Otro centenario fallido

sábado, 29 de enero de 2011

La ciudad alemana de Zwickau es famosa por su industria automotriz. Baste decir que en esa urbe sajona abrió sus puertas, en 1909, la fábrica Audi por instancias de August Horch, quien construyó el primer vehículo con la conducción a la izquierda.1 Asimismo, en Zwickau la Volkswagen arma tres de sus modelos y Daimler Chrysler dispone de una planta. Empero, para los moradores de Zwickau el verdadero orgullo está en ser la ciudad de nacimiento de Robert Schumann (1810-1856).

¿Puede ser eso cierto? Los lugareños lo confirman. Pocos conocen los logros del ingeniero Horch, mas no hay un solo individuo que ignore la trascendencia del legado musical de su conciudadano. En la plaza más importante de la localidad se yergue una estatua del compositor y existe una Sociedad Robert Schumann cuyo presidente honorario es, por estatuto, el alcalde en turno de Zwickau. Convertida en museo, la casa natal de Schumann constituye, junto a la iglesia gótica de Santa María, una de las metas del turismo nacional. Incluso, la Schumann Haus atrae más turistas extranjeros que las demás joyas arquitectónicas que la circundan.

Como es de suponer, el conservatorio de Zwickau lleva el nombre de su hijo predilecto y se organizan certámenes internacionales para pianistas, cantantes y coros que dan lustre a su memoria. A manera de cuento de hadas, el ajetreo urbano se sosiega al atardecer, cuando desde los establecimientos públicos se difunden composiciones schumanianas para deleitar a una ciudadanía que se regocija en la sonoridad de lo propio.

Es justo inquirir si esta reverente actitud hacia el personaje es resultado del arrepentimiento por desestimar sus méritos mientras aún estaba vivo y, asombrosamente, la elocuencia de los hechos refuta lo consabido. El primer festival Schumann se organizó en Zwickau en 1847, es decir, nueve años antes de que la muerte sorprendiera al homenajeado y, salvo una interrupción acaecida entre 1940 y 1945, los festivales se han sucedido con éxito hasta desembocar en los magnos festejos de 2010. Dicho de otra manera, a Schumann su patria lo celebra cotidianamente, aunque es necesario aclarar que la situación idílica descrita no fue producto de un amor sordo. 

En la primera mitad del decimonónico, Alemania era un conglomerado de pequeños Estados en pugnas continuas que, musicalmente hablando, sobrevivía importando las modas italianas. Recuérdese, por ejemplo, que el pianoforte, instrumento por excelencia del romanticismo germano, fue invención de Cristofori, por no hablar de las formas musicales y la construcción de teatros que, por norma, se ceñía a los modelos itálicos. En las partituras se escribía vivace y posato en lugar de los respectivos bewegt y langsam que el héroe de Zwickau pugnaría por adoptar. Lapidaria sería su afirmación: sin una conciencia nacional, el músico oriundo se vuelve presa del menosprecio. Afrenta como el entierro de J. S. Bach en una fosa común había servido de motivación para que alzara la voz recriminando la estulticia de sus paisanos. Fundaría, por ende, una gaceta 2 orientada hacia la lucha contra el deplorable estado de la cultura teutónica de entonces, que estaba monopolizada por diletantes de “palabras opacas y mentes limitadas”. ¿Pueden desoírse las reminiscencias de ese acontecer en otras latitudes y otros siglos?

Pero no es momento aún de desviaciones, sino de hacer un repaso conclusivo de lo realizado en Zwickau en aras de las celebraciones. Con ello, el contraste pretendido será inapelable. Amén de ejecuciones integrales de la obra, hubo conferencias, ediciones críticas, galardones para los avances en la investigación biográfica y musicológica, grabaciones multimedia, medallas conmemorativas e, inclusive, se abrió una convocatoria para realizar guiones cinematográficos sobre la figura del festejado. Aquello que sonaría como exceso fue, en realidad, el acatamiento de un deseo del compositor, pues había expresado que era deseable que su terruño contara con festivales que propiciaran el amor del pueblo por la música más sublime y, en cuanto a eso, la música de Schumann es una prueba fehaciente que tendrá vigencia mientras el ser humano no abdique de su sensibilidad.3

