Dehesa: La vida leve

jueves, 2 de septiembre de 2010

Texto publicado en la edición 1761 de la revista Proceso.

 

MÉXICO, D.F., 11 de agosto (Proceso).- En las crónicas de Germán Dehesa los pudores de la sociedad mexicana se desploman y los dolores de la política tienen al menos valor como entretenimiento. El especialista de la vida cotidiana, de la “cosa leve” como él dice, recibirá el miércoles 11 la medalla de Ciudadano Distinguido por parte del Gobierno del Distrito Federal y ese mismo día estrena su espectáculo Permiso para vivir.

Crítico de la clase política mexicana, a cuyos miembros ha satirizado en crónicas periodísticas y obras teatrales sin hacer distingo de filiaciones partidistas, Germán Dehesa comenta: “Siempre me han dado risa y me han sublevado los miembros de la clase política y de la burguesía mexicana; tan ignorantes, tan vulgares, tan abusivos. Descubrí que lo que más les duele es la sátira, lo que a mí se me da por herencia familiar y de manera inherente”.

En el estudio de su casa, frente a la amplia mesa de madera labrada en la que suele escribir, Dehesa prosigue con voz apagada y sin abandonar su humor cáustico:

“De pronto veo a los priistas como a magos de pastorela, son chistosísimos en ese sentido, así sean unos hijos de la chingada que llegan al extremo de matar. Alguno que otro me habla para decirme: ‘No jodas, ya déjame en paz’. Y yo me digo: bueno, le daré tregua por unos tres meses”.

–¿Y los panistas?

–Ellos no asimilan la crítica como los del PRI. Todo lo toman como si fuera un ataque personal. Aún les falta darse cuenta que, más allá de la burla por su desempeño político, hay un respeto total por su persona. De pronto me mandan recados terribles, diciéndome que soy un desnaturalizado y cosas así.

–¿Con los del PRD es igual?

–Como no han podido llegar al alto poder, los perredistas me invitan a comer, platicamos y nos sobamos el lomo. Son complacientes, comprables, faltos de rectitud y de hombría. No les hacen mucha mella los destierros, encierros y sufrimientos que ha tenido que soportar la izquierda mexicana. Ellos se acomodan y adelante. Da tristeza ver cómo ha perdido presencia el PRD, partido con el que genéticamente tengo más cercanía, ya que mi padre fue uno de los fundadores del Partido Comunista.

–Usted ha escrito sobre la relación que mantuvo con Carlos Salinas, Roberto Madrazo, Colosio…

–Y con muchos más, de cuyo nombre no quiero acordarme porque los políticos han prostituido a nuestra patria, sin darse cuenta de que están ofendiendo a la madre. Yo nunca he robado nada, nada, pero reconozco que los mexicanos tenemos cierta vocación ratona.

“Qué malos bichos hemos tenido en los puestos de gobierno. Son salvajes, no tienen llenadera ni criterio para robar. Y son tan menores como el que actualmente nos gobierna, el Felipillo.”

–¿En qué nota su pequeñez?

–En todo, en su no notarse.  

Dehesa ha escrito artículos y crónicas en los diarios Novedades, El Norte de Monterrey, El Financiero y Reforma, donde publica desde su fundación la columna “Gaceta del Ángel”.

Entre sus libros –algunos son recopilaciones de sus escritos periodísticos– están La vida y sus dibujos, Fallaste corazón, Los PRIsidentes, La familia y otras demoliciones, Viajero que vas y No basta ser padre, entre otros.

Igual ha incursionado en el teatro con piezas de sátira política como Felipeus, la serie de los Tapadeus, El gabinete de Belem, Pacto con botas y Monjas coronadas…   

El miércoles 11 Dehesa presentará su espectáculo Permiso para vivir en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, con la participación de la cantante Adriana Landeros, los guitarristas Jaime Guarneros, Ernesto Anaya y Antonio López, además del actor Eligio Meléndez. El mismo día el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubon, le entregará la medalla de Ciudadano Distinguido.

 

La cosa leve

 

Promotor cultural, comentarista en radio y televisión, comediante, coordinador de talleres literarios, el polifacético Germán Dehesa se ve a sí mismo a los 66 años como un cronista que observa el diario acontecer nacional.

“Soy maestro de literatura, y en mis cursos universitarios abordo un capítulo sobre aquellos cronistas de Indias que sirvieron al rey. Hacían la crónica de los grandes acontecimientos. Pero yo no estoy en esa tesitura. Lo mío es la crónica del pequeño acontecimiento, de los detalles menores de nuestra realidad en los que nadie se fija”, dice.

–¿Ejerce una crónica distinta a la que imparte en las aulas?

