"Baarìa"

viernes, 14 de enero de 2011 · 01:00

MÉXICO, D.F., 14 de enero (Proceso).- Como Amarcord, mucho amor y un poco de surrealismo, pero sin el genio de Fellini, Giuseppe Tornatore compone la saga de una familia siciliana durante tres generaciones de los años treinta a los ochenta; Baarìa, amor y pasión (Baarìa; Italia-Francia, 2009) mezcla la historia privada y pública del siglo XX italiano visto a través de los ojos de Peppino (Francesco Scianna) y su amada Mannina (Margareth Mane); fascismo, guerra, filiación comunista, mafia, democracia cristiana, corrupción política y, finalmente, el desencanto. Aliento épico, nostalgia, lección de historia y mucho sentimiento al ritmo de la música de Ennio Morricone.

Calles polvorientas y vacas en la calle, salón de clases donde se aprenden himnos al Duce; fascistas y mafiosos desalmados, Baarìa, nombre en siciliano de Baghera, la ciudad natal de Tornatore, superpone diferentes planos temporales hilados por la pasión política de Peppino Torrenuova, apostando todo en su lucha contra la injusticia. Movimientos de masas y huelgas, la invasión a Sicilia por parte de los Aliados, represión e impunidad de los mafiosos, sociedad contemporánea y spots televisivos; el más exportable de los directores italianos de hoy en día, Tornatore, no escatima recursos.

La producción de Baarìa costó 25 millones de euros (quizá la más cara del cine italiano), seis meses de trabajo con múltiples actores y locaciones en Tunisia. Después de verla en Venecia, Berlusconi, impresionado por el tono legendario del relato y la invitación al vuelo de las tomas que evocan al E.T. de Spilberg, comentó que Baarìa era una obra maestra, el mejor filme que jamás había visto y del cual todo italiano debería estar orgulloso; cosa que no debe sorprendernos conociendo el carácter tan emotivo del primer ministro italiano; además Medusa Films, su productora, financió la cinta.

Lo anterior no significa que Giuseppe Tornatore esté al servicio de Berlusconi, pero su retórica social de la historia del siglo XX italiano funciona como una ecuación donde los pobres siempre pierden, los ricos ganan y la intención de hacer justicia termina por ser absorbida por los aparatos de Estado. No hay cosa peor que una crítica social superficial que se tome demasiado en serio; Cinema Paradiso, la cinta que lo hizo famoso en 1988, mostraba la capacidad formativa, incluso pedagógica, del séptimo arte, de la infancia a la edad adulta de un hombre; Baarìa, en cambio, se ahoga en su avidez por incluir todos los lugares comunes del cine italiano, sin reinventar ningún modelo. Así, los vuelos constantes de la cámara, justificados, supongo, por la supuesta etimología de Baghera (del árabe Bab el gherid, puerta del viento), quedan en meras citas y no trascienden el lenguaje de Spilberg o de Victorio de Sica.

En el nivel del mero entretenimiento, las dos horas y media de Baarìa pasan pronto. Pero es una lástima que con tantos recursos de actores (Angela Molina, Monica Belucci) y de medios económicos, un director sensible e inteligente como Tornatore pierda la oportunidad de combinar análisis filosófico profundo, como lo hizo Philippe Garrel en Les Amants Reguliers (una introspección profunda y dolorosa del 68), con un juego poético a la altura del gran cine italiano.

 

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