Ante la desviación anunciada cabe sólo la vergüenza. La ciudad de Cuerámaro, en el leal y noble estado de Guanajuato, es reconocida por la fertilidad de sus tierras. Es el tercer ejido de la nación. Baste enunciar que la abundancia de sus frutos se irradia en todas direcciones y que sus pobladores disponen de tractores y, por supuesto, de automóviles. Un par de molinos del siglo XVIII y un acueducto colonial son algunos de sus atractivos turísticos; sin embargo, haber sido cuna de un ínclito músico, exponente fervoroso del nacionalismo mexicano, jamás ha sido motivo de orgullo. ¿Por qué habría de serlo? ¿No es el demérito un motor de bienestar? ¿No es la ignorancia un lubricante apto para que el engranaje patrio no se atasque? ¿No es la desmemoria una cualidad que favorece el desarrollo del país?

A sabiendas de la infructuosidad, son de anotar sus virtudes para que la tarea se corone con los lauros de la extrañeza. Salvador Contreras (1910-1982), el cueramarense, vio la luz en el alba de la Revolución y ésta, como es de prever, no le hizo justicia a pesar de haberle significado la ruina hogareña. Su vida, humilde no obstante su intensidad, transcurrió como inacabable ofrenda a la música. Alumno consentido de Candelario Huízar (Proceso 1742) y Silvestre Revueltas, fue también egresado del primer taller de composición que concibió el omnipotente Carlos Chávez. En su currículum escolar, Salvador no registró la cantidad suficiente de genuflexiones hacia este último, razón por la cual el limbo de los elegidos le fue siempre denegado. La obra de Contreras, sólida como su vocación, se sitúa dentro del acervo mancomunado del grupo Los cuatro que él fundó. Militaban en sus filas Blas Galindo, José Pablo Moncayo y Daniel Ayala. Sobra decir que, en su mayoría, sus partituras no han sido editadas y que las pocas que han recibido bautismo fonográfico ni siquiera representan 10% de su cuantía.4 Alrededor de un centenar son resguardadas en manuscrito por sus familiares, quienes, ante la augusta torpeza institucional, han optado por una resistencia pasiva que atempera la indignación. No puede omitirse citar el único acercamiento biográfico que fue escrito, naturalmente, por un investigador extranjero.5 Es de remarcar la existencia de una obra sinfónica titulada Corridos que Contreras completó para las mismas celebraciones neoyorquinas en donde se estrenaron los Sones de mariachi de Galindo y el Huapango de Moncayo y que, cual agente de contagio, se ha puesto en una férrea cuarentena. Habría sido una composición idónea para conmemorar los centenarios de la Revolución y del autor mismo, pero, hay que gritarlo a voz en cuello, el gobierno federal se sigue enmarañando en su demagogia autocelebratoria, y en la próspera ciudad de Cuerámaro se prefiere la degustación de música traída de allende sus fronteras y se eligen para sus calles títulos tan estrambóticos como Playa de Hamburgo. ¿Por qué habría de enorgullecerse de su único compositor de música de concierto si el fallido producto de su obra no le alcanzó ni para comprarse un coche?  l

 

1. Para el modelo Audi K, creado en 1920. El logotipo de los cuatro aros entrelazados simboliza la alianza de las marcas sajonas: Audi, DKW, Horch y Wanderer. Es de anotar que Audi es la traducción latina que se deriva del apellido del constructor. Horch significa escuchar.

2. Se trata de la Neue Zeitschrift für Musik, que se editó por vez primera en 1834.

3. Se sugiere la audición del movimiento lento de su cuarteto para piano y cuerdas op. 47. Disponible en la página: proceso.com.mx.

4. Se sugiere la escucha de su canción Nonantzin, sobre un poema de Nezahualcóyotl, y de su segundo cuarteto de cuerdas. Ambas disponibles en la versión electrónica del semanario.

5. Se trata de Aurelio Tello, prolífico musicólogo peruano residente en México.

 

Comentarios