–Sí. Digamos que lo mío es materia leve, a diferencia de la “materia grave” a la que se refieren los curas en los confesionarios. Y es que mi vida ha sido siempre materia leve, no tengo por qué hacer alarde de lo contrario.

–¿Llegó a ese tipo de crónica periodística por azar o premeditadamente?

–Vi que el género ya estaba muy congestionado, con un exceso de ejecutantes y de solicitantes. Me dije: “Voy a buscar otra manera de escribir”. Así llegué a la crónica de la cosa sencilla y de la brevedad; una o dos cuartillas a las que hay que darles un gran vigor.

“La gran riqueza de la realidad mexicana le abre muchas posibilidades a la crónica, sobre todo a ese tipo de crónica que cultivaba Salvador Novo y dos o tres autores más. Eso es lo que yo he tratado de hacer con mi buen o mal sentido del humor, que sólo puede juzgarlo el lector.”

–En sus crónicas suelen aparecer sus cuatro hijos, usted y otros familiares. ¿Por qué ventila tanto su vida privada?

–Para combatir ese exceso de pudores de la sociedad mexicana. Decía mi maestro Juan José Arreola que, entre nosotros, mostrarse estaba prohibido. Somos una de las pocas culturas que pensamos eso porque nos sentimos amenazados al mostrarnos. Otra vez la visión de los vencidos. La cultura debe partir del saber mostrarse. Es una forma de ganancia, de enriquecimiento y de ampliación de la individualidad.

Dehesa palmea la computadora que descansa sobre su mesa de trabajo, acaricia el borde de la pantalla con la yema de sus dedos, observa el estudio poblado de estantes con libros y fotografías enmarcadas de la familia. Una llovizna golpetea el amplio tragaluz que deja entrar la moribunda claridad del atardecer.

“Soy muy feliz escribiendo –dice–. Y mientras no me llega la escritura fácil no escribo. Garabateo, jugueteo con esto y con aquello hasta que siento que ya se adueñaron de mí las palabras y no habrá dificultad al escribir. Entonces de principio a fin me lo echo todo.”

–¿Cómo empezó a escribir teatro satírico?

–Me sonsacaron los hermanos maristas. Yo era muy joven y estudiaba con ellos en el CUM (Centro Universitario México), una escuela de mochos y conformistas por ser usufructuarios del sistema. Yo era un agente extraño porque caí ahí debido a una beca. Se llegaba diciembre y un maestro tenía que montar una pastorela. Me llama desesperado y me dice chantajeándome con una sonrisita: “Vas mal en física, ¿verdad?”. Le dije que sí porque yo no entendía ni madres de esa materia.

“El maestro me propone: ‘Hagamos un cambalache; yo le digo al profesor de física que te apruebe, y tú, que tienes facilidad para escribir, me escribes y me diriges una pastorela’. Por supuesto que acepté, por supuesto que la pastorela salió a toda madre y por supuesto que aquel maestro se adornó haciéndola pasar como suya.

“Pero no fue una pastorela del todo ortodoxa. Al escribirla me ganó la risa y empecé a irme por otros caminos. Metí algunas cosas de la realidad de aquel momento, que no ha cambiado mucho con respecto a la de ahora. Entonces reparé en que nuestros políticos pueden suplantar muy bien a los fariseos.”

–¿Su trabajo periodístico y su teatro confluyen en la crónica?

–Sí, porque en ambos me gusta mostrar hechos y personajes de actualidad. Hago comedia de costumbres. Nunca he roto el marco de ese realismo costumbrista.

 

De la literatura a la vida

 

Voraz lector, a Dehesa lo inspiran mucho los cronistas del nacionalismo mexicano del siglo XIX: Payno, Altamirano, De Campo, y muy especialmente Guillermo Prieto por ser su paisano.

“Qué bellísima crónica sobre México escribió Prieto en Memorias de mis tiempos. Él nació en el pueblo de Tacubaya al igual que yo. Pero de mi pueblo arrasado por el asfalto sólo conocí de niño sus últimos estertores.”

–¿De dónde le brotó la vena del humor?

–De mi padre. Era un veracruzano muy vividor, muy bien equipado para el gozo y el humor. Él y yo solos la pasábamos de lujo. La bronca era cuando teníamos que cargar con mi madre, una mujer de fuerte carácter que nos hacía rezar el rosario. Nos hincaba y nos aventábamos un largo rosario de quince misterios.

“Recuerdo que también nos llevaba a la funeraria Gayosso a rezarle a muertos desconocidos. Yo le decía: ‘Mamá, qué tal si es protestante, nos van a correr a patadas’. Y ella me contestaba: ‘Un buen rosario le cae bien a cualquiera’.”

En su breve esbozo autobiográfico Yo contra mí, Dehesa se describe como un ser “dual” por este fuerte contraste entre sus progenitores. “De esos dos mundos vengo yo”. A su madre la pinta como “una señora decente y con una brutal propensión al aburrimiento, a la condición sufridora, dramática: casi daba las gracias por cada dolor nuevo que le venía”.

