Las ideas educativas de Vasconcelos

martes, 11 de octubre de 2011
MÉXICO, D.F. (apro).- La celebración del noventa aniversario de la fundación de la Secretaría de Educación Pública (SEP) el pasado lunes 3, en el edificio histórico de República de Brasil, en el Centro Histórico, se convirtió en un homenaje a su creador José Vasconcelos. Ese día, en el Patio del Trabajo se presentó el libro José Vasconcelos. La creación de la Secretaría de Educación Pública, editado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, en el cual se reúne una se una selección de textos, hecha por Carlos Betancourt Cid, en donde el propio Vasconcelos narra la creación de esta institución que le ha sobrevivido. La presentación, en la cual estuvo presente Alonso Lujambio, actual titular de la SEP, fue encabezada por la doctora en pedagogía Susana Quintanilla, investigadora del Cinvestav, y el escritor Christopher Domínguez Michael, quienes destacaron sobre todo la gran empresa de haber sentado las bases del sistema educativo nacional, hecha por Vasconcelos, aunque Quintanilla recordó su machismo, y filiación ideológica con el nazismo y el régimen falangista de Francisco Franco en España. Participó también el historiador Javier Garciadiego, presidente de El Colegio de México, quien habló de otros rasgos oscuros de la personalidad del también impulsor del muralismo y del proyecto cultural vigente en México durante buena parte del siglo XX, como su soberbia y autoritarismo. Y es que, a decir del especialista, Vasconcelos consideró siempre como personal una obra que fue en realidad de un equipo, y expresó desprecio por el Poder Legislativo y varios de sus contemporáneos intelectuales. En el volumen presentado ahora, se toma de su libro El desastre, tercera parte de su obra autobiográfica Ulises criollo (1938), un apartado donde se refiere a la Ley de Educación. Y dice: “Aparte de la reforma constitucional, urgía presentar al Congreso la Ley que serviría de norma al nuevo Ministerio. Para formularla era menester el visto bueno del Consejo Universitario. Nunca he tenido fe en la acción de asambleas y cuerpos colegiados, y más bien me impacienta tratar con ellos. “Sirven, a lo sumo, para dar alguna sugestión; pero, en esencia, para ratificar, legalizar la obra de un cerebro que a la hora de crear necesita sentirse sólo, saberse responsable en lo individual. Por respeto al trámite, convoqué al Consejo y lo puse a discutir. Algunos consejeros exhibieron proyectos sabios. Don Ezequiel Chávez escribió un libro impecable. “Pero yo ya tenía mi ley en la imaginación. La tenía en la cabeza desde mi destierro de Los Ángeles antes de que soñara volver a ser Ministro de Educación y mientras leía lo que en Rusia estaba haciendo Lunacharsky. A él debe mi plan más que a ningún otro extraño. “Pero creo que lo mío resultó más simple y más orgánico; simple en la estructura, vasto y complicadísimo en la realización, que no dejó tema sin abarcar. Lo redacté en unas horas y lo corregí varias veces; pero el esquema completo se me apareció en un solo instante, como un relámpago que descubre, ya hecha toda una arquitectura.” Concibió vincular a la educación, a cultura y las bellas artes. Crear un departamento de bibliotecas “porque el país vive sin servicios de lectura y sólo el Estado puede crearlos y mantenerlos como un complemento de la escuela”. Y la educación artística sería tanto para quien deseara especializarse como para adultos y estudiantes de la escuela primaria, impartida por especialistas y no por el mismo maestro normal. Otra crítica hecha a Vasconcelos fue su idea de “integrar” a los indígenas al sistema de educación nacional, sin considerar la posibilidad de una enseñanza especial en sus propias lenguas: “Intencionadamente insistí en que el Departamento Indígena no tenía otro propósito que preparar al indio para el ingreso a las escuelas comunes, dándole antes nociones de idioma español, pues me proponía contrariar la práctica norteamericana y protestante que aborda el problema de la enseñanza indígena como algo especial y separado del resto de la población.” Así, rechazó la asesoría de un grupo de norteamericanos y argumentó que este punto estaba resuelto desde la época colonial y había evitado problemas como el del negro en Estados Unidos: “Por otra parte, les dije: ‘Si hacemos reservación, como en los estados Unidos, ¿quién va a distinguir al que es indio del que no lo es? Todos nosotros tendríamos que meternos a la reservación. Por fortuna, aquí dejamos de ser indios desde que nos bautizan. El bautismo dio a nuestros ancestros categoría de gentes de razón, y basta’. Sin la venia, pues, del Smithsonian, organizamos nosotros nuestra campaña de educación indígena a la española, con incorporación del indio, todavía aislado, a su familia mayor, que es la de los mexicanos.” El libro trae selecciones de los varios episodios autobiográficos del filósofo e intelectual oaxaqueño: La tormenta y El desastre. Según Lujambio será repartido para que los mexicanos conozcan el pensamiento de Vasconcelos, pero a diferencia de la épica idea de este último, que llenó de libros con obras de la literatura clásica universal hasta el último rincón del país, este tiene apenas un tiraje de 918 ejemplares.

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