El secreto de sus ojos

miércoles, 9 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 9 de junio (Proceso).- La frase clave de la cinta del argentino Juan José Campanella, El secreto de sus ojos (Argentina, 2009), “Por más que cambie, un hombre no puede cambiar de pasión”, formula el intento cobijado por la adaptación de la novela de Eduardo Sacheri (La pregunta de sus ojos): Encontrar un punto de encuentro entre una historia de amor, el thriller negro y el discurso político.

El agente judicial Benjamin Esposito (Ricardo Darín) acaba de jubilarse, ahora trata de hacer las paces con su pasado escribiendo una novela sobre el asesinato de una joven, perpetrado hace un cuarto de siglo; el crimen quedó impune, durante la investigación se enamoró, sin esperanza, de una mujer, Irene (Soledad Villamil), inalcanzable por su estatus de casada y quizá porque ocupa un puesto superior en la policía. La doble obsesión del jubilado se condensa en el recuerdo de la tristeza en la mirada de Morales (Pablo Rago), viudo de la chica asesina.

Con un mínimo de maquillaje, Campanella se apoya en las actuaciones de sus actores para alternar los tiempos narrativos; en la mente del espectador se acomodan presente y pasado hasta resolverse en un solo tiempo; así, el tono gris en el que ahora vive el jubilado contrasta con el nerviosismo de la década de los setenta, el desasosiego de la amenaza de la ultraderecha argentina, la represión feroz a punto de desatarse. Apenas un cambio en el color del cabello de Ricardo Darín, o un par de lentes en el caso de Soledad Villamil, sin insistir demasiado en la moda y la ambientación.

La pasión, la de Esposito, la del asesino o la del viudo, articulan coherentemente tiempo narrativo y personajes; también el tema de la pasión apoya la metáfora política de la cinta, la necesidad de denunciar la impunidad y crimen de un gobierno represor, o la inagotable historia de amor del pueblo argentino por el futbol.

Con un largo e imposible plano, una cámara que llega del cielo capta un juego de futbol haciendo creer en el simple recurso del helicóptero; la cámara aterriza entre los espectadores del estadio Huracán y se dispone a preparar una trepidante escena de persecución. Un buen ejemplo de cómo pueden aprovecharse los efectos digitales en el cine para contar una historia.

Juan José Campanella no pierde el gusto por el melodrama; al igual que en El hijo de la novia, este director bonaerense no titubea en explotar las emociones inevitables que provoca la injusticia o la pérdida de un ser querido. Pero en El secreto de sus ojos la emoción es parte de la acción, como ocurre cuando Irene hace reaccionar machistamente al asesino para obligarlo a confesar. Podría decirse que Campanella aprendió a colocar la emoción más en el espectador que en el actor. En general, el cine argentino de la última década ha desarrollado esta capacidad para conmover sin necesidad de exponer a sus actores al ridículo.

Otra cualidad de la cinta es el diálogo, agudo y espontáneo, pues la verbosidad de la cintas anteriores de Campanella parecía conducir su trabajo al desastre, como en Luna de Avellaneda, 2004.

 

 

 

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