Sor Inés de la Cruz, primera antitaurina mexicana

martes, 11 de octubre de 2011
MÉXICO, D.F. (apro).- Muy pocos historiadores suelen evocar un hecho memorable del mundo barroco novohispano que hoy merece recordarse aquí, en esta columna, cuya importancia reza del modo siguiente: Juana de Asbaje y Ramírez se inspiró en la primera mujer anti-taurina mexicana sor Inés de la Cruz, cuando ingresó a los 15 años de edad en la Orden de las Carmelitas Descalzas como corista, un día de agosto de 1667, adoptando su nombre para el suyo propio en el claustro. Lo cuenta Irving A. Leonard en su interesante libro La época barroca en el México colonial (trad. Agustín Ezcurdia, Fondo de Cultura Económica Colección Popular 129, México 1974, 331 págs.): “El convento que la recibía era aquel que fuera el sueño de las monjas fervorosas, sor Inés de la Cruz y sor Mariana Encarnación, que tan arduamente importunaron a principios de siglo al veleidoso arzobispo García Guerra con golosinas y música seductora. Aunque el éxito inmediato no recompensó esos afanes…la constancia triunfó en 1616 y la nueva comunidad religiosa vino al mundo. (…) “Bien dotada también musicalmente, su nombre religioso posiblemente lo tomó (sor Juana Inés de la Cruz) por su veneración a la anfitriona de fray García Guerra que tañía música y había sido co-fundadora del convento carmelita, en el que ahora se hospedaba (la futura Décima Musa) como residente temporaria.” Aquel dominico nacido en Castilla la Vieja contaba con 48 años de edad a su llegada a Nueva España el mes de agosto de 1608, comprometiendo enseguida su palabra a sor Inés de la Cruz de levantar su convento carmelita tan pronto fuera virrey. Sin embargo, García Guerra nunca cumplió y en cambio, en Semana Santa de 1611 destinaría tales fondos al disfrute de su debilidad máxima: las corridas de toros, maldición fatal que lo condujo a la tumba un año después (22 de febrero de 1612), como el capítulo inicial “Un arzobispo-virrey barroco” explica: “Para celebrar su elevación al rango supremo de arzobispo-virrey, decretó que estos espectáculos taurinos tuvieran lugar todos los viernes de aquel año. Y más tarde, se impuso a un cabildo renuente para construir una plaza de toros dentro de Palacio. “La primera de estas corridas fue el Viernes Santo. La elección de la fecha, curiosamente sintomática de la yuxtaposición de lo emocional y lo espiritual de la época barroca, aparentemente no inspiró comentarios adversos excepto de una fuente. Sor Inés de la Cruz, cuya protesta se debió tanto a sus esperanzas frustradas como a su escandalizada reprobación, rogó al arzobispo-virrey en un recado no fomentar en el día que conmemora la Pasión de Cristo. Pero fray García estaba demasiado excitado para atender esa súplica, y el espectáculo tuvo lugar como se había proyectado…” Las corridas de toros habían sido introducidas menos de un siglo atrás por la mismísima Santa Madre Iglesia, organizadora de los dos primeros festejos taurinos en honor a Hernán Cortés por su victoria sobre el imperio azteca cuando el conquistador regresó a la antigua México-Tenochtitlan tras su expedición de Las Hibueras, donde asesinó a Cuauhtémoc. Aquellos sangrientos espectáculos provocaron tan hondo terror entre los indígenas asistentes que su borrachera fue prolongada. Regresemos al retrato que nos brinda Leonard del singular personaje, previo a su ascenso: “Amaba la dulce melodía de la música instrumental, el canto de las baladas y las canciones populares, los sensibles placeres de la mesa y el fuerte tónico de los espectáculos taurinos. Para satisfacer el primero de estos gustos, fray García había adquirido el hábito de pasar por el Real Convento de Jesús y María por la tarde, para visitar a sor Mariana de la Encarnación y a sor Inés de la Cruz con quienes congeniaba muy bien. “Ambas monjas eran hábiles instrumentistas y cantantes, y siempre encantaban al arzobispo con sus vivaces ejecuciones de aires populares. Con maestría perfecta tocaban música litúrgica en el órgano conventual, y con gran facilidad pasaban a tocar los laúdes y rabeles –especies de guitarras-- rasgueando acompañamientos a canciones profanas que hablaban de anhelos sentimentales, amores desgraciados y esperanzas abandonadas. Este popurrí musical era intercalado con alegres charlas…de estas damas talentosas…agridulces comidas y platos exquisitos…raramente faltaba fray García a aquellas agradables visitas