Los festejos patrios de 1910, por Mauricio Tenorio

miércoles, 15 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 15 de septiembre (apro).- En febrero de 1996, la prestigiosa publicación británica Journal of Latin American Studies incluyó en 30 páginas de su volumen número 28 un brillante estudio del historiador mexicano Mauricio Tenorio Trillo (La Piedad, 1962), sobre las fiestas del Centenario de la Independencia nacional en la Ciudad de México hace un siglo.
    Dicho ensayo desarrollado en inglés llevó por título Mexico City 1910: Space and Nation in the City of the Centenario, que se traduciría como La Ciudad de México 1910: Espacio y Nación en la Ciudad del Centenario.
Su investigación fue planteada por Tenorio Trillo desde los primeros párrafos, así:    
“Específicamente, estudio la celebración centenaria de la independencia de 1910 y su materialización. Pero lo que pretendo examinar son las miradas ideales bajo las cuales el Centenario fue concebido. Aquellas miradas, pese a que nunca concretaron su materialización, tallaron los parámetros dentro de los cuales las realidades sociales, políticas y económicas fueron discutidas.
“Ofrezco el mapa de esta celebración no únicamente para confrontar las geografías culturales verdaderas o falsas de la Ciudad de México. Mi propósito más bien demarcar cómo ciertos axiomas culturales (por ejemplo: nación, estado, lo cosmopolita, cultura e historia y nacionales) fueron contempladas en un momento histórico específico.”
    Profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y autor de múltiples libros como el reciente Historia y celebración. México y sus centenarios (Tusquets Editores, México 2009, 249 págs.), Tenorio escribe en el apartado “Postal del Centenario”:
“1910 vio el cumpleaños del centenario como el comienzo de la guerra de independencia para México. Consecuentemente, tal año se planeó para ser la apoteosis de una conciencia nacionalista; estaba destinado a significar el clímax de una era y en muchos sentidos, así fue.”
    Por un lado, asegura, “representaría el testimonio del éxito económico de un régimen” y por otra parte, “el Centenario documentó los logros de México en dos ideales supremos: progreso y modernidad”.
    El porfiriato estableció a comienzos de 1907 la Comisión Nacional del Centenario que entre 1907 y 1910 recibiría una abundante constelación de proyectos, por ejemplo:
“Cambios en el nombre de calles, montañas y avenidas; espectáculos aéreos, parques, monumentos; transformaciones a la bandera nacional, a los símbolos patrios y al himno de México; liberar presos políticos, y hasta un esquema para que las hijas de la elite porfiriana educasen a sus criadas.”
    Sociólogo egresado de la UAM Azcapotzalco en 1985, Mauricio Tenorio Trillo apunta que se aceptó la mayoría de las solicitudes emanadas de los miembros de la clase privilegiada mexicana.    
    Explica que del 1° al 13 de septiembre de 1910 “la Ciudad de México contempló la inauguración de un nuevo y moderno Hospital para Enfermos Mentales; una popular exhibición industrial y artística española, de productos japoneses, y de arte mexicano vanguardista; de un monumento a Alexander von Humbolt y de la Biblioteca Nacional; una Estación Sismológica; un teatro en la Escuela Nacional Preparatoria dos escuelas primarias en la Plaza de Villamil; un nuevo edificio para la Secretaría de Relaciones Exteriores; las nuevas escuelas Normal de Maestros y de Maestras, y un nuevo edificio para la Secretaría de la Defensa.”
    Asimismo, “se colocó la primera piedra para el proyecto de Penitenciaría Nacional en San Jerónimo Atlixco (Calzada de la Cocoya). Además, hubo apertura de sesiones a congresistas tales como el 17 Congreso de Americanistas, el 4° Congreso Médico Nacional y el Congreso Pedagógico de Instrucción Primaria”.
    El 14, la Gran Procesión Cívica "formada por todos los elementos de la sociedad mexicana" desfiló de la Alameda hasta Catedral, “depositando flores en las tumbas de los héroes nacionales, y de ahí marchó rumbo a Palacio Nacional”.
    El día 15, “cual buen drama escénico”, la tensión teatral aumentó con el Gran Desfile Histórico: “la historia completa de la nación mexicana avanzó episodio a episodio en una marcha representativa de los pasajes de la historia patria, como era entendida por los ideólogos del porfiriato”.
    La caminata “por los capítulos de una historia oficial marchó incluso encima de otra historia en la de la misma Ciudad de México”. El desfile recorrió “los capítulos de la ciudad como si se trataran de un libro de texto de historia”, arrancando de la Plaza de la Reforma, recorriendo Avenida Juárez y desembocando en la Plaza de la Constitución.
    Varios festejos y ágapes se sucedieron aquella tarde y hubo fuegos artificiales para a las 11 de la noche, Porfirio Díaz hacer sonar la campana de la independencia en el Zócalo.
    “Para los observadores de la aristocracia, la noche del Grito fue una postal casi turística  de la alegría de México y de sus fiestas populares. Este era el México exótico que intrigaba al mundo; un exotismo que no comprometía al México cosmopolita, sino que más bien lo distinguía; guitarras, enchiladas, pulque...”
    Tenorio Trillo narra que el 16 de septiembre fue el día oficial de la independencia cuando se inauguró “la tan largamente planeada columna del monumento al Ángel de la Independencia, en Paseo de la Reforma” y un desfile militar salió de allí hasta Palacio Nacional. Por la noche, la ciudad se llenó de fiestas con bailes lujosos en varios edificios oficiales y las celebraciones continuarían hasta fin de mes.
    Antes de llevar al lector a recorrer las calles de la Ciudad de México que viera el Centenario, el también colaborador de revistas como Letras Libres y Nexos destaca:
    “Los protocolos festivos de cortesía diplomática incluyeron dos extravagantes gestos por parte de Francia y España; éste país regresó a México los objetos personales del héroe nacional José María Morelos y a su vez, la nación francesa devolvió las llaves de la Ciudad de México que supuestamente habían robado los invasores galos en 1862 (si bien esto es refutado por Federico Gamboa quien señaló en sus memorias que la Ciudad de México nunca tuvo un portón que abrieran tales llaves).
    “Para culminar, la magna Apoteosis de los Caudillos y Soldados de la Guerra de Independencia constaba de un altar gigantesco levantado en el patio central del Palacio Nacional, para venerar a dichos héroes quienes recibieron homenaje del gobierno, la elite y los invitados de países extranjeros por igual.              
    “Jamás la ciudad había gozado de tantas acciones de embellecimiento y transformación a fondo, en tan poco tiempo. El centenario fue un espectáculo efímero pero dejó su huella perdurable en la ciudad, la cual fue vista por la mirada del mundo como un segmento de algo imborrable.”
 Los fragmentos del presente artículo fueron tomado de la publicación Journal Latin American Studies (Vol. 28, vol. I, febrero 1996, págs. 75-104), revista de la Cambridge University Press.

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