En cambio, recuerda que cuando él y su padre pasaban por la Alameda solían agarrarle las nalgas a las esculturas de mujeres desnudas. Le decía su padre:

“Yo primero porque soy tu progenitor. Tú me la vas a dejar muy sebosa –y entonces le daba sus llegues–. Ahora vas tú. ¿Cómo es posible que un hijo mío no sepa ni agarrar una nalga? A ver, mira, te voy a enseñar cómo se ahueca la mano.”

De su vieja y entrañable relación con la literatura, dijo ahí:

“No opto ni por la literatura ni por la vida sino trato de ir y venir de la literatura a la vida, de hacerme mejor lector en la medida en que vivo mejor y vivo más, y de hacerme mejor vividor en la medida en que la lectura ilumina mi vida.”

Entre libros acomodados en los muros, y bajo el anochecer que se cuela por el tragaluz, Dehesa se arrellana en su asiento y suspira:

 “Borges me enseñó a ver. Iluminó mi vida. ¿Acaso no es maravilloso que un ciego te enseñe a ver?”

Menciona a Francisco de Quevedo, Miguel de Cervantes, André Malraux, Jaime Sabines, Alejandro Dumas y Antoine de Saint-Exupéry como otros autores en los que suele abrevar.

–Noto en sus crónicas que usted le guarda mucha fidelidad a México –se le comenta.

–Es cierto. Y no es una fidelidad ideológica. Despierto, por ejemplo, en Nueva York, e inmediatamente me siento en tierra ajena. Por necesidad, como muchos paisanos, he ido a trabajar a varios lugares del extranjero y me han ofrecido esto y aquello, que quédate, que te ponemos casa. Y yo les contesto: “No puedo, la lejanía del nixtamal me mata”.

“Venturosamente, México no me dio la riqueza material, pero me dio los colores que ningún otro país me puede dar. ¡La paleta que tiene México! De los colores más tenues hasta los más feroces. Están también sus inmensas mujeres, que son los mejores ríos de mi país. En un principio, pensaba que José Emilio Pacheco tenía razón cuando decía que a ese ente misterioso que llamamos ‘Patria’ no se le puede amar, pues ‘su fulgor abstracto es inasible’. Ya no estoy tan de acuerdo con él.”

Dehesa, en una de sus crónicas sobre “la Patria”, dejó plasmada esta visión:

“Me digo México y se me aparecen rincones de Guanajuato, nubes de bugambilias, algún atardecer en Querétaro, mi tía la gorda llenando una maceta de carcajadas y alcatraces, un baile en Torreón en el que tuve mi primer fracaso amoroso, una tabla pletórica de alegrías y pepitorias como diademas de color, la honda noche de Palenque, los rehiletes del 16 de septiembre, los jornaleros de la Laguna cantando al atardecer sus canciones cardenchas que vienen de muy lejos, un trompo que compré en el Estado de México y que nunca logré bailar (pero sí me ayudó a romper el cristal de la doméstica vitrina), el malecón de Veracruz que es una canción de Lara y un lento caminar de mujeres sonrientes. Cierro los ojos y me veo de la mano de mi padre recorriendo la construcción de Ciudad Universitaria. Años después, la UNAM me daría todo lo que de respetable hay en mis conocimientos y en mi vida… La suave patria, tan sabia y dulcemente cortejada por López Velarde, es hoy para mí el rostro de mis hijos.”

Dehesa es un hombre de frágil constitución física, enfermizo. Cirugías, un infarto y una operación de revascularización cardiaca lo han minado. Duda que la vida le alcance para escribir una novela que trae en mente:

“Traigo por ahí atorada una novela en la que quiero hablar sobre la gracia, esa gran virtud que de niños nos enseñaban en las clases de catecismo. Creo que México todavía está en estado de gracia, eso es lo que lo salva y lo que debemos defender. Es un estado luminoso que a las gentes inmediatamente se les refleja en la cara. Por ejemplo: Pedro Infante vivía en constante estado de gracia. Es una lástima que muchos no puedan alcanzar ese estado, por eso se les llama despectivamente desgraciados.”

–Es usted un obsesivo de los ángeles, al grado de que su actual columna es la “Gaceta del Ángel”. ¿Cómo es él?

–De ninguna manera es uno de esos ángeles rubicundos y afeminados que se acostumbra representar. El mío es un ángel muy fuerte. Está hecho de hierro.

–¿Lo que hace inaceptable a la muerte son las ansias de inmortalidad, el miedo al olvido?

–No, es el hecho de dejar de ser… El no volver a escribir más en mi computadora… el no volver a abrazar más a mi mujer.

 

 

 

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