentido mismo de hacerlo y el imperativo espiritual por ejecutarlo, su forma siempre fue fácil de identificar: cuerpos desnudos pintados de blanco, cabezas rapadas y movimientos controlados al límite, desarticulados a veces, gráciles y de belleza infinita en otras, pero siempre llevados a cabo con lentitud angustiante para el ojo no preparado.

El terror

La primera obra de Butoh fue Kinjiki (Colores prohibidos), de Tatsumi Hijikata, estrenada en 1959 en un festival de danza en Japón. Basada en el libro del mismo nombre de Yukio Mishima, la puesta en escena exploraba el tabú de la homosexualidad y la pedofilia. En el final se veía a Yoshito Ohno –el pequeño hijo de Kazuo– con un pollo vivo sostenido entre sus piernas mientras Hijikata lo perseguía por el foro hacia la oscuridad.

La idea de que el pollo habría muerto estrangulado por Hijikata, causó una enorme animadversión por parte del público, a lo cual siguió el escándalo, y el coreógrafo fue vetado en todos los escenario japoneses y considerado un iconoclasta con problemas mentales.

Ohno, por su parte, era un maestro de educación física que empezó a tomar sus primeras clases de danza a los 46 años, de la mano de la alemana Mary Wigman, quien se especializaba en danza expresionista. Durante los años sesenta colaboró con Tatsumi Hijikata y sus primeras piezas fueron interpretaciones de obras literarias de occidente. En 1977, cuando tenía 71 años, llevó al foro su pieza catalogada como magistral, Admirando a La Argentina, durante la cual se transformaba en la legendaria bailarina de flamenco. Cuando se presentó en Nueva York, la famosa crítica del New York Times, Anna Kisselgolf, lo catalogó como un bailarín que lo mismo tocaba los extremos de la belleza sincera del Oriente como las formas más absurdas del movimiento Drag Queen.

En el libro Tonos de oscuridad, de Jean Viala y Nourit Masson-Sekinea, Ohno es descrito como el “alma del Butoh”, mientras que Hijikata “su arquitecto”. Pero el hecho es que cada uno desarrolló su propia metodología, esparcida más tarde por sus alumnos por el mundo entero.

Los estudiantes de Hijikata se enfocan siempre en la parte temeraria de estimular el sistema nervioso, mientras que los de Ohno en temáticas más orgánicas. Los maestros que pasaron largo tiempo con Ohno suelen ser más eclécticos en su aproximación a la danza y tratan de imprimir a sus propias propuestas el toque espiritual que buscaba siempre.

Al paso del tiempo, mientras el horror de las bombas atómicas quedó en la memoria de las nuevas generaciones japonesas, Ohno siguió siendo referencia vital del horror y la iluminación de lo sucedido al final de la segunda Guerra Mundial. A la vez lograba influir a grupos de enorme trascendencia como Sankai Juku, de Ushio Amagatsu, considerada actualmente como la mejor compañía de Butoh en el mundo.

Con suaves lirios acuáticos en sus brazos, Kazuo Ohno, a sus 83 años de edad, dejó pasmado al público que lo vio en 1989 en el Teatro Juárez de Guanajuato durante el Festival Internacional Cervantino (Proceso, 678). Nunca más regresó.

 

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