Un Grito para la tele

miércoles, 22 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 22 de septiembre (Proceso).- El 15 de septiembre de 2010 ha marcado la fecha en la cual El Grito dejó de ser la fiesta de la gente.
Con un Zócalo acotado, dosificadamente lleno y objeto de rigurosa vigilancia, el tradicional acto conmemorativo de uno de los hechos históricos más importantes del país fue diferente esta vez. El Grito del Bicentenario fue, ante todo, un espectáculo pensado para la televisión: vistosos escenarios, llamativas coreografías, orden y acoplamiento… Caras familiares de los conductores de la TV comercial que se transmutaron para intentar un fallido y súbito interés patriótico poblado de lugares comunes, único recurso ante su desconocimiento de la historia de México y de sus tradiciones.
La plaza pública más relevante del país, con todo y su carga histórica a cuestas, fue convertida en cuadriculado espacio escenográfico donde se distribuyó a los asistentes, cuyo número se limitó a 50 mil personas, quienes tuvieron que sortear los filtros de seguridad instalados desde Paseo de la Reforma para llegar ahí. No hubo lugar para las fiestas populares que hasta hoy hacían suya la plancha del Zócalo ni posibilidad ninguna para llegar, como otros años, a las puertas de Palacio Nacional o a estar cerca de su balcón principal. Los antojitos brillaron por su ausencia, al igual que los vendedores callejeros. Todo ello fue desplazado a los alrededores y quedó fuera de la pantalla.
Esa noche, El Grito fue convertido en acto televisable y televisivo: erradicado de elementos ingratos a lo inolvidable y apoteósico (“algo nunca visto en México”, insistían los conductores del duopolio de la pantalla chica a propósito de los juegos pirotécnicos), la conmemoración se convirtió en aséptico y vigilado show. Reducida a mera espectadora, alejada del contacto directo con la fiesta y sin tener posibilidad ninguna de participar en un acto cívico –masivo por definición– que no fuese la de verlo en la pantalla chica, la sociedad mexicana se topó con que la TV se había adjudicado “El Grito”.
Que fuera un evento para la televisión lo había anticipado el propio titular de la Secretaría de Educación Pública y de la comisión organizadora de los festejos conmemorativos, Alonso Lujambio, quien eufemísticamente puntualizó que para entrar al Zócalo el cupo sería limitado, y que dado que la gente no podría pasar, “la televisión será una opción atractiva”. Horas antes en la pantalla chica se repetía: “La gente no va a poder estar en el Zócalo. Esto es para verse por televisión”. “El mejor lugar para no perderse nada de esta fiesta es la televisión”. “Es mejor por TV”, insistían.
Fiesta de la logística –por la importancia de la coordinación de acciones de los sucesivos espectáculos y de la vigilancia–, esta vez El Grito mostró visibles referentes a la lógica de las televisoras predominantes en la “pantalla chica” nacional, hecho que sugiere que por el alto costo de las largas transmisiones, acompañadas de amplios espacios publicitarios (antes del encadenamiento nacional), el evento no sólo fue pensado para la televisión, sino también por la televisión: ésta impuso muchas de sus reglas (incluida las de la comercialización), sus formatos, su reconocible sello, vía “el concepto” de lo que resulta celebrable de las fiestas patrias desde las élites del poder. En este sentido, el poder simbólico de la televisión comercial del país, reflejada en la concepción misma del evento, se hizo patente esa noche, donde “el espectáculo” estaba garantizado. Sin embargo, con todo y su espectacular despliegue, la versión televisiva del Bicentenario auspiciada por el gobierno calderonista tuvo reveses varios, como ocurrió, entre otras cosas, con la presencia de un “coloso” cuyo forzado simbolismo nadie entendió, o con la interpretación del tema musical propuesto por la televisora que, a pesar del sabido rechazo popular, fue difundido en medio de rechiflas en la plaza mayor.
Durante lo que fue una larga transmisión de casi nueve horas, que se constituyó en cadena nacional a partir de las 10 de la noche (y en el caso de Televisa, con enlaces a Estados Unidos y Europa), sumado al empeño de resaltar que se trataba de un evento “para disfrutarlo por televisión”, se hizo notar el interés de las cadenas en marcar que efectivamente “hay razones para celebrar” (a pesar del pesimismo de algunos, según acotó Joaquín López Dóriga), para con ello pretender salir al paso de los cuestionamientos sobre los festejos, de frente a la difícil situación por la que atraviesa el país. La descalificación de la crítica fue en ocasiones sutil (¿Qué más queremos?, diría una conductora de Canal Once), y en otras abierta “Hubo deseos de que esto no saliera bien. Pero esto le ha ganado a lo otro. El presagio mal intencionado no ganó” (Adela Micha).
El tramo vespertino de las transmisiones ofreció un panorama un tanto más diverso de la conmemoración de El Grito. Antes de la cadena nacional, mientras Canal 5 (Televisa), Canal 7 (TV Azteca) y el 11 y el 22 difundían los actos del “Zócalo ampliado” en sus distintas plataformas y ofrecían algunos datos a través de numerosos reporteros, el Canal del Congreso y el Canal Judicial optaron, el primero, por una saludable revisión crítica del Bicentenario y, el segundo, por la revisión de datos históricos alusivos a la lucha independentista, en tanto Canal 40 hacía una visita al Palacio Nacional y a la exposición que ahí se presenta.
La noche del 15 de septiembre, así pues, habrá de recordarse no por el recorrido de los carros alegóricos ni por la ostentación de la numeralia involucrada en el evento (18 mil detonaciones pirotécnicas, 8 toneladas de pólvora, 115 filtros de seguridad y un largo etcétera), sino por haberse constituido en la fecha en la cual el gobierno calderonista trasladó la ceremonia con la que se recuerda la arenga de Miguel Hidalgo, de la plaza pública a la pantalla de televisión. l

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