vespertinas.” Las hospitalarias novicias “no obraban totalmente por desinterés”, a decir del autor de La época barroca en el México colonial. “Largamente acariciada era su esperanza de fundar un nuevo convento bajo la reglamentación de las reformadas Carmelitas, y ya un poderoso patrón había prometido una suma suficiente para la construcción y dado una parte. Este benefactor había nombrado al arzobispo de albacea, y sólo se necesitaba la aprobación y una suma suplementaria de fondos por García Guerra para convertir el sueño en realidad… “Cada vez que era presionado para actuar en el anhelado proyecto de sus anfitrionas, él invariablemente lo difería exclamando: ‘¡Ah, mis queridas hermanas, si a Dios pluguiera otorgarme el puesto de virrey, yo seguramente comenzaría la construcción del convento cuan justamente deseáis!’ Aun cuando sor Inés de la Cruz declaró haber tenido una visión en la cual el puesto era otorgado al ambicioso prelado, fray García permaneció inconmovible…” Castigo divino Por fin llegó la primavera de 1611 (“año fatídico para García Guerra, que presenció su más grande triunfo y su mayor desastre”), cuando sucedió al virrey Luis de Velasco en el puesto. Una vez encumbrado, desoyó la protesta de sor Inés y presidió la corrida en Viernes Santo. “Pero un acontecimiento similar, el viernes siguiente, llevó los signos de un posible descontento divino. Un poco antes de la hora señalada para la fiesta, temblores de tierra sacudieron la ciudad tan severamente que la corrida se aplazó. Impávido ante esa señal, fray Guerra se dispuso, la siguiente semana, a presenciar su espectáculo favorito. Apenas había entrado el primer toro al ruedo, cuando la ciudad experimentó otro espasmo de tierra, tan violento que la gradería y las casas vecinas se desplomaron. La albardilla de piedra del balcón en donde estaba sentado el arzobispo se agrietó de pronto, y una porción cayó pasando muy cerca de él matando a varios espectadores que estaban debajo. “Pero ni siquiera esa clara indicación detuvo a fray García, quien se negó a revocar su decreto de una función semanal de ese popular pasatiempo. (…) Oprimido por malestares corporales y miedos supersticiosos, afrontaba con profunda ansiedad las obligaciones cada vez más duras que su orgullo y su ambición habían acumulado sobre él. Las turbadoras de la naturaleza no cesaron. El mismo mes…presenció un eclipse total de sol que aterrorizó a las masas… “Las perturbaciones sísmicas que coincidieron con las corridas de toros de fray García fueron seguidas del mayor terremoto que tuvieran memoria los más viejos habitantes… Para todos, este desastre pareció especialmente terrorífico porque lo había precedido un inusitado número de temblores. Más de 40 fueron sentidos en sólo 30 horas, todos sumamente violentos… El día de Navidad aportó aun más indicios amenazantes… Apenas pasadas las dos de la tarde, el cielo entero sobre el Valle de México se tiñó de un negro rojizo y una lluvia de ceniza cayó extendiendo una delgada capa sobre las casas y los campos… aquellos eran signos inequívocos de la ira celestial y llamados inexorables al arrepentimiento, sobre todo, quizás, para el afligido arzobispo-virrey. Los síntomas de fray García Guerra habían empeorado y era claro que estaba gravemente enfermo…” Supo que vivía su hora final. “Con enfermiza desesperación, fray García había llegado a acudir a su buena amiga, sor Inés de la Cruz, cuyas esperanzas de un nuevo convento tanto había defraudado, y le suplicó que rogara por él. Le aseguró su profundo arrepentimiento y le dio su palabra de cumplir su promesa si le devolvía la salud. La respuesta de la monja fue poco consoladora para el ya sentenciado arzobispo-virrey, pues ella sólo le urgió prepararse para la muerte… Con cristiana firmeza resistió sus aflicciones hasta que ‘entregó su espíritu al Señor…” Son pocos los historiadores que recuerdan a la primera mujer anti-taurina de México. Lo verdaderamente inconcebible es que hasta el día presente, nadie haya la mencionado siquiera en ninguna protesta anti-taurina. Pero existió. Se llamaba sor Inés de la Cruz y su ejemplo inspiró a la famosa poeta sor Juana para adoptar sus nombres cuando tenía 15 años. (Título original: Baroque Times in Old Mexico, Irving Albert Leonard. The University of Michigan Press, Ann Arbor, 1959. Séptima edición en FCE Colección Popular 129, México, D.F., 2004. www.fondodeculturaeconomica.com.)